jueves, 31 de diciembre de 2009

Año nuevo


Ese 31 de diciembre al año no le salió de las gónadas acabarse. Era más bien poco espiritual y eso de las tradiciones lo consideraba opuesto a toda evolución, por lo que el argumento histórico no sirvió para convencerlo. Que no iba a terminarse, que no quería, y ya eran más de las once de la noche. Y no iba a dar el calendario a torcer.

Otros años se habían cerrado fetén –siempre quise utilizar esa palabra– con eso de las uvas y el último anuncio y los especiales de Martes y 13, pero, ciertamente, los recientes habían sido más bien sosos. Un tragarse la cena y repartir besos al aire bastante regular, con poca alma, carácter y fuerzas, sin el instinto de aniquilación y de pasión por la novedad de otros tiempos. Será cosa de los videojuegos, de tanto programa de testimonios o de los móviles con conexión a Internet, quién sabe. La cuestión es que el año no quería acabarse, y ni recurso a la lógica temporal ni gaitas.

Así que dieron las doce campanadas, con los cuartos y todo eso, y los chillidos y los atragantamientos. Y luego los besos al aire y las felicidades impertinentes. Pero, a pesar de que la gente disimulara, afuera el año no se había acabado. Y nada que hacer, porque ahí ponía eso de 32 de diciembre que nos dejó bastante fríos a todos, que nos cayó mal el vodka con naranja y los saltos de esquí no fueron lo mismo.

Lo peor fueron los días posteriores, cuando aquello seguía un curso antinatural un poco impermeable, y se llegó al 40 de diciembre, y ahí todos con cara de tontos y sin muchas energías ya. Y sin saber qué hacer con los nuevos calendarios, con las agendas electrónicas, con todas las cosas más importantes.

No era cosa de detener el tiempo, que a todo se acostumbra uno, y arrancó la décima quincena del mes y comenzaron a venir los calores y el año no se acababa. Los expertos decían que aquello se había enquistado, que no había nada que hacer.

Hubo que recurrir a métodos violentos, entiéndanlo. Fue necesario el maquiavelismo.

Les juro que no sufrió. Que pasó muy rápido. Un tiro en la cabeza y listos. Estarán conmigo en que la tontería ya le había durado mucho. Que fue un mal menor.

¿No?


lunes, 28 de diciembre de 2009

Mejor así

Los dos estaban tan demasiado pendientes de sus vidas que se les olvidó mirarse cuando se cruzaron por aquel paseo de Barcelona. Él iba muy acompañado, hablando de indignaciones y de instantes varios. Ella, con la mirada perdida, caminaba hacia la reconstrucción de alguna de las cosas repetitivas que se suelen reconstruir los días de diario.

Y se olvidaron de mirarse.

Se cruzaron de nuevo, años más tarde, y esa vez a ella se le pusieron delante algunos besos. Él, más en tiempo futuro que en presente, escribía en la mente novelas siempre inacabadas –pero eso aún no lo sabía– y pasó de largo, de forma discreta, sin ruido.

Tuvo que transcurrir una década para que las anécdotas volvieran a cruzar sus caminos. Él seguía en sus asuntos, en esta ocasión huyendo de ejecuciones y esquivando opciones. Ella, flanqueada de niños, compraba helados, impartía lecciones, cogía de la mano. Y se olvidaron de mirarse.

Se encontraron otra vez, más adelante, en la época de las obligaciones y de los consejos. Ambos, de hecho, habían olvidado ya las carcajadas. Cuando se cruzaron por aquel paseo de Barcelona, ella hablaba en francés y él fumaba despacio un cigarrillo rubio; pensaba en algo relacionado con las trincheras o con los retratos del siglo XVIII. En ella no pensaba, porque no hubo ni un instante en que dejaran de olvidar mirarse a los ojos.

Y pasaron de largo. Y no volvieron a cruzarse por aquel paseo de Barcelona. Mejor así, que el deseo no está preparado para ampliarse, que la sangre no corre así de rápido, que no había tiempo suficiente para tanto agotarse, que los orgasmos siguen siendo vulgares, que los cuerpos son demasiado frágiles para aguantar el caos que les esperaba. Que el universo es sabio y que mejor así, porque ni las letras habrían podido con sus vaivenes.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Antípodas


Hoy el tren me llevará a tus antípodas.

Ya sabes que las visito a menudo, que me gusta tenerte al otro lado.

Allí fantaseo con encontrarte en ese silencio que queda después de las tormentas; imagino que vienes desde la oscuridad de un charco y bailas, y ríes. Y luego lloras por cosas que no entiendes o no quieres entender y vuelves a tu charco.

Yo me quedo en tus antípodas. Aquí planto mi huella, creo conexiones cósmicas y hago nudos marineros. También tiño tu ausencia de carcajadas -pero esto no hace falta que lo sepas.

En tus antípodas acumulo caricias para gastarlas más tarde, cuando busques pelea.

Aquí me suenan todas las canciones, me convierto en arquitecto, me creo aquellos besos, no nos quedan cuentas pendientes, no nos cuesta trabajo.

Estamos por encima de la media.

En este lado, el fin del mundo siempre es en tu cama.

Hoy el tren me llevará a tus antípodas.

Y pensaré que la tierra se mueve en torno a nuestro eje.


lunes, 21 de diciembre de 2009

Giros


El campeón mundial de salto de trampolín se quedó paralizado. Esto no sería noticia si hubiera ocurrido en el metro, en mitad de la calle o sobre la plataforma, pero le fue a suceder en el aire. En medio de un tirabuzón hacia delante.

La sorpresa fue general, ya que, ciertamente, no es habitual ver a un campeón mundial de salto de trampolín suspendido en el aire y sin mucha intención de continuar la caída. De hecho, hasta puede resultar exótico, y por eso comenzaron a llover flashes desde las gradas. Los periodistas se agolparon al borde de la piscina e intentaron acercar el micrófono al levitante, que se abstuvo de hacer comentarios. Los jueces, desconcertados, suspendieron su valoración.

Todo el mundo miraba con curiosidad al saltador, que seguía paralizado y, por qué no decirlo, bastante a gusto desafiando las leyes de la física.

Sin embargo, la expectación muy pronto se convirtió en tedio y los espectadores, previendo que la competición no se reanudaría, comenzaron a desalojar las gradas. Un campeón mundial de salto de trampolín suspendido en el aire tiene su interés, pero no tanto como puede pensar el lector: en cinco minutos la sorpresa desapareció y lo que era una rara atracción pronto se tornó rutina. En efecto, como se pudo comprobar, un hombre semidesnudo en medio de un tirabuzón hacia adelante puede resultar bastante aburrido.

Yo intenté quedarme hasta el final, pero me llamó un amigo con un plan mejor y tuve que marcharme. Hice bien, porque han pasado dos días y me han comentado que el tipo sigue ahí, en el vacío. Que han intentado convencerlo para completar el tirabuzón y dejarse caer, pero que no le da la gana. Que hasta aquí hemos llegado, dice.

Créanme que le entiendo.


jueves, 17 de diciembre de 2009

10

10, 9, 8, 7, 6 y ahora es cuando hay que despegar, cuando el viento está más en contra que nunca, cuando los silencios son más crueles y las paredes no sólo escuchan, sino que también intervienen; cuando quizás el vuelo nos lleve hacia una tormenta, cuando apostamos por el caballo ganador y el caballo se precipita una y otra vez hacia el fracaso; cuando las superficies están repletas de cráteres y de volcanes en erupción, cuando los viajes conducen más hacia la distancia que a los destinos; cuando la oscuridad acecha.

5, 4, 3, 2, 1 y abróchate el cinturón, que nos vamos a otro lugar, a ascender la montaña, a sentirse livianos, a conocer días diferentes, a tirar En busca del tiempo perdido a la basura y lanzarse a descubrir el fin de la noche.

0.

El 0 es el origen, donde está todo aquello en lo que creíamos, las fotografías, los debuts y las reverencias.

0. El 0 es también el final, el otro planeta, el mundo repleto de cosas, la gran evasión y la moto que conduce al otro lado de la alambrada.

0. El 0 es el episodio vacío. El modelo nuevo.

El espacio.


viernes, 11 de diciembre de 2009

Post Scriptum


Te quedaste parada, como congelada. Al principio no me percaté, porque estaba muy acostumbrado a tus desplantes y a aquello que hacías de quedarte callada y no contestar mis preguntas y mirar para otro lado y estar ausente todo el tiempo y poner aquella cara de mar en calma, en demasiada calma, y no hablar más que para interrumpirme. También eran frecuentes tus gestos como de nada, los que se ponen al ver los créditos de las películas, los que quedan como único consuelo; aquellos gestos que se quedan atrapados en las gotas que se deslizan hacia arriba en los parabrisas, los que remiten al blanco y negro, pero no al blanco y negro de las películas de Bogart, sino al blanco y negro de los códigos de barras.

Es por eso que tardé unos segundos en darme cuenta de que te habías quedado de piedra. Pero literalmente. Moví las manos delante de tus ojos, que es lo primero que se hace en estos casos, pero no reaccionaste, y luego te toqué, que hacía mucho que no te tocaba y por eso la frialdad de tu cuerpo no me sorprendió, y te sacudí un poco, sin demasiada violencia, pero no hiciste nada. Era igual que cuando te besaba, que ponías aquellos labios de mármol y abrías y cerrabas la boca por hacer algo, como quien abre o cierra una ventana, para que entre el aire.

Y fue entonces, cuando me acerqué a tu boca para ver si respirabas. Fue entonces cuando comenzaste a deshacerte, cuando tu piel no fue ya más piel y todo se hizo sal que se deslizaba por mis dedos, por la silla, por el suelo. Tus ojos permanecieron, sólo para mirarme hasta el final, con aquel negro laberíntico de tu iris clavándose en mi cara, sólo para despreciarme por última vez.

Desapareciste, y ahí quedó la sal de tu cuerpo. Yo la recogí y la tiré al váter. Te lo comento por si algún día la buscas, que quizás pierdes el tiempo.


domingo, 6 de diciembre de 2009

Futuro

“La gente prefiere vivir en el planeta llamado Presente sin darse cuenta que ése es el planeta cuyas civilizaciones tienen menos historia o posteridad. La gente prefiere no pensar”.

Rodrigo Fresán


Él dijo “qué coño” y se puso a vivir en el futuro. Al principio fue complicado eso de estar siempre cinco minutos por delante de su propia vida, pero a las pocas semanas se acostumbró. Le gustaba la perspectiva nueva de las cosas que le ofrecía el futuro. Se sentía más fresco, a pesar de que técnicamente era cinco minutos más viejo que su yo real del presente. Y, llámenlo suspicaz, dedujo que si se trasladaba un poco más adelante, quizás esa sensación de juvenil atrevimiento se potenciara y comenzara de nuevo a salir de noche y a conocer a mujeres simpáticas.

Es decir, que se fue un poco más lejos: a los diez minutos más tarde. También le gustó. El grado de incertidumbre había crecido, aunque los diez minutos de adelanto tampoco suponían un gran problema que ocasionara trastornos graves de coordinación espacio-temporal. Para alguien que no ha vivido jamás su vida de forma demasiado intensa, diez minutos más o menos tampoco suponían una cosa como para doblarse de dolor. Si su mundo hubiera estado hecho de barro, quizás estos diez minutos habrían significado un plano secuencia clave de la película, un comienzo digno del Sed de Mal de Welles, en plan arranca el coche y no pares en la frontera de México hasta que la bomba explote.

Pero no. Estos diez minutos sólo significaron una cosa: se sentía bien, como en plural, con los ojos más abiertos que nunca.

Y quiso irse más lejos. Primero, quince minutos. Luego, media hora, hasta un día por delante de su yo presente.

Tampoco era suficiente. Quería más. Estaba pletórico. A quién le importa. Da igual si voy uno o dos meses hacia delante. O varios años. No cambiaría nada ahí afuera, pensó. Fue lo que hizo, primero uno, luego dos, luego tres años. Y acabó viajando varias décadas hacia el futuro.

En su lecho de muerte, se percató de que aquello no habían sido flashforwards, sino su propia vida. Y ahora su futuro se extendía, como mucho, hasta esa noche.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Viento

Hoy el viento se ha llevado lo que estaba escribiendo y cuando lo he ido a buscar estaba dos manzanas más allá. Ha hecho bien, el viento es sabio, porque te estaba escribiendo mentiras que hasta me daba cosa leer. Eran unas frases deslavazadas acerca de unas cuantas catástrofes y de lo mucho que te deseo, acerca de que me sigues pareciendo guapa y que al mirar tus fotos me sale enamorarme en este planeta y en los que lo rodean y en los confines del universo.

Mejor así.

Supongo que si al viento le da por leer lo que estaba escribiendo a lo mejor se pone a sangrar por la nariz. Cuando miento me sangran la nariz y las encías. Me ha dicho el médico que es por el aumento del torrente sanguíneo, porque cuando miento tengo que pensar mucho las mentiras y se me sube la sangre a la cabeza y acaba saliendo por cualquier orificio, como cuando te escribí aquello de que me alteras los resortes, que haces transparente cualquier leyenda, que me pones entre paréntesis, que me conviertes en especialista.

Son mentiras que, ahora, hasta me da cosa leer.

Como lo de que me excitaba que me desnudaras y me soltaras tu aliento de ciencia-ficción, que me provocabas orgasmos con sólo tocarme o lo de que sin ti mi vida no sería habitable y me tendría que conformar con músicas insoportables que nada tienen que ver con Nacho Vegas, y que te miraba como los niños miran las películas de dibujos animados.

Frases deslavazadas, nada más que eso: mentiras para no buscar al verdadero responsable, palabras mágicas para no dejar de tenerte. Para perder la poca sangre que me has dejado.

Ahora todo esto que estaba escribiendo se lo ha llevado este viento que precede a diciembre, y está dos manzanas más allá. Y es mejor así.


viernes, 27 de noviembre de 2009

Dickens sucks (Clásico revisitado número 23)

Que eso de estar durmiendo y que te despierte un fantasma no es algo común, digo yo, por mucho que esté previsto en mi historia y que lo haya escrito aquel inglés de Portsmouth –que, por otra parte, no le gusta a nadie, lo tengo hablado con todo el mundo–, que me da la sensación de que es más bien locura -que estaría bien estar loco de vez en cuando, como para dormir mejor nada más- o al menos sospechoso. Si me pongo a pensar así racionalmente, ni es un fantasma ni niño muerto, y para ser el fantasma de una Navidad tenía más bien pinta de vieja senil, de ésas que miran todo con odio o resentimiento, como evidenciando con los ojos que lo han vivido todo y que ya se les ha terminado la fiesta.

Estaba sentado en mi cama y tenía una guitarra en las manos. Me quiso dar conversación, aunque pareció más capricho que otra cosa, porque no paraba de hablar del futuro y no del futuro de aquí en cuatro o cinco días, sino del futuro-futuro, de ése que es jodido simplemente por el hecho de que todavía no ha ocurrido y que te cuentan con una batería de efectos incorporada.

Me cantó algo de un ser que sólo escribe y que lo acompaña el humo, conceptos teológicos, cientos de libros, un silencio rabioso, un gato obeso que se frota contra los bajos de los sofás y recuerdos difuminados y puramente funcionales.

Ganas de evangelizar que tenía. Y algo huele mal cuando la gente tiene demasiada necesidad de enseñar cosas.

Y ya está, porque me di la vuelta después de estamparle la puta guitarra en la cabeza. Que digo yo que para ser un fantasma sangraba como un cerdo y su sangre tenía la misma textura que la mermelada. Si es que hasta el rigor de la inmortalidad, en los tiempos que corren, parece de juguete.


domingo, 22 de noviembre de 2009

Loop

Entonces entró en un loop y para salir de los loops no son suficientes ni los viajes, ni los cuentos, ni siquiera unas pinturas Plastidecor con las que dibujar el futuro. Para salir de los loops hay que atreverse a buscar lo inhóspito, aunque sea en contra de toda ética y biología, dejar de pedir siempre yogur de postre, apuntarse a un club de fans, pasarse a la Pepsi, besar a desconocidas.

Y a las conocidas también. Y a las que le sonaban de vista.

Era como tomar vermut para aliviar la resaca, dejar de comer por haber comido, eliminar una ansiedad con otra o calentar más la atmósfera con el aire acondicionado. Los loops tienen esas cosas. Y él estaba en un loop en el que cada vez entraban más instrumentos. Instrumentos imperfectos y colesterol del malo.

El suyo era un loop civilizado, de un automatismo elegante y educado, que pedía permiso y gracias hasta cuando le pisaban. Era un loop un poco opaco, que, como las cosas opacas dicen en su definición, no dejaba entrar la luz y se dormía agotado antes y después de comer. Era igual que aquellos dibujos de ilusiones ópticas que la gente todavía manda por correo electrónico creyendo que son originales y son los de siempre, porque la gente no lo sabe, pero también han entrado en loops y no saldrán de ellos al menos que tiren cócteles molotov contra su propia existencia y busquen los puntos álgidos de la nada más cerrada, y así en un loop conseguirán extinguirse, a pesar de los coches deportivos, de las tetas de silicona, de los gin-tonics.

Entonces entró en un loop y para salir de los loops no son suficientes ni los viajes ni los cuentos, ni siquiera unas pinturas Plastidecor para dibujar el futuro. Para salir de los blogs hay que atreverse a escribir

Stop.


lunes, 16 de noviembre de 2009

Efervescencia


Ahora es cuando te conviertes en polvo, en sudor y en suciedad, en pelos en mi cama, en insomnio, en lugares inhóspitos.

Cuando sólo me queda de ti un idioma aprendido y escenas de sexo en el suelo de tu casa.

Cuando dejas de lanzar señales inequívocas y miras para otro lado.

Ahora es cuando te llevas hasta mi luz apagada.

Cuando dejas lo imprescindible y te vas.

Te disuelves en un vaso de agua.

Anhídrido carbónico.

Carbonato sódico.

Y burbujas.


jueves, 12 de noviembre de 2009

Blablabla


Tengo en la cabeza una frase genial, pero a estas alturas del relato más vale no malgastar frases geniales, porque sólo pensar que me quedan tantas líneas que escribir me entraría una ansiedad más que justificada, y cuando me entra ansiedad me sudan las manos y los dedos se me resbalan entre las teclas del ordenador y comienzo a utilizar demasiadas conjunciones copulativas e inevitablemente pienso en cópulas y eso me multiplica la ansiedad por cinco o seis mil y entonces sí que las teclas adquieren vida propia y asdfgñlkjh, porque las teclas no saben escribir más que eso, y también qwerty, blablabla e incoherencias semejantes que no llevan a ninguna parte, como tú y yo, que tampoco sé si vamos a alguna parte, como las teclas de mi ordenador cuando me resbalan entre los dedos y se mezclan entre sí y adquieren una poderosa y adulterada inercia que me lleva i-ne-vi-ta-ble-men-te a tus caderas con aquellos pantalones exagerados; no, no es sobre tus caderas la frase genial, y aún es pronto para usarla, porque todavía estamos por la mitad del relato y aún queda mucho por delante, y muchas vueltas y visitas al diccionario y distracciones en forma de ventanas que se abren, que a veces querría dejar los sentidos aparte cuando escribo y te pienso, y te siento y te busco y me pierdo a pesar del vértigo que me da cuando me miras y me haces preguntas y me reduzco a un estadio muy primario de mi evolución, cuando no se me ocurrían frases geniales y sólo me salían balbuceos prendidos con chinchetas, y me dan ganas de meterme en un espacio dentro de otro espacio dentro de otro espacio y de construir varios muros entre tú y yo, y colocar cámaras de videovigilancia para que no se te ocurra nunca más mirarme de esa manera en la que me miras, como si nunca hubieras mirado a nadie antes, atándome de pies y manos y agobiándome las metáforas y reduciendo a ruinas mis frases geniales; y de éstas me quedan pocas, muy pocas como para gastarlas en relatos que no hablen sólo de ti y de tus caderas y de esa mirada que me ata de pies y manos y me agobia las metáforas y no me deja escribir sin pensar en cópulas y multiplicar la ansiedad por cinco o seis mil, blablabla.


martes, 10 de noviembre de 2009

Olvido


"Me pregunto dónde se irá la memoria cuando morimos. Porque la memoria, como concepto teológico, me parece mucho más interesante y lleno de posibilidades que el alma. Después de todo, quizás el alma sea la memoria"

Rodrigo Fresán


Ayer tu olvido se apareció en mi casa, insolente. Me esperaba escondido debajo del rellano de la escalera, y, cuando pasé delante de él, salió y me arañó en la cara y se fue.

Con la mano derecha me toqué la mejilla. La sentía líquida. No era así, no era eso, porque me miré al espejo y me toqué la mejilla otra vez, y no había sangre, sino una cicatriz como importada, un poco sórdida, casi más de una descarga eléctrica que de un arañazo.

Entré en el cuarto de estar, y allí estaba tu olvido de nuevo, retador, tumbado en el sofá. No le conté nada, no le quise contar nada, tampoco hablarle. Quizás por no molestar, que los buenos modales nunca me han faltado. Mucho más que la intuición; mucho más que la malicia; mucho más que las ciencias exactas. Creo que los buenos modales justifican, en parte, mi existencia. Y me olvido de las tácticas de supervivencia por culpa de ellos, que lo normal habría sido agarrar a tu olvido y gritarle y echarlo a patadas.

Pero me quedé a un lado, mirándolo, hasta que se le antojara irse, o no pudiera quedarse. Sólo me faltó ponerle una alfombra, invitarle a una cerveza y limpiarle los mocos. E incluso invitarlo a dormir en mi cama. A lo mejor así los pies no se me quedarán fríos, pienso.

Lo normal habría sido un poco de histeria, un toque de desequilibrio como el de tu luna llena. Pero no, ahí me quedo, mirándolo y sonriendo a la nada.

Porque el uso de las mayúsculas no es para mí. Ni siquiera para tu olvido, arañándome en la cara, e invitándome a pensar en fórmulas científicas para aprender a odiarte y espantar tu insolencia sin notas al pie.


jueves, 5 de noviembre de 2009

Ejercicio introspectivo a las tres


Giré la esquina y me encontré conmigo. Fue como entrar de repente en una tormenta perfecta, sean como sean estas tormentas, que mucho nos ha enseñado el cine, pero yo todavía no he visto ninguna. Sí me las imagino con lluvia horizontal y desbordada, con gente corriendo de lado a lado y hacia ninguna parte, con golpes de efecto y viento y fuego y un montón de cosas más. Claro que yo tengo mucha imaginación y también he visto demasiadas películas. Quizás una tormenta perfecta sea un simple chaparrón con algún árbol arrancándose y poco más.


La cuestión es que giré la esquina y ahí estaba yo y mi tormenta perfecta. Me hice el loco, como otras veces que me había encontrado a mí mismo por la calle, pero esa vez no me sirvió de nada, porque ahí estaba, frente a frente conmigo, casi tocándome.


Quise pasar de largo con una maniobra de despiste, pero me agarré del brazo. No me imaginaba que tuviera tanta fuerza, porque cuando intenté zafarme -siempre quise utilizar esta palabra en un relato-, fue imposible: tantas mañanas en el gimnasio habían dado sus frutos y ahora se ponían en mi contra.


No pronuncié palabra y me comencé a pegar de forma crispada y compulsiva, con ganas. Lo cierto es que nunca había pegado a nadie, así que supongo que toda esa violencia reprimida durante años salía ahora con la fuerza de un huracán. O de una tormenta perfecta: por eso hablaba antes de la tormenta perfecta. Comencé dándome un puñetazo en el estómago, me encogí del dolor, y al agacharme me solté un rodillazo en los morros. Me puse a sangrar por la nariz; sangro muy fácilmente y, si me pegan rodillazos, mucho más fácilmente, así que me puse a sangrar. Luego, conmigo en el suelo, me llovieron patadas por todas partes. Tanto suplemento cultural leído y ahí me tienen, a puntapiés conmigo mismo. Y en absoluto silencio, que es lo más curioso.


No sé en qué momento perdí la consciencia. Algo soñé, creo. Supongo que algo relacionado con el dolor de cabeza.


Cuando me desperté, yo seguía ahí. Y lejos de soltarme charlas filosóficas acerca del significado de la violencia y las espirales de autodestrucción, simplemente me senté a mi lado y me quedé callado. Bueno, sólo me dije una cosa. Bastante decepcionante, en realidad. Y luego me quedé callado.


lunes, 2 de noviembre de 2009

Lunes

Abrí la puerta del armario y me di cuenta de que algo raro pasaba –llámenme perspicaz– cuando sentado sobre la pila de las camisetas se hallaba un hombre de unos cuarenta y largos que, absorto, leía unos papeles.

Oiga, le dije.

El hombre se asustó, se le cayeron los papeles y acabó por revolver todo el armario. Curiosa reacción, pensé, cuando ahí el que realmente se debería haber sorprendido era yo: en contra de lo que puedan pensar, mi conducta fue más bien flemática. Y eso a pesar de que no suelo encontrarme con señores entre mi ropa, la verdad: era lo que me quedaba por ver esta semana.

Tranquilo, no se alarme, pero es que está usted en mi armario, comenté.

El hombre se recompuso como buenamente pudo. Recogió los papeles, que se habían repartido por el suelo de mi habitación, y se colocó las gafas. Después se pasó la mano derecha por el pelo y habló.

Disculpe, a estas horas debería estar debajo de su cama, pero me he despistado leyendo.

¿Y qué es lo que lee?, le pregunté.

(En realidad, igual que ustedes, estaba más intrigado de por qué ese hombre estaba en mi casa que de la literatura que lo distraía, pero en ese momento me salió así).

¿No lo sabe? Pues lo que viene. Leo lo que viene.

¿Cómo?. Yo no había entendido un carajo, por supuesto.

Sí, deje que le explique. Por lo que he leído, hoy se va a poner esta camiseta roja de aquí, la americana negra y los pantalones de pana. Después se va a lavar los dientes, dirá “mierda, llego tarde” y saldrá corriendo de casa. Luego subirá al autobús número 20, discutirá con el conductor porque no tendrá suelto, pisará a una señora y le dirá “perdone”. Yo estoy aquí para recordárselo.

Ajá, pronuncié. Así que es usted mi apuntador.

Eso es. Encantado de conocerle.

Lo mismo le digo.

Y cogí la camiseta roja, la americana negra y los pantalones de pana. Después cerré el armario y me fui a lavar los dientes.

Mierda, llego tarde, dije.


jueves, 29 de octubre de 2009

Automatique



J'enlève la buée a la fenêtre

pour voir le brouillard

toi, tu me parles en japonais

et j'écris automatique


Xavi Martín



Me hablas en japonés, o a mí me parece que eso es japonés, porque no entiendo una palabra de lo que dices. ¿Sabes que una vez quise ir a Japón? Llegué tarde al aeropuerto, me llamaban por la megafonía y después la puerta de embarque estaba cerrada y me quedé ahí, en tierra de nadie, oyendo mi nombre por los altavoces de la terminal. Era como ser una nota al pie de mi propio nombre, como jugar a esconderme de mí mismo, y eso es imposible.


(o no, porque llevo escondiéndome en las cunetas del camino durante mucho tiempo, y me sale bien.


Pero no, ahora que lo pienso no es igual)


No sé si te lo comenté, pero creí que la voz que pronunciaba mi nombre era la tuya, porque me hablaba en japonés y me sonó a idea lanzada, a frío. A un frío cálido, en realidad, como el que desprenden las cenizas por la mañana o la niebla que recién se levanta y tú no sabes que se levanta, porque estás al otro lado de los cristales empañados. Sólo lo sabes cuando limpias la ventana con la manga de la camisa y entonces queda ese rastro de agua que deja ver el frío de la niebla que huye.


Ése precisamente, a ése me refiero, a ese frío cálido de tu voz hablando en japonés. También es el mismo frío de Haneke o de Miller, que es un frío un poco deshecho e impredecible. Es un frío más bien anticuado, porque deja de ser frío cuando pasas de la primera frase. Aunque yo no entienda una palabra de lo que dices, porque no he ido a Japón y por eso sigo aquí, escribiendo de forma automática mientras la noche cae, tú te desprendes en forma de frío y es demasiado tarde. En realidad, hace demasiado tiempo que es demasiado tarde. La puerta de embarque está cerrada y, aunque me siguen llamando por megafonía, yo sé que está cerrada.


domingo, 25 de octubre de 2009

Ejercicio introspectivo a las dos


Al afinador de espejos se le acumulaba el trabajo. En el taller yacían amontonados decenas de espejos que daban la razón. También otros que sólo mostraban miserias. Al fondo, los de las paradojas y las mentiras. Dicho así uno se imagina una incoherencia laberíntica de cristales pulidos inundando una habitación de unos pocos metros cuadrados. Pero esto sería ser injusto con el afinador de espejos, que si hubiera que someterlo a la clasificación genérica se diría de él que es una de las personas más ordenadas y que se enfrentaba con mayor valentía a las complejidades del universo. A pesar de ello, se le acumulaba el trabajo y dejaba de sonreír, porque eso de estar rodeado de falsedades acababa por afectar hasta a los orgasmos. Afinar espejos es un proceso lento, en el que hay que darse cuenta de muchos síntomas y a la vez huir de todo entusiasmo o resistencia. Es una maniobra que sólo puede hacerse por la noche, cuando el espejo está vacío de memoria y las mentiras dejan de tener ese aspecto de verosimilitud y se muestran desnudas y con toda su crudeza. Después hay que contar hasta diez, hacer sonar el diapasón y devolver el espejo al punto de partida. En realidad no es una labor difícil, no exige cualificación, pero hay que tener perseverancia, ya que puede ser que las apariencias y los prejuicios se disfracen de raros e inexplicables síntomas. Y por eso se le acumulaba el trabajo, porque últimamente se encontraba con demasiadas imágenes discontinuas y, lo que es peor, miedos cerriles: abundaban los espejos teñidos de cobardías y fiebres premonitorias, de esas que enmascaran las decisiones e impiden ver las excepciones que cumplen las reglas y los amores a tercera vista. Que así no hay manera de encontrarse ni de salir a buscar nada ahí afuera, que un espejo tiene que estar bien afinado, que debe sonar a presente de indicativo y no tanto a pretérito imperfecto. O a destiempo. Y el afinador de espejos hacía lo que podía. Pero se le acumulaba el trabajo y en su taller seguía habiendo demasiada miseria, demasiada paradoja y demasiada mentira. Y así no hay manera de encontrarse.


jueves, 22 de octubre de 2009

Ejercicio introspectivo a la una


Cuando se acercaba a su precipicio, miraba hacia otro lado.

Tenía vértigo de sus vidrios rotos.

Así que miraba hacia allá, como marca el Reglamento. A cualquier lugar menos a su lluvia.

Allá a lo lejos mejor que a su oscuridad, a la pausa de aquellas grietas. A cualquier duda.

Miraba hacia la calma de los claxons y las sirenas.

A cualquier lugar menos a las bajas temperaturas.

Hacia la parodia del escenario.

Iba sembrando tempestades, repartiendo jirones de niebla.

Y vivía un poco a destiempo. (según sus cálculos, sólo dos o tres veces por semana).

Le dijeron “céntrese”, “búsquese”, “mírese”.

Y se ha puesto un espejo en casa.

Pero hay que afinarlo.

Porque en él sólo aparecen moralejas.


sábado, 17 de octubre de 2009

Jerarquía (Clásico revisitado número 22)

Se dirigió a la estatua y, al tocarla, le pareció que estaba caliente, que el marfil se ablandaba y que abandonaba su dureza, y que comenzaba a adoptar formas conocidas y dóciles. Le invadió una sensación confusa de temor y deseo a la vez, que se convirtió en alegría cuando, al palpar de nuevo la estatua, se percató de que era un cuerpo con sus latidos, sus ciclos y sus toses, con crujidos, alborotos y terrenos resbaladizos. Con todo eso.

Le pareció que la estatua movía los ojos y lo miraba, y así era, y lo hizo de forma deliciosa, con una fantasía encantadora; sólo le habían mirado así una vez, y aquello ya estaba más que sepultado y aquí lo recuperó enmarcado desde lo insólito y adquirió una luminiscencia de luciérnaga o de píldora de luz. Su cuerpo comenzó a festejar, se notó invadido de instintos.

Todo me resulta ahora comprensible, pensó, también lo trascendente, lo que se hace esperar, las imágenes desamparadas, las mezquindades.

Después la estatua movió un brazo, y luego se puso de puntillas y se desperezó ruidosamente, como si se estirara un cristal y no un trozo de mármol vivo. Se le encendió en el cuerpo la humedad. Y habló.

No sabemos lo que dijo, pero sí que él interrumpió todo lo demás y lo siguiente y el resto de las cosas que venían. Y quiso maldecirse por haber creado algo tan bello, una criatura tan perfecta que volvía indigno todo recuerdo, que hasta el amor se hacía vulgar.

Hasta aquí llega su narración. Jamás nos ha explicado más: sólo podemos lanzar conjeturas acerca de por qué, después de amarla durante siete días y siete noches, la abandonó. A mí me dijo que por una cuestión de orden y de jerarquía.

No hay quien entienda a estos artistas.


miércoles, 14 de octubre de 2009

Visitas


Hoy estaba en casa y llamaron a la puerta. Sí, ya sé que es miércoles, pero tengo por costumbre pedir el día libre en la oficina cuando cumplo años. Y suelo quedarme en casa, porque me gusta celebrar mi aniversario sentado en el sillón orejero mientras repaso los últimos 365 días de forma irónica. Para alegrarme un poco. Y me acabo riendo hasta de las rutinas, que son más bien poco chistosas a no ser que trabajes como catador de helados, enfermo imaginario o crítico de arte, y aun así estoy convencido de que si te pasas la vida probando polos al final no te hace puta gracia ni el Frigopié ni la madre que parió a Ben y a Jerry. Pero yo me río de mis rutinas, hasta de mirar el reloj me río. Le saco chistes a comerse las uñas, a afeitarme con las cuchillas desechables, a los pájaros que se apartan de mi camino por las mañanas, a la voz ronca del quiosquero. Puedo soltar una carcajada pensando en el departamento contable de mi empresa, y créanme que eso es especialmente difícil. El año pasado me inventé una historia graciosísima sobre el agua que cae de los aires acondicionados, y hace dos, sobre los peajes de la C-31 y los atascos a la altura de El Prat. Y todavía lloro de risa pensando en la ocurrencia aquella que tuve sobre la sección de detergentes del súper y sobre los tacones de la del piso de arriba.

Hoy era muy temprano, todavía no se me había ocurrido nada, y llamaron a la puerta. Si no espero visita no suelo atender a nadie, la verdad. En esa ocasión, sin embargo, me lo pensé. Insistieron. Llamaron hasta tres veces, lo cual me pareció bastante extraño.


Así que abrí.


Y era el tiempo. Lo conocí enseguida, a pesar de que no tenía el aspecto que uno se imagina (aquello de su exuberante inmensidad y su terrorífico semblante), sino que más bien tenía pinta de administrativo un poco gris, demasiado académico. Pero lo conocí enseguida.


No pronunció palabra. Simplemente me miró de arriba a abajo, me soltó una bofetada y se marchó.


No reaccionó usted, se preguntarán. Pues no, me quedé más bien patidifuso y boquiabierto. Y nada más. Sólo se marchó y en el portal quedó aquella carcajada.


domingo, 11 de octubre de 2009

El color ocre como antídoto


El hombre vio que era más práctico no mirarse demasiado al espejo. Probó a abrir y cerrar los ojos durante una milésima de segundo.

Debía afeitarse. De hecho, cuando realizó el catálogo de cosas que eliminar de su vida para no convertir los domingos en un bosque de miserias, la barba estaba en primer lugar.

Después estaban los libros amarillos, que pintó con acuarela roja, y aquello de sentarse en el sofá durante las sobremesas. Esto fue fácil: simplemente eliminó las sobremesas evitando comer demasiado pronto y alimentándose del hambre. También suprimió de su existencia las legumbres, los yogures desnatados y los relojes adelantados. Los tranvías también desaparecieron, y el tabaco rubio, y la cerveza, y los viajes en coche por la costa, y lo de utilizar demasiadas conjunciones copulativas.

Se compró unas lentillas para volverlo todo ocre y no distinguir el color azul. Comenzó a dormir en la bañera, por no sentir la cama debajo de su cuerpo, y a despertarse con agua fría. Huyó de la piel de todas las mujeres y se alejó de todas las sonrisas. Y, por la noche, de los bostezos. Desterró la belleza y los cuellos esbeltos y las piernas particulares.

Y luego vio que lo más práctico era no mirarse al espejo, porque no era cosa de la barba. Era cosa de su pura imagen, que la empleaba como nostalgia, aunque ahora fuera de color ocre.

 
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