martes, 30 de diciembre de 2008

Kafkianas Exprés



- En mi pueblo había un hombre que tenía la facultad de convertirse en maleta. Esta habilidad, en principio superflua e inútil, le permitió ver mundo.

- El archiduque se fue solo a un club de intercambio de parejas y conoció una marquesa que, a su vez, estaba con un conde que follaba de forma descontrolada con una baronesa. Es que tampoco aquí hay nada nuevo, dijo, y se volvió a casa.

- La muerte se estaba planteando el futuro como muerte. Luego recordó que era la muerte y siguió planteándose el futuro de los demás.

- La princesa durmió como un tronco. Resulta que alguien le había cocido el guisante.

- Erase una vez un cocinero que decidió cocinarse a sí mismo. Al descubrir que estaba soso, se puso a preparar oposiciones para policía nacional.

- El elefante miró hacia atrás y se convirtió en estatua de sal. Luego el viento se lo llevó, cosa que no podría haber hecho de haber seguido siendo elefante.

- Esa mañana, precisamente, a Narciso le había salido una espinilla, algo que no pueden controlar ni los dioses.

- Después de tantos años callado, el silencio pronunció una palabra se puso a preparar oposiciones para guardia civil.

- Colorín colorado descubrió que el verde le sentaba mucho mejor y se cambió de cuento.

- Al escritor de la biblia por fascículos se le acabaron las ideas. Entonces se le ocurrió el Apocalipsis.

- El hombre de mi pueblo que tenía la facultad de convertirse en maleta se cansó de ver mundo y se volvió al pueblo donde, dijo, se hacían mucho mejor las cosas.


P.S. Éste es un post interactivo. Se admiten kafkianas ajenas.

viernes, 26 de diciembre de 2008

Navidad

Ese año, la Navidad no llegó el 25 de diciembre, sino que se quedó en su casa. Harta de tantas bolas, tantas luces, los regalos, el turrón, los polvorones y la zambomba, decidió hacer unos cuantos litros de caldo de verduras –cebolla, apio, zanahorias, puerro, perejil y algunos dientes de ajo sin pelar-, se puso la bata más roída que tenía y se sentó delante de la televisión, dispuesta a que pasaran los días de la forma más aséptica posible. Por dios, a quién se le había ocurrido asociar su existencia con esos villancicos que apestaban la atmósfera de las tiendas, y con aquella horrible cantinela de los niños de San Ildefonso. Odiaba que se la culpara de la muerte de tantos pavos, gambas, langostinos. Despreciaba el invento del huevo hilado (de dónde diablos sale eso, virgen santa). Se asqueaba con las absurdas tradiciones de los calcetines en la chimenea, la limpieza de zapatos y los cubos de agua para los camellos. Qué estupideces.

Pasó cuarenta y ocho horas viendo programas de testimonios, galas benéficas y vídeos de cámara oculta y sólo paró para dormir y servirse más caldo de verduras. Luego pensó ya se habrá pasado todo, y abrió las persianas. Echó un vistazo al exterior. Fuera, ahí seguía todo. Las luces, los regalos, el turrón, los polvorones y la zambomba. Y las bolas.

Había desaparecido, ese año había decidido no hacer acto de presencia y les había dado igual. Nadie se había dado cuenta. Así que cerró las persianas y comenzó a escribir su carta de dimisión. O de suicidio, ya lo decidiría más tarde.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Nochebuena

Estimado Sr. Gaspar:


De conformidad con lo establecido en el art. 53.1 a) del Estatuto de los Trabajadores le comunicamos que procedemos a la extinción de su contrato con Magical Kings Ltd, en base a lo establecido en el art. 52 c) del Estatuto de los Trabajadores, Real Decreto Legislativo 1/1995, de 24 de marzo, al existir la necesidad objetivamente acreditada de amortizar su puesto de trabajo por alguna de las causas previstas en el art. 51.1 ET, y en concreto por lo que a continuación se dirá.

Los motivos o causas en los que se fundamenta la presente decisión son de carácter económico. Hemos de indicarle que, como Vd. conoce, nuestra empresa viene sufriendo una situación desfavorable que se ha ido agudizando hasta el día de hoy. Es por ello que nuestro negocio es insostenible en las circunstancias actuales, tal y como reflejan las cuentas económicas (véase documento adjunto).

Nuestra empresa, dedicada al estímulo de la ilusión de los niños y los adultos a escala planetaria, se mantenía gracias a los márgenes comerciales que reportaba la venta de mirra en el mercado del Este de Europa. En la actualidad, con la atención del público desplazada hacia la Nintendo Wii y la competencia desleal que hemos sufrido a manos de Saint Nicholas and Co., tales ingresos han dejado de existir.

Siendo inviable la continuidad en el mercado en las circunstancias actuales, nos hemos visto en la necesidad de reducir la estructura fija de la empresa, debiendo por ello proceder a la extinción de su contrato al amparo del art. 52. c) del ET, por tratarse de una empresa de menos de 5 trabajadores.

Por todo ello, esperamos comprenda las razones que nos llevan a tomar esta medida que supone la amortización de su puesto de trabajo. Le comunicamos que Magical Kings Ltd. queda a su disposición para facilitarle los datos o explicaciones que considere necesarios.

Asimismo, quedará a su disposición, a partir de hoy, la liquidación final de partes proporcionales, saldo y finiquito.

Le agradecemos que firme la copia de la presente carta para simple constancia de la misma.

Atentamente,

La dirección de Magical Kings Ltd.

domingo, 21 de diciembre de 2008

Desayunos

A él le gustaba exprimir naranjas mientras ella lo observaba desnuda desde la puerta de la cocina. Lo hacía hasta que el zumo rebosaba, inundaba la encimera y caía al suelo. Luego se derramaban sobre el zumo.

Eso sólo lo hacían los domingos.

Los sábados ella le daba bizcochos mojados en café con leche y no había zumo de naranja en el suelo. Tampoco mantequilla. Ella le comía los restos de bizcocho de las comisuras de los labios y follaban sobre migas dulces de bizcocho y amargas de café.

No le daba tiempo a despertarse los viernes y él ya la estaba sorprendiendo en la cama con beicon y mermelada de ciruela. Después muchas sábanas y orgasmos sin parpadeos. Ayer fue jueves y les tocaba enredarse entre tortitas de avena y aceite de oliva virgen, aunque, desde hace tiempo, los miércoles ya no los consagran a desayunar pupilas con tostadas y vello púbico. Ni mandarinas. Tampoco los martes son para comer huevos fritos y cereales sobre un sofá de sonidos líquidos y sólidos. Ni churros con azúcar.

Desde hace tiempo sólo hay lunes y café solo con sacarina desde las secciones de deportes y cultura. Él sigue exprimiendo naranjas, esperando que ella, desnuda, lo observe desde la puerta de la cocina. Pero dicen que ella ahora desayuna, con otros, sexo cítrico y restos de bizcocho. Y churros sin azúcar.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Edipo hoy (Clásico revisitado número 16)

Edipo, sigues siendo un buen hombre en la paz, pero en la guerra te haces vil e inhumano. Mátame si eso es lo que te place. Sin embargo, te aseguro que así tu espíritu no alcanzará la armonía.

Hasta ahora nunca he hablado y, si no dije palabra, era porque mi silencio preservaba la paz. Lo que saliera de mi garganta podía perjudicarnos a todos. Sabía la verdad y me la he guardado, provocándome heridas que jamás serán curadas. Desconoces hasta qué punto puede ser dañino un secreto que no ha sido desvelado ni a un sacerdote cristiano, ni a un sordomudo analfabeto, ni a una bestia de las de tu granja. Sólo Zeus sabe, pero no por mi boca indiscreta.

Pero ha llegado la hora de confesar lo inconfesable.

Nos estamos muriendo todos. Las madres ya no dan leche, las calles se pudren, el color del cielo es de un eterno rojo crepuscular. Las langostas se comen las piedras porque las plantas ya no dan fruto. Sólo queda guerra. Y tristeza. La muerte ya no espanta: es común.

Edipo, estás ciego. Escucha mi secreto. Es demasiado cruel para decirlo o para oírlo, pero ya es tiempo. Yocasta... ella no merece tu desprecio. Te ha faltado valor para aceptarla y hombría para seguir el dictado de tu instinto, igual que careciste de arrojo cuando te encontraste con aquel anciano de Fócida. Ahora sabes que era Layo, que era tu padre, y no le mataste. También reconoces a Yocasta como madre y, aun así, renuncias a compartir tu lecho con ella. Y ahora que deberías sacarte los ojos tiras tu espada al suelo.

Dioses, ¿éste es el Edipo que nos queda?


jueves, 11 de diciembre de 2008

Azul

Para el príncipe azul el domingo era día de golf. Se olvidaba de bellas princesas y de terribles dragones y se enfrentaba con el par del campo.

Su turno, majestad, le dijo el caddie con aquella voz de funcionario resfriado que le confería una autoridad insólita para gente de su ralea. Y, sin pensárselo demasiado, le acercó el sand wedge, a lo que el príncipe azul contestó con un gesto de resignación.

Ese domingo, sí, se encontraba en una situación comprometida. Su pelota yacía en una trampa de arena. Más que yacer, estaba sepultada, escondida, constreñida por toneladas de materia blanca que amenazaban con devorarla si su próximo golpe no era perfecto. Tenía que golpear la pelota desde abajo, y con decisión, olvidando la presión que le infundían las miradas de los otros. Fuck you, príncipe verde y príncipe rojo.

El príncipe azul calculó el golpe demasiadas veces. El sudor comenzaba a hacer un pequeño charco en la arena. Dios, la pelota se evaporaba, desaparecía en el barro blanco, tenía que pegar el golpe ya. Ánimo, majestad, le dijo el caddie.

Realizó el movimiento con la técnica idónea, con la fuerza apropiada y la convicción necesaria. Le quedó un golpe de manual, salvo por el detalle de que el palo se hundió en la arena y no llegó a tocar la pelota. Un polvo níveo se esparció por el aire. La pelota reposaba intacta en lo más fondo del bunker. Y entonces llegaron las risas.

Señor, no se preocupe. Yo mismo me encargaré, le dijo el caddie con aquella voz de biblioteca, con aquel tono fantasmal que le confería un aura terrible para gente de su alcurnia. Y, sin pensárselo demasiado, sacó de la bolsa la nueve milímetros y le colocó el silenciador.

Fuck you, príncipe verde y príncipe rojo. A partir de esta noche, nadie más sabrá de vuestra existencia.


Más Días Azules en Mi matadero clandestino y Contraportada.

domingo, 7 de diciembre de 2008

Otakus (Kafkiana número 10)

Al entrar en la habitación, mi hijo ya no estaba. En cambio, ante mis ojos apareció un gigantesco Maneki Neko que movía su pata izquierda. Arriba y abajo. Incansablemente. Mi primera reacción, después de liberarme de ese hipnótico balancear que me cautivaba, fue gritar. Y me estremecí entre escalofríos. No sabía si estaba más aterrorizada por la desaparición de mi hijo o porque hubiera surgido de la nada, y en medio de su dormitorio, aquel monstruoso gato de cerámica. Mi esposo llegó corriendo y dejó escapar un chillido grave que se mezcló con el sudor que le caía por la frente. Se quedó lívido.

Meses después, recordamos ese momento con cierta ironía. En un vecindario tan unido como el nuestro, esos alaridos provocaron un crepitar instantáneo por todo el edificio, cuyos habitantes se arremolinaron delante de nuestra puerta (3º B). Estimulados más por la curiosidad que por la alarma, acudieron en masa a ver qué había pasado y sólo cuando les dejamos pasar se disolvió el atasco de la escalera, hasta ese momento colapsada por gentes ávidas de conocimiento. Ahora que todo el mundo se ha acostumbrado a este magnífico animal de porcelana que ocupa tres cuartas partes del dormitorio de mi hijo, esa reacción se me antoja exagerada. Seguro que aquello sucedió porque es de todos sabido que este tótem oriental atrae las visitas y, siendo tan magnas sus proporciones, el magnetismo fue igualmente desaforado.

Sin embargo, hoy, aunque el ritmo de curiosos es menor, seguimos teniendo (día sí, día no, con descanso los domingos y festivos) un volumen de visitantes exagerado para tratarse de una casa particular. Y empiezo a sospechar que todo ha sido una pataleta de mi hijo. Una reacción típica de adolescente la de convertirse en gato de la suerte. Mañana mismo, después de romperlo en trocitos y tirarlo a la basura, pienso quitarle Internet.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Amarga Navidad



Vamos, se te hace tarde.
En las despedidas me queda en la boca un extraño gusto a madrugada. Tal vez porque cuando me fui de mi casa fue muy temprano, por la mañana, y mi madre me dio un abrazo que me mojó las mejillas de lágrimas. Desde entonces las madrugadas saben a sal y las despedidas a madrugadas. También cuando se llevaron a mi padre al hospital fue de madrugada. Lloré, no mucho, y me supo a sal. Después ya no lloré más.
Ahora te vas tú, pero no me dejas con este sabor a sal de madrugada.
Es curioso que hayas elegido esta fecha para marcharte, sabiendo que la tristeza de diciembre te puede hacer competencia y tú nunca has sido de sentimientos compartidos. Ahora el dolor no es sal y se difumina entre las sonrisas ajenas y los recuerdos de enfermedad e hipocresía, los petardos y las luces intermitentes. Ahora el dolor sólo es amargo, no es sal. Vamos, se te hace tarde. Vete. Se te ha quedado una mueca extraña, fea. Antes, cuando me tocabas, te sentía las yemas de los dedos congeladas. Estabas demasiado ocupada, también para odiar. Me hacía daño ese tacto tardío y seco, pero me daba igual. Ahora te vas y te siento cercana y cálida, con el insólito aspecto de amante entregada, con tiempo para odiar. Y para tocar sin ese tacto gélido, tardío y seco.
No me sorprende en absoluto. Vamos, vete. Déjame con esta Navidad, más dulce y amarga que nunca, sin sal, que dejará un año nuevo sin nubes ácidas, sin pasiones frías, sin tu desprecio.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Trabajo (Clásico revisitado número 15)



Podrá trabajar desde casa y tendrá mucho tiempo libre, ya que el desarrollo de sus actividades le llevará unas pocas horas al día o, incluso, a la semana. O al mes. Dependerá de su capacidad de organización y atracción de clientes. Además, no tendrá jefe, sino que usted será su propio supervisor. Yo tan sólo le exigiré informes de ventas cuya periodicidad también decidirá usted. El sueldo no es nada del otro mundo y las posibilidades de promoción, escasas, pero es un trabajo que le dará tranquilidad durante el período que decida desempeñarlo. De momento, en nuestro sector no hemos conocido crisis.

Ante estas perspectivas y dada la precaria situación en la que me encontraba, acepté sin muchos remilgos. Siempre quise tener un trabajo que me proporcionará seguridad e independencia, y en estos tiempos de recesión la cosa no estaba para coquetear con el riesgo. Necesitaba ingresos continuados, periódicos y fijos. No porque disponga de una hipoteca o porque tenga excesivas cargas familiares, sino porque mi psicología es poco propensa a la aventura. Sin embargo, después de poco más de un mes en este puesto puedo concluir sin ningún tipo de pudor que no está hecho para mí ni yo para él. Dejando a un lado la disciplina que exige un trabajo de estas características y de la condenación de la soledad que implica, lo que peor llevo es la escasez de espacio. No soy una persona de anatomía escuálida -más bien todo lo contrario- y considero que el lugar en el que debo desempeñar mi labor es demasiado pequeño. Además, he visto que la captación de compradores depende mucho más de la casualidad o de la suerte que de mi propia habilidad para seducirlos. Y eso es frustrante. En estos 41 interminables días he visto pasar delante de mis narices a miles de potenciales clientes y no he vendido nada. En realidad, ni siquiera he conseguido mostrarles mis servicios.

Señor. Acabo de recibir un email del nuevo. Dice que en todo este tiempo vender le ha sido imposible y que cree que el problema es el diseño del plan de marketing. Comenta que es absurdo confiar en que un incauto frote una lámpara de aceite. Y que lo deja. Que este trabajo es una maldición.

Contéstele que OK, pero que se olvide de pactar un despido. Si es tan genio, que se espabile.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Zapatos

Los días en los que llueven zapatos no son días para salir a la calle. A pesar de lo que dice la gente, prefiero cuando llueven sapos o figuras de porcelana. La gente que dice que prefiere una lluvia de zapatos a una lluvia de sapos es porque no ha evaluado las consecuencias de una lluvia de zapatos. Yo sí conozco estas situaciones. Y puedo decir que es mucho mejor una lluvia de sapos que una lluvia de zapatos. E infinitamente mejor que una lluvia de zapatos o una lluvia de sapos es una lluvia de figuras de porcelana. Ver un Lladró caer del cielo y reventarse en miles de piezas cuando llega al suelo provoca un placer desesperado. Pero las calles sólo se llenan de gente cuando llueven zapatos. Todos enloquecen cuando ven aparecer en el cielo unos Manolos o unos Ferragamo. Eso sucede en los barrios ricos.
En los barrios pobres sólo caen botas de agua. La gente no sale tanto a la calle cuando llueven zapatos aquí, en los barrios pobres, sino que se va a los barrios ricos para recoger calzado italiano. Cuando está punto de llover, las calles de los barrios ricos se llenan de gente mirando al cielo. Se sabe si van a caer zapatos, y no sapos, porque las nubes adquieren color de cuero envejecido, y no de cieno de pantano. Y, cuando comienza a llover, todos se pelean por cazar al vuelo los zapatos. Suele haber algún herido por bota militar o por zapato de punta, y un día murió una mujer atravesada por un tacón de aguja. Pero no por eso la gente ha dejado de salir a la calle.
Cuando acaba de llover, las calles se vacían de gente y sólo quedan zapatos amontonados y desparejados. Porque cuando llueven zapatos no es de forma ordenada -un par de sandalias del número 36, unos mocasines del 43, unas deportivas del 39-, sino más bien como a la nube le viene en gana -una bailarina del 47, una bota del 34, una alpargata del 41- y son muy pocos los que consiguen llevarse a su casa un par perfectamente compuesto. De hecho, desde que en la ciudad llueven zapatos, eso sólo ha pasado dos veces. Los días siguientes a la tormenta los diarios aparecen repletos de anuncios por palabras en los que propietarios de un zapato izquierdo buscan su derecho, y viceversa, para reconstruir el par perfecto. Y, en realidad, desde que en la ciudad llueven zapatos, eso sólo ha pasado dos veces.
Aun así, la gente sigue prefiriendo los días en los que llueven zapatos. Yo me sigo quedando con los sapos y las figuras de porcelana.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Fiebre

Cuando aparece la fiebre es como si todo fuera más lento, como si anocheciera con esfuerzo y dolor. Cuesta incluso sacar las palabras y mucho más teclearlas. Por eso lo de escribir con fiebre tiñe los textos de beige. Un color raro. Un color de mentira, pálido, sin demasiada alma, como el del cuero cabelludo o del tabaco en la pared.
Y aquella época fue de fiebre. Tú y tus rizos castaños y rubios, desaparecidos, y yo, oculto detrás del polvo y de palideces extrañas, de fáciles complacencias y lugares comunes. Recuerdo que me dijiste
Hagámoslo.
Y el vientre se me encogió como metiéndose en su caparazón deforme y me sumergí en un vaso sanguíneo en el que los gritos sólo eran resonancias góticas y todos los gestos eran vagos y las erecciones, imposibles. Eché un trago más de mi vodkalemon para huir del sudor y quise estar en una iglesia, en una playa lejana, en el puto centro de Copenhague, en la cima del Kilimanjaro, jugando un partido de tenis en Mar del Plata con 40.000 argentinos riéndose. Me puse a mirar la llama del fuego.
Cuando ahora miro a la llama del fuego al rato aparecen visiones de ti. Pero entonces sólo aparecieron demonios con rizos castaños y reflejos rubios que bebían vodkalemon. Y la fiebre. Luego me besaste y me volviste a decir
Hagámoslo.
Yo sólo atendía a medias. Cuando aparece la fiebre sólo atiendo a medias. Y desnuda te vi delgada y cadavérica, con los labios blanquecinos y la piel transparente.
A los pocos segundos, subió la marea. Y te evaporaste y la fiebre también y la llama en la que aparecían los demonios con rizos castaños y reflejos rubios que ahora brotan en esta fiebre extraña y beige, de color sin alma, de tabaco en la pared.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Alergias


"Conocí a un chico que era alérgico al polen y al polvo y al serrín y al humo provocado por la combustión de carburantes y a las ensaladas y a los gatos y a las ballenas y a las fibras sintéticas y a uno de cada dos medicamentos. Era uno de esos chicos que no hablan con nadie. Parecía uno de los que viven en campanas de cristal, pero era alérgico a las campanas de cristal, así que tenía que enfrentarse a todas sus alergias. Llevaba sus alergias encima como un viajante de comercio lleva sus maletas. Demostró legalmente que era alérgico a sus padres, así que sus padres tuvieron que darle una pensión vitalicia sin disfrutar a cambio del consuelo de agujerear sus zapatos con sus propias desgracias, además él ni siquiera llevaba zapatos porque era alérgico a la piel y al caucho. Le hicieron unos zapatos de madera pero a él le pareció que era como andar con dos ataúdes chiquititos en los pies, así que los tiró por la ventana. Una chica que pasaba por la calle recogió los zapatos, y como nunca había visto unos zapatos tan raros subió a ver de quién eran. El chico abrió la puerta y la chica entró, los dos se miraron un rato y los dos eran guapos, y los dos llevaban solos demasiado tiempo, así que se abrazaron un poco a ver qué pasaba y resultó que la chica iba vestida con fibras sintéticas y tenía ojos de gato, y estaba gorda como una ballena y tenía polen en el pelo y serrín en el cerebro y antibióticos en los dedos y ensaladas en la falda y un motor de explosión que le ayudaba a subir las escaleras. El chico se murió con una estúpida y gigante sonrisa de felicidad en la cara.
Cuando me desperté estaba seguro de que podía aprender algo de ese sueño pero no sabía qué coño podía ser."

Ray Loriga, Héroes

domingo, 16 de noviembre de 2008

Vampiros (pos)modernos

Como en otras ocasiones, el vampiro se quedó mirando por la ventana durante unos segundos. El sol ya había comenzado a mostrar su obesidad naranja reflejándola en la negritud de las montañas y los árboles, que dejaba de ser negritud.
Al vampiro –que como todos los vampiros era un sentimental- le gustaba presenciar esta colosal transformación de colores. Sólo podía contemplarla unos instantes, hasta que sentía cómo su piel se iba acartonando con un siseo inaudible y un intenso olor a quemado. Pero, sin duda, ese pequeño sacrificio merecía la pena. El espectáculo del alba en aquellos parajes le hacía olvidar toda una noche de yugulares sanguinolentas, rictus de terror, crucifijos amenazantes y rumor de ajo. Además, retirarse a los aposentos cuando la comisura de los labios todavía estaba manchada de plasma de aldeano era muy poco recomendable si quería disfrutar de un descanso reparador.
- Es la hora.
Escuchó detrás de él.
- Gracias. Ya voy.
Respondió sin voz.
Se apartó de la ventana, cerró los portones y sintió, inmediatamente, un frescor de alivio en los ojos.
- Hoy no me apetece.
Dijo.
Ella, que lo esperaba desnuda, le dedicó una mirada de decepción y desprecio.
Después él se metió en su ataúd y se puso a leer Helada, de Bernhardt, o algo de Camus, no lo recuerdo.
Ella se quedó fría. Con lo que le había costado tomar la decisión de vivir toda la eternidad, precisamente le fue a tocar el único vampiro depresivo de los Cárpatos. Y, lo que es peor: ¿qué iba a decir en casa cuando llegara a las ocho de la mañana y sin una mordedura en el cuello para justificarse?
Se quería morir.
Y, entre sollozos que se oyeron en la mazmorra más profunda del castillo, se puso a dar golpes en el ataúd, insultando a aquel que se había atrevido a rechazarla.
El vampiro, simplemente, se puso los tapones en los oídos, cerró el libro y apagó la luz.
- Mujeres.
Creo que dijo.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Voluntad


“Pero mientras mi voluntad me responde todavía yo siento cierta seguridad, porque sé que gracias a ella puedo salir del caos y reorganizar mi mundo: mi voluntad es poderosa, cuando funciona. Lo peor es cuando siento que mi yo se disgrega también en lo que se refiere a la voluntad. O como si la voluntad todavía me perteneciese, pero partes del cuerpo o del sistema que la transmite, no. O como si el cuerpo fuera mío, pero “algo” entre mi cuerpo y mi voluntad se interpone. Ejemplo: quiero mover el brazo, pero el brazo no me obedece. Concentro toda la atención en el brazo, lo miro, realizo un esfuerzo pero observo que no me obedece. Como si las líneas de comunicación entre mi cerebro y mi brazo estuvieran rotas. Muchas veces me ha sucedido eso, como si yo fuera un territorio devastado por un terremoto, con grandes grietas y los hilos telefónicos cortados. Y en estos casos, todo puede suceder: no hay policía, no hay ejército. Cualquier calamidad puede producirse, cualquier saqueo o depredación. Como si mi cuerpo perteneciera a otro hombre y yo, impotente y mudo, observara cómo comienzan a producirse en aquel territorio ajeno movimientos sospechosos, estremecimientos que anuncian una nueva convulsión, hasta que poco a poco, crecientemente, la catástrofe vuelve a enseñorearse de mi cuerpo y finalmente de mi espíritu.

Cuento todo esto para que me comprendan”.

Ernesto Sábato, Sobre héroes y tumbas

domingo, 9 de noviembre de 2008

Lluvia


L’amour est une personne qui souffre et une autre qui s’enmerde, me dijo con su perfecto acento francés pasado por Andalucía, Canarias y Chile y con aquella convicción que la caracterizaba. Aquella convicción como un cuchillo. Nemequittepas, le iba a decir yo entre sollozos.

Y justo en ese momento se desató la tormenta. La lluvia comenzó a caer, primero indiferente, luego en voz baja, después eléctrica, al final de forma sólida. Así que tuvimos que correr a refugiarnos en los soportales de la Plaza Mayor. De hecho, todo el mundo lo hizo y el lugar se convirtió en un campo de extraños calados hasta los huesos y apelotonados en un espacio minúsculo.


Me asusté. No lo digo sólo por la tormenta, ni por los extraños que me rodeaban y me tocaban, sino por la cercanía de una ruptura que, además, estaba salpimentada con rayos y truenos y caras desconocidas. Una situación muy teatral: dos amantes a punto de convertirse en examantes y cientos de testigos de un incendio en medio de la lluvia. Ahora, en la multitud, sus argumentos eran sólo gestuales y mis súplicas, sólo desesperadas. Arqueó las cejas en señal de tristeza. A mí me sólo me salió una mueca de ahogo.


El chaparrón se disolvió. Se hizo eléctrico, luego transparente y después sólo caía agua en voz baja. Cuando dejó de llover, los extraños se desperdigaron de forma efervescente. En los soportales de la Plaza Mayor quedó, de nuevo, el silencio y el vacío. Me volvió a resonar en la cabeza aquella frase en su perfecto francés pasado por Madrid, Palma de Mallorca y Barcelona. Y le grité Nemequittepas. Pero creo que no me oyó. La multitud se la había llevado. Yo me quedé un rato, esperando a que lloviera.


jueves, 6 de noviembre de 2008

Nihilismo


"La angustia es la experiencia de la Nada" (Ernesto Sábato)


Se fue a meter la mano en el bolsillo y ya no había bolsillo. En realidad no había pantalón. Ni mano. Ni nada.

Cuando le pasó esto, hace un tiempo ya, se percató de que había desaparecido. En esto debe de consistir en no-ser, concluyó. Sin embargo, pensó que si podía llegar a conclusiones algo debería ser. Y se puso a buscarse.

No se encontró, pero debajo de la cama descubrió tres botones, dos monedas de veinticinco pesetas y un lápiz del número 2, y entre los cojines del sofá se le apareció una pipa rellena de tabaco. Fue a probarla y, al no tener boca, el humo se le escapaba por entre la invisibilidad. El resultado era un tanto extraño. Por supuesto, después de esta experiencia no se le ocurrió comer ni beber nada. Tampoco pidió besos a nadie. Y no lloró tras darse cuenta de que no iba a tocar más piel, ya que las lágrimas no tenían ni de dónde venir ni a dónde ir.

Cogió el lápiz del número 2 y se puso a escribir varios poemas sobre botones y monedas de veinticinco pesetas. Nihilistas.

Luego se limitó a no existir.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Muebles


Abrió la puerta de casa y sonrió. Soltó un suspiro mientras se derrumbaba en el diván y dirigía una segunda mirada a su cuarto de estar. Era magnífico. En un lado, la cómoda estilo Luis XVI de madera de cerezo y mármol, y, junto a ella, el sillón Calvet, esculpido en roble mediterráneo por el mismo Gaudí; al otro, el sofá chino rematado en nácar. Su última adquisición -un canterano de nogal tipo Terruella que habían tallado las manos de un artesano ciego del barrio barcelonés de la Ribera en el siglo XVII- se hallaba todavía en un territorio neutral, esperando su decisión. ¿Dónde colocarlo? ¿En qué lugar contribuiría su belleza a potenciar la armonía de los demás muebles?

En aquella pared, pronunció en voz alta.

No sin esfuerzo, consiguió situarlo en el sitio elegido. Ah, se le escapó una sonrisa. Perfecto.

Sin embargo, su cara no reflejaba una absoluta satisfacción. Miró a la derecha y observó el espejo barroco romano del siglo XVIII y la consola rococó tallada en ébano y recubierta de oro. Pero no, el fallo no estaba ahí. ¿En las paredes? La selección de cuadros le había llevado siete años y la mostraba con orgullo a sus visitas, así que la hipótesis se le antojó absurda. Después dirigió la vista hacia abajo.

En efecto, era el suelo. La alfombra persa de lana hilada a mano desentonaba en el conjunto. Unos colores estridentes, unos motivos geométricos vulgares, una cantidad de nudos insuficiente. Era joven cuando la compré, se disculpó. Ahora la situación exigía una solución inmediata. Había que sustituirla. Así que tiró de la alfombra con las dos manos.

Justo en ese momento se dio cuenta de que estaba equivocado y de que la pieza discordante era el armario policromado de 1798 que ahora, con inusitada rapidez, se le venía encima. Y cerró los ojos. Por fin lo veía claro.


jueves, 30 de octubre de 2008

Café

Al contrario de lo que piensa la gente, las noches en el café no son más largas. Me gusta estar en el café, contando mi día o mis días a algún camarero. Son tiempos en los que escasean las buenas historias y estoy seguro de que agradecen un alivio de la realidad como el que les proporciono. De hecho, el otro día, no recuerdo muy bien cuándo, uno, aquél de la voz de cadáver, me hizo una pregunta. Quien hace una pregunta es porque está interesado. Si no, hace el imbécil. O es demasiado amable. Pero son tiempos en los que escasea la gente amable. Y más en el café.

Paso más tiempo en el café desde que llegué a la conclusión de que no necesito pasar el tiempo con nadie. No necesito a nadie. Ni siquiera a aquel camarero de la voz de cadáver y sus preguntas. Tampoco a la de la trenza desordenada que me rellena el vaso. Eso no quiere decir que nadie me necesite. Al contrario. Hubo una época en la que yo era muy necesario. Puedo decir que el frágil equilibrio que me rodeaba dependía, en gran parte, de mis decisiones. Todo era como un papel de fumar en el que yo ponía el tabaco. Lo liaba y lo encendía. Más tarde tiraba las cenizas.

Sí, era grato que se tomaran molestias conmigo, que se preocuparan por mí. El dolor era más tolerable de esta manera. Pero era muy difícil no romper nada. Aquí, en el café, me da igual romper cosas. Ayer tiré al suelo una jarra de cristal, de ésas con el asa de plástico negro. La de la trenza desordenada me miró mal. El camarero de la voz de cadáver me preguntó quécoñohaces. Le respondí con un disparo a la cabeza. A la de la trenza sólo pude darle en el hombro. Y gritos. ¿Por qué tienen que gritar? Después, cuando me dispararon a mí, no grité. Sólo caí de rodillas. Feliz.

Me gusta estar en el café.

domingo, 26 de octubre de 2008

Domingo

El domingo es un día feo, me dijo, me empapa una tristeza larga, eterna. El domingo espero llamadas de teléfono de aquél donde refugiarme. Huyo de toda ceremonia, pero me siento ridícula entre pijamas y carmines descoloridos. ¿Cuál es mi sitio?, me preguntó este domingo. ¿Dónde está mi casa? ¿A quién pertenezco? Todo me resulta o demasiado cálido o demasiado frío o demasiado tibio; y pienso en ello y caigo repetidamente en una trampa repleta de jeringuillas que inyectan gritos. El domingo es ausencia, es un espectáculo vacío, transparente, es una herida abierta.

Y me miró buscando una respuesta, pero yo sólo pude contestarle con silencio.

¿Por qué la soledad me persigue?, me preguntó. El domingo no me sirven las palabras y, como una trituradora, sumo a mis pensamientos en un delirio enfermizo. Miro hacia atrás y busco el lugar al que pertenezco, pero sólo encuentro agujeros negros; muchas risas, muchos tequieros, muchos quéguapaeres y muchos supuestos amigos. ¿Pero sabes qué no encuentro? Un sofá cómodo y cálido donde volver. Esa voz que me diga tranquila, estoy aquí, no es demasiado tarde, aquí no hay exilio.

Y me miró de nuevo, buscando una respuesta. Pero sólo pude darle silencio.

¿Cuál es mi sitio?, repitió. ¿Todo mi pasado ha muerto? Soy una actriz en un teatro ambulante. Soy una trapecista. Soy una duda. El domingo no me siento real, como si no existiera, como si fuera la suma de muchas vidas, como un puzzle en el que siempre falta la misma pieza. ¿Por qué siempre buscando? Contesta, ¿por qué?

Y me miró de nuevo. No puedo responderle. Pero quisiera sólo por un día, sólo hoy, sólo este domingo, dejar de ser un espejo y susurrarle yo soy tu refugio, soy tu casa, tu raíz. Y llevarla conmigo a este lado donde el dolor sigue siendo dolor, pero con ella dolería la mitad.

jueves, 23 de octubre de 2008

Despertar


Lo malo de ser pulpo gigante es que, al caminar por la calle, las ventosas de los tentáculos se quedan pegadas en cualquier parte. No logras avanzar cien metros sin que a tus brazos se vayan adhiriendo hojas marchitas, colillas, chicles mascados, pekineses y papeles de propaganda de academias de inglés.

Cuando le expliqué al médico mi problema, tan sólo conseguí que me recetara una crema hidratante de lo más vulgar, y lo hizo ocultando a duras penas una sonrisilla maliciosa. Tal vez en esa crema esté la solución, pero carezco de la habilidad motriz básica para abrir un bote y/o frasco. Al menos si mi pareja no me hubiera abandonado... pero no la culpo: salir con un cefalópodo no debe de ser fácil; más allá del olor, la viscosidad característica de todo animal marino y mis ojos saltones, cada vez que me abrazaba soltaba un chorro de tinta negruzca que lo dejaba todo perdido. La pobre no ganaba para sábanas.

Sin embargo, y dejando a un lado la modestia, no creo que encuentre un amante como yo. No circulan por ahí muchos tipos con tres corazones y con una estructura reproductiva de tan magno tamaño. Además, mi salud es de hierro, ya que, desde que soy pulpo, no fumo y apenas bebo alcohol. Y, al ser sordo, me abstengo de escuchar cosas que no quiero oír.

Ya han pasado tres meses desde que se fue y creo que he superado su abandono. Con excepción de momentos como los de la crema hidratante. Y de los despertares. Aún no me he acostumbrado a despertar sin ella. Así que todavía, cada madrugada, huyo de las lágrimas y me lanzo al mar en busca de mi único consuelo: aterrorizar submarinos a la deriva rodeándolos con mis brazos. Absurdamente, sólo las caras de pavor de los tripulantes logran distraerme de la ausencia.

Si supieran que es ese el precio de mi alivio, no tendría tan mala fama.



Más amaneceres tentaculares en Mi matadero clandestino y Contraportada

domingo, 19 de octubre de 2008

Meublé

Me rodeaban una pecera repleta de colores sin peces, una luz azul y sanitaria, cortinas de terciopelo, gemidos lejanos y no tan lejanos, y aquella mujer vieja, morena y bajita, que, con gesto de falsa inocencia, me hablaba de franceses, thailandeses y cubanas como de países exóticos al alcance de unos cuantos euros.

Me hizo pasar a una habitación pequeña con las paredes desnudas. En una de las esquinas, cubierta por una cortina mohosa, había una bañera redonda, y, al otro lado de la estancia, ocupaban el vacío una camilla envuelta de papel blanco y una silla baja con reposabrazos. Junto a la silla, un galán de noche. Me senté en la silla con las piernas cruzadas, por adoptar una posición digna en aquella ridícula poltrona, y sin saber muy bien qué hacer con las manos, que me suplicaban por un lugar donde pasar desapercibidas. Sudaban.

A los pocos segundos, cuando todavía estaba intentando acomodarme, entró en la habitación una mujer en ropa interior, de atractivo dudoso. Me levanté de la silla de un respingo. Hola, me llamo, y dijo un nombre extraño, de esos que sólo aparecen en las malas películas o en canciones del final de la Rambla. Después se fue y apareció otra mujer, quizás más guapa, pero con un velo de tristeza en los ojos que difuminaba su belleza. También dijo su nombre y se fue. Y luego llegó otra, rubia y muy alta, y luego otra, cuyo descaro me posó dos besos en las comisuras de los labios. Y otras dos. La última en mostrarse, de nuevo, fue la vieja.

Y bien, me preguntó. Yo le dije la rubia.

Se fue la vieja, entró la rubia, me indicó dúchate. Jamás, ni esta mañana, cuando me estaba muriendo, me habría imaginado así esto. Quiero decir el paraíso, le comenté mientras me desnudaba.

Y quién te ha dicho a ti que esto es el paraíso, y se calzó las botas de cuero, la máscara inhumana y aquel arnés que, varias eternidades después, todavía alimenta mis pesadillas.


jueves, 16 de octubre de 2008

30


Treinta años después se volvieron a encontrar. Para él fue un alivio comprobar que ella también había envejecido, que no era una extraterrestre ni una diosa ni una mujer al margen del tiempo. Se te ve bien, le dijo, a ti también, ¿cuánto tiempo ha pasado? mucho, y después frases de esas que sirven para esquivar intensidades (in)deseadas. Después se despidieron, adiós, que vaya bien, te llamo.

Antes de que ella abriera la boca, él ya se había percatado de que continuaba siendo la misma, de forma indiscutible y excepcional. Cuando le miró las cejas y observó que una seguía elevándose antes que la otra; y cuando se removía el pelo y el pelo adquiría consistencia de chicle y el chicle se pegaba y despegaba, y se estiraba y se rompía por el centro y más tarde hacía globos que estallaban en la nariz. Así hasta treinta globos.

Antes de que ella le dedicara una mirada, él ya se había percatado de que continuaba siendo la misma horrible máquina de aniquilar genios. Cuando se fijó en su boca y observó que seguía reclamando; y cuando sacaba la punta de la lengua y la lengua se mostraba de forma farsante y se volvía a esconder para aparecer de nuevo y estrangularlo hasta dejarlo vacío de aire y de razón; o casi, porque al final lo soltaba para volver a asfixiarlo. Así hasta treinta veces.

Antes de que ella hubiera aparecido, él ya se había percatado de que continuaba siendo la misma, en definitiva, a fin de cuentas, desde luego y sin más. Cuando la miraba y no estaba y seguía sin estar y pasaba el tiempo. Así hasta treinta años.

sábado, 11 de octubre de 2008

Confesión


Una de las cosas que más detesto en este mundo, no sé si la que más, ya que detesto muchas y a muchos hombres -en caso contrario no podría dedicarme a lo que me dedico-, es que en un restaurante me hagan esperar, como aquel en el que cenamos a las once y media como muy pronto y a la una todavía nos estaban sirviendo los postres, o que en las mañanas lluviosas los paraguas callejeros rivalicen entre sí por sacarme los ojos; aun así, en estas situaciones, la profunda náusea que se me forma en el cuello -porque a mí las náuseas me vienen desde el cuello a la parte posterior de la cabeza- y el grotesco odio que se me compone en todas las cicatrices de mi cuerpo -porque yo veo crecer en odio en mis heridas pasadas- no es nada comparable al ansia de empalamiento y castración que se va formando en mi organismo cuando tengo cerca a alguien que escucha música con el teléfono móvil y decide de forma unilateral que esa melodía se ha de convertir en la banda sonora de todo aquel que tiene la desdicha de encontrarse con ellos. Es una sensación de tal abominación y repugnancia la que me provocan estos tipos que, con toda naturalidad, los sodomizaría con un bate de béisbol hasta que su esfínter tuviera la misma eficacia que el de los caballos en los desfiles, o bien les obligaría a comerse sus propios glóbulos oculares con cuchillo y tenedor.

Con la convicción de que mi problema se resolvería de este modo y no con el Prozac o la Viagra, lo que hice la otra mañana fue subirme al metro en el inicio de la línea y no bajar hasta el final. Así, cinco o seis veces. Ida y vuelta. Y, por la tarde, otra vez. En ese insistente trayecto me encontré con treinta y siete especímenes del linaje descrito. Escuchaban variedades, para mí hasta ese momento completamente desconocidas, de merengue, bachata, reguetón, hip-hop, gangsta-rap, sanjuanito, yaraví, tonada, guarimba, rumba, samba, lambada. Desde entonces repito cada día este recorrido por el infierno de Dante, deseando recuperar lo que perdí, esa chispa de motivación, esa vitalidad tan característica en mis acciones. Porque anhelo ser el que era antes: ese psicópata activo y feliz que no dudaba en matar con o sin motivo, el experto en sufrimiento que torturaba por placer o por capricho, aquel asesino múltiple cuyas brutales matanzas salían en la primera página de la sección de sucesos.

jueves, 9 de octubre de 2008

(In)misericorde



apres vous il n'y'a rien
il y a plus que la distance
Xavi Martín


“¿Quién eres tú?” me pregunté yo (y la oruga), y después quedó un portazo y sus Nemequittepas nemequittepas. Luego me subí al coche y no paré hasta llegar a Barcelona, donde me esperaban más “¿Quién eres tú?”, más portazos y más nemequittepas nemequittepas, pero entonces no lo sabía. También gestos interrogantes, mañanas siguientes, sentimientos, concepciones y masticaciones, además de excitaciones varias, nebulosas sentimentales y cambios de postura. Y al final, siempre el “¿Quién eres tú?”, el nemequittepas nemequittepas y el portazo. O al revés.

Y, después de cada portazo, subía al coche y a otra ciudad, pasaba al otro lado del espejo como en busca de (también) otros nemequittepas nemequittepas, que se convirtieron en una especie de exótico alimento de mi evolución. Pero entonces no lo sabía.

“¿Quién eres tú?”, me pregunta la oruga con ese acento azul. “¿Quién eres tú?”, me preguntas sin acento.

Y yo respondo no lo sé. Sé quién era cuando me levanté esta mañana, pero desde entonces he cambiado muchas veces.

Sólo sé una cosa: que en ti no está la respuesta.

Es por eso que termino esta carta esperando tus nemequittepas nemequittepas. Te dejo y no prometo que nos volvamos a ver. Me espera el otro lado del espejo.

domingo, 5 de octubre de 2008

Romanticismo (Kafkiana número 9)


Al despertar, noté una humedad inmediata. No era producto de un sueño erótico ni de una pesadilla infantil, sino que parecía más bien un fruto de una reminiscencia cinematográfica. Una mancha roja se abría paso por el hasta entonces blanco puro e imperturbable de las sábanas y llegó a mi mejilla.

Salté de la cama.

Cuando logré controlar el vahído provocado por mi violenta incorporación y, sobre todo, por el espectáculo, fijé la vista y pegué un grito. No me considero una histérica, pero, cuando comprobé que en lugar del novio que dormía a mi lado había aparecido un corazón de medio metro de diámetro, me dio un ataque de pánico y sólo me salió chillar, decir joder y caminar en círculos por la habitación de hotel. No logré serenarme del todo, pero conseguí elevar la mirada y observarlo de nuevo. Y ahí estaba. Un corazón enorme, con sus ventrículos, sus aurículas, sus diversas válvulas y sus pericardio, miocardio y endocardio.

Un corazón enorme que, con cada sístole y cada diástole, estaba poniéndolo todo perdido.

Ahora, recordando la humedad del despertar, desearía que fuera la cabeza de un caballo.

Pero quién se iba a imaginar que se tomaría tan a pecho lo que le dije. A partir de mañana las cosas cambiarán, escribió en la nota que me había dejado en el lavabo. Seré más romántico, ponía.


jueves, 2 de octubre de 2008

Tormenta (Kafkiana número 8)

Lo último que recuerdo fue la tormenta en la selva. Esa oscuridad y los monos gritando como jamás había oído gritar a un ser terrenal. También recuerdo que no era agradable estar hundido hasta las rodillas en ese barro viscoso y lleno de sanguijuelas por culpa del lunático designio de aquel que nos guiaba. Telas de araña tejidas de lianas, ojos de bestias -quién sabe de qué especie- que asomaban desde lo profundo, y, como realidad cercana y visible, sólo la espalda del que iba delante. Era lo más lejos que alcanzaban los sentidos. Es probable, no lo sé, que sólo hubieran transcurrido tres horas desde que, al alba, nos pusiéramos en marcha. Pero ese color negro que nos rodeaba era propio de las profundidades abisales del océano. No de la tierra firme.

Por eso, cuando cayó ese relámpago delante de nosotros, primero experimenté el alivio de recobrar la conciencia después de una pesadilla. Pero inmediatamente se desplomaron dos o tres y yo, aturdido y ciego, comencé a buscar entre los gritos alguna mano amiga que me sirviera de lazarillo. Cuando creí tocar lo que era una extremidad humana, me impulsé hacia adelante. Y desaparecí. Los gritos se callaron de golpe. Sólo quedó el mío.

Ahora soy un bebé y quisiera poder explicarle a nuestro guía que he encontrado lo que andaba buscando. Que no está tan loco como pensábamos y que esa fuente existe. Soy la prueba lactante. Aunque, ¿cuántas horas me quedan de vida, desnudo e indefenso en las tinieblas?


Más rayos y truenos en Mi matadero clandestino y Contraportada


domingo, 28 de septiembre de 2008

Instrucciones para acabar con los koalas (Kafkiana número 7)


Al contrario de lo que muchos piensan y la sabiduría popular ha difundido, el koala (Phascolarctos cinereus) no es un animal salvaje. En realidad, tampoco es lo que se conoce de forma común como “un animal”, sino un ser humano convertido en animal. Es verdad que los seres humanos, técnicamente, son animales, pero no es necesario detenernos en este tipo de concreciones.

Según datos aportados por investigadores independientes y biólogos de prestigiosas universidades, el koala es un humano muy perezoso y cariñoso cuya dieta se basa en un solo tipo de alimento. También su existencia tiende a transcurrir en un solo hábitat: una cama, un sofá o, en su defecto, un árbol. Ante este régimen de vida, a lo largo de los años el humano pre-koala experimenta una transformación física en la que la primera parte corporal afectada son las manos, que se convierten en garras en las que varios dedos pueden estar fusionados en uno solo; la cabeza aumenta de tamaño y las orejas se cubren de pelos; los ojos no disminuyen, pero dan la impresión de desaparecer en el volumen craneal; y el resto del cuerpo se vuelve rechoncho y pierde color rápidamente.

Hasta la fecha, a los koalas se les ha creído originarios de Australia, una falacia que pudo rebatirse hace unos días, cuando un habitante de L’Hospitalet de Llobregat (Barcelona, España) divisó uno entre la maleza de un plátano común. “Lo cierto es que en Australia salen más a la calle porque, al tratarse de una población de número superior, pierden fácilmente el temor a la civilización. Pero la naturaleza del koala lo mantiene, normalmente, sumido en la contemplación pasiva de la televisión y agarrado a su pareja, a la que atosiga de caricias”, explicó el conocido biólogo Yeral Darrel. “Lo del gusto por el eucalipto es un mito. La variedad típica de Cataluña, por ejemplo, gusta de la bollería industrial”, matizó Darrel.

Desde este reciente descubrimiento, y ante la superpoblación de koalas en Europa Occidental, las autoridades sanitarias han puesto en marcha la campaña “No deje que su ser querido se convierta en un koala”, que incluye las siguientes recomendaciones:

- Al primer síntoma, cambie su televisión por una más pequeña.
- Al segundo síntoma, cambie su pareja por una menos mimosa.
- Al tercer síntoma, hágale salir de casa y tomar el sol, pero, bajo ningún concepto le deje subir a los árboles.
- Al cuarto síntoma, usted también se habrá convertido en un koala. Abandónese a su nueva condición.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Princesas (Kafkiana número 6)


Me desperté con un beso, y en vez de beso ahí delante había un sapo enorme.

Pegué un respingo. ¿Aquella piel blanduzca y viscosa me había tocado? Una arcada me agitó el pecho. Cuando conseguí dominar la sensación de asco me fijé en el engendro, que me observaba y pestañeaba, y cada vez que pestañeaba los párpados se le adherían al globo ocular, y sacaba la lengua -una lengua que le llegaba a los ojos- para despegarlos. Me miraba en silencio. Sólo se oía su deglución.

Ser princesa no está mal. Tienes tus privilegios, como que vacíen de guisantes tu cama cada noche, o que príncipes de todo el mundo –príncipes de alta cuna y alto atractivo- se disputen tu mano de forma periódica. Yo he visto matarse entre sí, qué desperdicio, a Adonis guerreros, he contemplado a dragones calcinando y engullendo lo que antes eran musculosos torsos y he asistido a absurdos combates cuerpo a cuerpo de héroes valerosos. Y todo por llevarme a la cama. Este tipo de episodios inflan el ego como un globo aerostático.

Contemplaría el mundo desde un trono de vanidad de no ser porque esta profesión también tiene su contrapartida. Además de los actos oficiales a los que me obligan a asistir, que tengo que sonreír siempre a mis vasallos, que estoy sometida a la autoridad y los deseos de mi exigente padre, miles de brujas de reinos de todo el mundo rivalizan por realizar en mi cuerpo y conciencia encantamientos y hechizos de la más variada condición.

Pero a este episodio de los sapos no me acostumbro. Esta será la última vez. No volveré a probar los mojitos.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Metaficción vampírica



Para esa pareja de sardos...


Me encontraba en una isla perdida con un novio agobiado por la metaficción vampírica. Era ésta una situación de la que difícilmente iba a salir bien parada.

De hecho, mi intención primera ante este hostil panorama fue escabullirme. Me subí a una de las lomas que parecían más altas y, colocándome la mano derecha extendida sobre las cejas, inspeccioné la zona. Nada me sorprendió, ya que el paisaje era el mismo, idéntico, del de cualquier isla perdida: agua rodeando la tierra, arena de playa, algas marinas, palmeras, riachuelos, algún animal salvaje, lo que parecía ser una tribu de aborígenes cocinando y tramando planes funestos contra los náufragos recién llegados, etc. Y, tumbado cerca de la orilla, mi novio, agobiado por la metaficción vampírica.

Al bajar de la colina, ante mí se apareció un hombre que dijo llamarse Viernes y suspiré. Lo siguiente fueron unos piratas que, probablemente, estaban desenterrando un tesoro (la gran X bajo sus pies era una pista bastante explícita). Pasé por su lado con cara de agotamiento y apenas se fijaron en mí, absortos como estaban ante la presumible aparición de riquezas de las profundidades de la tierra. Lo siguiente acabó de colmar mi paciencia. Ante mis ojos, un inconfundible náufrago le hablaba a una pelota de voleibol mientras decidía a qué placer entregarse primero: si a la lectura de su único libro, al deleite de su único disco o al consumo de su única película.

Cuando llegué junto a mi novio, que seguía agobiado por la metaficción vampírica, le arrebaté todos sus libros y se los envié por botella certificada al aprendiz de cuentista que se ha inventado esta isla de serie B. Espero que con su lectura aprenda a escribir, se olvide de descripciones tópicas y mi novio vuelva a una realidad más real.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Inscripciones (Kafkiana número 5)

No me gustan los tatuajes, me soltó una vez, es piel sucia, nada más que piel sucia. Pero, al cumplir los treinta años, y después de decirle a su jefe que hasta pronto o mejor hasta nunca y después de decirle a su novia que hasta pronto o mejor hasta nunca y después de decirle a su móvil que hasta aquí hemos llegado y tirarlo al río Llobregat, decidió hacerse una inscripción en el brazo derecho.

Se encerró en casa y se puso a buscar en Google la frase perfecta que perpetuar en la piel. También en sus libros y en unas cuantas revistas. La tarea no iba a ser sencilla, lo vio desde el principio, cuando sintió el pánico de la página en blanco y, a medio camino, cuando sintió el pánico de las páginas repletas de estupideces, y de sentencias vacías y superficiales, y, al final del camino, cuando sintió el pánico de la elección entre mugre y tango. Cuatro días de intenso trabajo y las frases se limitaron a tres finalistas:

1.
2.
3.

Y se quedó con la 1, sin saber que el día 2 se arrepentiría de no haberse tatuado la 3; sin saber que el día 4 los tatuajes le volverían a parecer piel sucia; sin saber que el día 5 no tendría dinero; sin saber que el día 6 echaría de menos a su novia; sin saber que el día 7 se convertiría en escarabajo. Y sin saber que no tendría el móvil a mano para avisarme de que no le pisara.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Espadas (Kafkiana número 4)



D'Artagnan desenvainó la espada y, aunque desde el otro lado del salón de recepciones no se le oía bien, apostaría a que pronunció alguna de las frases típicas como prepárate a morir, defiéndete, en guardia o no huyas, cobarde. A los pocos segundos, como era habitual, ya había ensartado a su rival. Éste, herido de muerte, cayó al suelo y poco pudo hacer ante la ira asesina del mosquetero, que lo remató clavándole el acero en el ojo izquierdo.

D'Artagnan extrajo la espada del cuerpo del vencido y, con el propio cadáver, limpió la sangre y las vísceras que se habían quedado como encoladas en el filo. Y me miró. En sus ojos no se percibía más al pícaro compañero de aventuras y amigo devoto, sino a un ser dotado de depravada inhumanidad y furia paranoica. Sin alterar su semblante, que a pesar de la carnicería no había perdido serenidad, se dirigió hacia mí. Hasta ese momento, lo consideraba incapaz de hacerme daño, pero ya no estaba tan seguro: en realidad, ahora estaba convencido de que quería matarme, igual que había hecho con los siete espadachines anteriores. Le grité D'Artagnan, qué demonio ha invadido tu conciencia.

Me respondió ninguno, señor Dumas.

Pero creo que no había entendido bien eso de que la obra se titulara los tres mosqueteros y no los cuatro mosqueteros o los tres mosqueteros y D'Artagnan. Cuando quise explicarle que fue una decisión del editor ya era demasiado tarde. Y yo ya estaba muerto.

domingo, 14 de septiembre de 2008

Convivencia (Kafkiana número 3)


Cuando entré en el cuarto de baño y vi que la bañera estaba llena de pelos, empecé a sospechar que el que vivía conmigo no era un músico de 28 años cualquiera, sino un hombre lobo. Un licántropo, para más señas.

Soy consciente de que esta circunstancia es común en algunas casas y de que no debería haberme alarmado, pero, al no estar familiarizado con el tema, mi reacción no fue la óptima. De hecho, esa misma tarde, después de documentarme sobre la materia en Wikipedia, compré unas balas de plata en el chino de la esquina y las guardé en la mesita de noche. También me hice con una antorcha de corte con gasolina y dibujé un pentagrama con la sangre de un bistec que tenía en la nevera.

Cuando abrió la puerta y dijo "hola", me fije en él: nada hacía sospechar que mutaría en noche de luna llena. Sonrió y los colmillos no le sobresalían más de lo normal; los ojos seguían del azul cristalino de siempre y continuaba con su habitual aspecto barbilampiño. Busqué en su piel algún rastro de correrías nocturnas a modo de magulladura o mordisco, pero nada. Ni siquiera notó mi nuevo perfume y le pasó desapercibido el hecho de que acabara de cocinar unas sardinas a la plancha.

Pero es un hombre lobo. Ya no tengo dudas. Mañana será luna llena y no tendré más remedio que matarle. Estoy harta de esos pelos en la bañera.


Más historias peludas en Contraportada

jueves, 11 de septiembre de 2008

Reencuentro (Kafkiana número 2)

Cuando la volví a ver, se había convertido en un baobab, que ni es un arbusto ni lo comen los corderos, sino que es un árbol tan grande como una iglesia. Es una situación extraña, háganse cargo. Además, yo no sabía nada de esta circunstancia, o bien se me había olvidado si ella lo había comentado en alguna ocasión. No recuerdo nada del tipo “mañana me toca mutar en Adansonia digitata” o “mi existencia como mujer se ha terminado, ya que el mes que viene tengo cita en la oficina de metamorfosis y seré transformada en vegetal de 25 metros de altura”. Uno se acuerda de esas cosas.

Claro que siempre me dijo, cuando era mujer (y no cobijo de pájaros), que no la escuchaba. Y, ahora que la observo, con esta extraña apariencia y repleta de hojas, puede ser que no anduviera desencaminada. Siempre fue admiradora de Kafka y, de joven, fantaseaba con aquello del insecto y soñaba amanecer habiendo intercambiado el papel con una polilla o una avispa -por aquello de la cintura- y asustar a los vecinos con las antenas y la cara de bicho.

Pero ¿un baobab? ¿Qué sentido tiene? Lo peor no es la índole metafísica del asunto, sino el hecho de que me hace recordar con nostalgia sus pensamientos acerca de los coleópteros y los himenópteros. Porque ahora desearía que enfrente de mí hubiera una mantis o, incluso, una mosca. “¿Por qué?”, dirán ustedes. Pues miren: soy un romántico. Resulta que abrazar un tronco de diez metros de diámetro es realmente difícil. Y yo no puedo soportar la frustración de los reencuentros de este tipo.


Más árboles gigantescos en Mi matadero clandestino

domingo, 7 de septiembre de 2008

Kafkiana número 1


No se dio cuenta o no se había fijado antes, pero alrededor de lo que era su cintura ahora había una capa de amorfa masa blanduzca y gelatinosa, como un trozo gigantesco de carne cuya parte inferior conseguía ocultar sus genitales. Eso es lo que deben de llamar grasa, pensó.

¿Estaba ayer así? Probablemente; esta abundancia humana no brota de un día para otro, sino que implica un período de trabajo, maceración y cuidados. Pero miró hacia atrás y recordó recientes y exitosos episodios de seducción, y de largos de piscina sin respirar, ambas cosas de ejecución imposible o, al menos, penosa con un lastre semejante.

Así que se miró otra vez. Observó lo que antes podría ser un cuello y apareció un globo hinchado sin nuez. Los brazos, otrora receptáculos de perfilados músculos, eran revoltijos de residuos. Su aspecto blanquecino estaba salpicado de manchas rosáceas y granos a punto de estallar. La cabeza, fundida en un bloque con el torso y la barriga, ya no estaba coronada de pelo, sino del vacío.

El horripilante vacío.

Cuando consiguió huir de su propio reflejo, se vistió con ropas que parecían suyas (pero mucho más grandes de lo que las recordaba) y salió a la calle. Se miró, sin reconocerse, en el escaparate de una zapatería de barrio. Y pronunció en voz alta

Dios santo, septiembre será duro.


jueves, 4 de septiembre de 2008

¿Crisis?



“El mundo, nuestro mundo, lleva cien años o más muriendo. Y, en estos últimos cien años más o menos, ningún hombre ha sido bastante loco como para meter una bomba por el ojo del culo a la creación y hacerla saltar por los aires. El mundo está pudriéndose, muriendo poco a poco. Pero necesita el coup de grâce, necesita saltar en pedazos. Ninguno de nosotros está intacto y, sin embargo, llevamos dentro todos los continentes, los mares que separan los continentes y las aves del aire. Vamos a consignarlo: la evolución de este mundo que ha muerto, pero no ha recibido sepultura. Estamos nadando en la superficie del tiempo y todo lo demás ha naufragado, está naufragando, va a naufragar. Será colosal, el libro. Habrá océanos de espacio en que moverse, transitar, cantar, bailar, trepar, bañarse, dar saltos mortales, gemir, violar, asesinar”.



Henry Miller, Trópico de Cáncer (fragmento)

domingo, 31 de agosto de 2008

Deseo


Fóllame, le dijo, y se tendió desnuda en la cama, sin decir amor mío, ni te quiero ni angustia de querencia. Sobraban todo biombo de cariño: ahora el paisaje era fácil, sin obstáculos, sin indirectas, sin seducciones implícitas. Se acabaron las caricias de sauce y las almohadas de candor. Fóllame ya, repitió.

Él se sacó un peine del bolsillo de la camisa, se repasó la raya del pelo en dos gestos y se miró en el espejo para comprobar que el resultado era el deseado. Después, se aflojó la corbata y, tras desabrocharse dos botones de la camisa, puso los gemelos sobre la cómoda. Uno. Y luego otro. Sacudió la americana, repleta de noche, y la colocó en la silla que tenía más cerca de él, evidenciando que las hombreras quedaran perfectamente alienadas. Tras deshacerse del cinturón, de los zapatos y de los calcetines, paralelos a la cómoda, dejó los pantalones, doblados por su centro geométrico, junto a la chaqueta. Lo último fueron, obvio, los calzoncillos, que acabaron sobre los pantalones como si no pudieran estar en otro lugar, y las gafas, cuyas patillas abrazaron los gemelos.

Después buscó a su amante, que yacía retorcida de humedad; cómo te deseo, pronunció.

Pero, al no encontrarla, se durmió.

Ella repitió fóllame ya y lo buscó con el tacto.

Pero, al no encontrarlo, se durmió.


P.S. Gracias a Sweetcide (Dulce suicidio) por la foto.

4th BlogDay

Bien, hoy es el 3108Day2008 o, lo que es lo mismo, el día del blog de 2008. ¿En qué consiste el magno acontecimiento? Es un día creado por blogueros para hacer conocer a otros blogueros: durante la jornada de hoy, posts como éste en blogs de todo el mundo servirán para dar a conocer nuevas bitácoras.

Las instrucciones son sencillas:

- Recomendar en una entrada cinco blogs de interés e informar a los autores de los blogs que han sido seleccionados por ti.

- Agregar el tag “BlogDay” de Technorati y un enlace al sitio BlogDay como el siguiente:


Blog Day 2008



Mis cinco blogs recomendados son los siguientes:

- Las letras dormidas, de Eva Díaz Riobello, un gran blog de literatura de género.

- Escritas desde abril, de Manuel Holgado. Reflexiones, ficciones y crónicas (emilianas).

- Diego Ribeira, de él mismo. Relatos, sueños, poemas y las tribulaciones y disparates del Licenciado Quelonio.

- Una bitácora de cuadritos, de Martín. Literatura en cuadernos milimetrados.

- Adicta a cruzar en rojo. Encarnado rincón de poesía y prosa poética.

viernes, 29 de agosto de 2008

Aeróbic


- Probemos eso de correr a ciegas por el bosque e imaginemos que somos como los cohetes amarillos de Kerouac. Y explotemos. Seamos peonzas enloquecidas.

Como diálogo no es creíble, ya lo sé. Pero es que ella se expresaba siempre de esta manera. Por eso me apunté a su clase de aeróbic.

- Deja tu alma palpitante a un lado. Eres sólo cuerpo, un juguete que tienes que hacer volar.

Esta absurda pedantería suya hizo que, en sólo dos tardes, me enamorara de ella, a pesar de los saltos, los bailes arrítmicos y el patetismo sudado.

- Siente el rugido de tu conciencia y disfruta del espectáculo vagabundo de tu esfuerzo.

Gritaba de esta forma y todos la seguíamos como zombis borrachos, hipnotizados por su danza ridícula al ritmo de éxitos de los ochenta.

- Dios no existe, el mundo no existe, sólo tú y yo existimos y nuestros destinos están ligados irremediablemente.

Pero no, en la cama no era así. Sólo en una ocasión recitó a Quevedo en el orgasmo y fue circunstancial. Escuchando esto, sé que conmigo fingía. La mataré. Ahora. En brazos de su amante.


Más experiencias gimnásticas, en Contraportada.

jueves, 28 de agosto de 2008

Tiempo de tinieblas



Llega septiembre...



Siempre
Siempre buscando
fotos del mañana
Que acabarás olvidando por ser de ayer

Bebe
Bebe las gotas
Que caen hoy de esta rama
Y fíjate bien para no caer

Y si miras
Si miras hacia arriba, ten cuidado
puedes tropezar
y te puedes caer

El sol

El sol sale para todos
El sol sale para todos
y para todos se oculta también


si te quedas un rato
si te quedas un rato esperando
verás que vuelve a amanecer

Y si miras
Si miras hacia arriba, ten cuidado

puedes tropezar
y te puedes caer

Y si miras
Si miras hacia abajo
Ten cuidado
El vértigo de los días pasados

Morir
es aprender a esperar

y vivir
Vivir es aprender a ver en la oscuridad



Deluxe, Ver en la oscuridad

domingo, 24 de agosto de 2008

Lila (dit ça)


-ne bougez pas- elle me dit
je veux sentir
ton gros bite
dedans, dedans... dedans moi.

Xavi Martín



Lila le dijo adiós, o quizás hasta luego, no sé, pero, de todas formas, quería decir adiós. Con una sonrisa, pero quería decir adiós. Lo dijo para engañar al silencio, porque en realidad no quería decir nada. Sólo irse.

Él se quedó esperándola. A ella. A Lila. Encendió un cigarrillo para que transcurrieran tres minutos más. Sólo le vinieron los recuerdos, los del humo y luego los del sexo -te quiero sentir dentro de mí. Advirtió que retrocedía a la oscuridad y apuró la última calada. Cayó en el error romántico de pensar que sin ella, sin Lila, su mirada quedaba rota y que ahora, sin destinatario, sin Lila, le quedaría un exceso de todo.

Sobre la rigidez de su memoria colocó de nuevo un tapiz de colores y a la nariz le vino un olor a sudor, el sudor de Lila, y en las manos se materializó el tacto de su piel, la piel de Lila, blanca como la de un ángel, tan alejada de todos los corazones enfermos que la deseaban.

También le vinieron los celos (los celos de Lila) y la enfermedad de perseguirla, a Lila, en el fuego que los rodeaba cuando estaban juntos, en los sonidos de su voz -la voz de Lila- de su respiración -la respiración de Lila- y de los párpados al pestañear -los párpados de Lila-, una revolución corporal que podía expresar ternura, que podía expresar pasión y que a él le provocaba locura.

El cigarrillo se acaba y, con el humo, también desaparece Lila. Sólo queda el miedo a la hoja en blanco, a la partitura vacía, a Lila sin Lila.


 
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