domingo 11 de mayo de 2008

Efecto placebo

La filósofa se refugió en los brazos de otro y dejó a Platón en la estantería. No se aferró después a la idea de culpa, sino que se convenció de que la vida amorosa familiar no era para ella, y de que haber caído seducida por la seguridad la había vuelto lánguida, melancólica y desganada. Ahora, antes del orgasmo, en la cama de su amante, no quería dejar de hacerlo nunca. La ilicitud lo volvía todo lenguas. Se sentía en regla con sus sentidos. Volvía a notar que tenía piel. Le gustaba esclavizar y sentirse esclava.

El matemático se refugió en sus brazos después de dejar a Kepler en la pila de las novelas y quedándose sólo con su epitafio, midiendo los cielos y las sombras, viendo brillar al espíritu y dejando descansar el cuerpo en la tierra. Ahora, antes del orgasmo, en la cama con su amante, no quería dejar de hacerlo nunca. Aspiraba a enamorarla hablándole de lógica y de Descartes. Se quedaba en sus ojos como en la llama de una vela.

Después del orgasmo, la filósofa dejó la cama de su amante y rescató a Platón de la estantería. Le habló al aire, cubierta de lágrimas, recordando el placer de la culpa y de dormir mal.

Después del orgasmo, el matemático volvió a Kepler, se puso las gafas y dedicó el resto del día a estimular el uso de los logaritmos.

jueves 8 de mayo de 2008

Multinacionales


"Y aunque el narrador tenía la muy cuestionada costumbre de residir en París, se hizo presente desde Barcelona, lo cual lo halagó muchísimo porque esa especie de don de ubicuidad hubiera debido bastar como explicación de muchas cosas más bien insólitas que estaban sucediendo.
A Moravia lo habían amenazado con matarlo; al narrador también, pero especificando que lo degollarían. Mientras se disponía a enterarse del último llamado telefónico de Fantomas, pensó con un vago horror en esa especificación, pensó en el pasado y el presente de su país, en el retorno de un estado de cosas en el que las peores torturas parecían moneda corriente"

Julio Cortázar, Fantomas contra los vampiros multinacionales (fragmento)

sábado 3 de mayo de 2008

Epidermis

Dicen que la artista tiró el último lienzo por la ventana y se pasó a la piel porque no encontró tela provista de la belleza que necesitaban sus pinturas. Dotaba a los cuadros de una parafernalia luminosa que recordaba a la luz de Manhattan reflejada en el East River, y de un hálito glacial que una vez hizo estallar por dentro a uno que los miraba a escondidas. En la piel, su propia piel, descubrió un hábitat como un césped mojado, donde todo lo que dibujaba cobraba vida y leía libros y fumaba cigarrillos con boquilla y tomaba café con cucharilla. Como la mujer morena de su brazo derecho (Carmen, se llamaba), que retenía en sus ojos todas las miradas ajenas y le chivaba a la artista quién iba a ser su próximo amante. O el diamante de sus omoplatos, en el que, cuentan, se podía ver el futuro. Y, normalmente, hacía reír.

Llegó un momento en que la artista sólo tenía que soñar para que se marcaran en su piel rosas, la diosa Diana, frascos de perfume con olor, vírgenes descaradas, loros que jugaban con su pelo y sangre saliendo de la nariz.

A su última exposición fueron 5.000 personas. Ella yacía desnuda en mitad de una sala de paredes blancas, y danzaba al ritmo de música de Leonard Cohen, descubriendo Washington, y una madre y un hijo, y ninfas durmientes. Creo que fue con Winter Lady cuando dos que pasaban se enamoraron de ella, deseando que el próximo sueño fuera suyo.

Pero ella está pensando en mudarse de piel y dejar de soñar. Ahora quiere aparecer en otros sueños y fumar cigarrillos con boquilla en las epidermis ajenas. Y tomar café con cucharilla. Y, por qué no, jugar a predecir el futuro.

P.S. La autora del fantástico dibujo es Carolina Calle Sandoval

martes 29 de abril de 2008

Palabras


"Después de miles de millones de años,
mucho después
de que los dinosaurios se extinguieran,
llegaba a este lugar.
Lo acompañaban otros como él,
erguidos como él
(como él, probablemente, algo encorvados).

A partir de onomatopeyas ,
de monosílabos, gruñidos,
desarrolló un sistema de secuencias sonoras.
Podría así memorizar sucesos del pasado,
articular sus adivinaciones,
pues el presente -él lo intuía- no comienza ni finaliza
en sí mismo, sino que es punto de intersección
entre lo sucedido y lo por suceder,
llama entre la madera y la ceniza.

Los sonidos domesticados decían
mucho más de lo que decían
(originaban círculos concéntricos
-como la piedra arrojada al agua-
que se multiplicaban, se expandían,
se atenuaban hasta regresar a la lisura y el sosiego):
y todos percibían su esencia misteriosa
que no sabían descifrar.
Con reverencia temerosa
escuchaban mensajes tan incomprensibles
como los de la llama, la ola, el trueno
(tal vez con la misma inquietud con que escuchamos al doctor
que diagnostica nuestro mal
utilizando tecnicismos nunca oídos,
de manera que no sabemos
si -impasible y profesional-
es nuestra muerte lo que anuncia
o es la vida).

Nadie comprendió entonces sus palabras.
Por eso andan, ahora, las palabras
pasando por los vientos,
ávidas de que alguno las recoja
siglos después de pronunciadas.
Y aquí están aguardando que alguno las escuche,
aquí en el lugar mismo en donde fueron pronunciadas,
aquí donde confluyen
Broadway y la Séptima Avenida.
Fue aquí donde él me vio,
donde narró la crónica
de este instante en que estoy evocándolo.
Aquí, entre anuncios luminosos,
en la ciudad de Nueva York".

De José Hierro, Cuaderno de Nueva York

jueves 24 de abril de 2008

Por el camino de Sants (Clásico revisitado número 13)


En el mismo instante en que aquella tinta negra, con ese sonido a impresora anticuada, tocó mi cuerpo, me estremecí, fija la atención en algo extraordinario que estaba sucediendo en mi interior. Un placer delicioso me invadió y me aisló del bullicio de la estación de Plaça de Sants. Dejé de sentirme mediocre, contingente y acartonada. ¿De dónde podría venirme aquella alegría tan fuerte? Intento volver a hacerla aparecer de nuevo. Regreso con el pensamiento al momento en que esa línea de texto se fijó en mi reverso. Y me encuentro con el mismo estado, sin claridad, sólo la leve negritud de los caracteres de un código indescifrable. Pido a mi alma que haga un esfuerzo y rememore esa sensación fugaz. Y, para que nadie ni nada la interrumpa en esta tarea, la encierro y protejo mis sentidos de los estímulos de la estación.

Tapono mis poros, hago el vacío, pero me invade el cansancio. Pongo cara a cara a mi alma con el sabor añejo de la tinta, con sus taninos metálicos y ese colorante –¿toluol o xilol, quizás?– que vuelve a paladar con un retrogusto potente. Me viene un rumor del pasado, demasiado profundo; tengo que aguzar el oído. Palpita el recuerdo, dentro de mí se crea una imagen difuminada de otra estación de metro, de otras gentes y otros sonidos. De una voz anunciando estaciones y de un tacto fuerte aferrando mi cuerpo. La lucha, sin embargo, está lejos: sólo son siluetas y reflejos sin definición debatiéndose en mi conciencia, colores y formas que parecen perfilarse como un álbum de fotos amarillentas.

¿Llegará a formarse una imagen transparente de ese instante antiguo que la conciencia ha ido a buscar tan lejos? No sé qué decir, porque ahora mismo ha desaparecido. Se ha desvanecido. Fuerzo a mi alma de nuevo y parece que algo se reconstruye en el interior de mis ojos. Incluso, cuando ya vencido me pongo a pensar en las obligaciones de hoy, me vuelve un olor familiar que recupera por un momento la evocación.

Pero es inútil. El recuerdo no surge, al menos con la nitidez esperada. Y es que lo que nos diferencia a un bono de diez viajes y a un narrador proustiano es el hecho de que mi voluntad no es suficiente para forzar al hipocampo. Y, como trozo de cartulina que soy, no tengo magdalenas a mano.

domingo 20 de abril de 2008

Placer

A la pornstar le gustaba que le practicaran sexo oral mientras leía citas del Ulises de Joyce (edición de Lumen y traducción de José María Valverde). En realidad era la única forma en que llegaba al orgasmo. Solía escoger el fragmento en el que Leopold Bloom recibe la carta de esa misteriosa mujer y la flor y el noolor, con el que el clímax era inmediato, y las vísceras también le gemían y lloraba sin lágrimas. También era la única manera mediante la que soportaba la lectura de Joyce. Una vez, en un rodaje, le propuso al director incorporar el libro en un ménage à trois -ella, él y Leopold Bloom. Pero no la entendieron. Un actor incluso eyaculó sobre las páginas 246-247, en un gesto de desprecio, diciéndole que él sólo accedería a compartir su cama con Faulkner. Ahora la pornstar se ha pasado al sado. Y lee a Proust, recordando con añoranza sus orgasmos joycianos.

miércoles 16 de abril de 2008

Anestesia primaveral





Necesito ideas para combatirla, como ésta.




Jo cant sa lluna i s´estrella, sa jungla i es bosc animat,
es tren, es vaixell, s´avioneta i es teu submarí aquí aparcat.
Jo cant es cafè i sa galeta quan dius "tu podries ser meu".
Què sexi, què dolça i què freda, wa yeah!

Sa zebra que passa un semàfor i com se desmunta un bidet,
Cosmètics i Margaret Astor, ja se com s´escriu Juliette!!!
Jo cant sa rosa i es cactus i moltes més coses també,
Un llapis d´Ikea, un pistatxo, wa yeah!

Què divertit lo que escric quan estic avorrit,
Per exemple es teu cos, es jersei destenyit,
Es carrer blanc de sol,
Es meu cos a damunt (per exemple) es teu llit,
De penombra i llençols amb es termo espenyat,
Per exemple adormits.

Jo cant sa lluna i s´estrella, sa jungla i es bosc animat,
Es tren, es vaixell, s´avioneta i es teu submarí aquí aparcat.
Jo cant sa fruita vermella i quan acabi riuré.
Calàpets, nenúfars, princeses, wa yeah!


Antònia Font, Wa Yeah!

P.S. Como siempre, la traducción para los no catalanoentendientes, en los comentarios.


 
Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.