viernes, 31 de diciembre de 2010

Propósito (II)

Ya sé cuál es mi propósito de año nuevo, y no obedece a ninguna lógica hot o revolucionaria, a las rigideces burocráticas, a paradigmas indescifrables o a anacrónicas resonancias mentales. Es un propósito que deja atrás las humedades microscópicas y las estalactitas, que le da igual no hacer la compra o dejar de limpiar el grifo del lavabo con el antical.

Mi propósito del año nuevo no implica revisar credos, realizar transferencias o hacer abdominales. Pasa de sacar la basura y de arreglar el aire acondicionado, de irse a dormir antes de las doce y de desayunar fruta, cereales y jalea real. Incluso prescinde de rebeldías y de órbitas inflexibles, de leer ensayos filosóficos y de integrarme en las vanguardias artísticas.

Tampoco va de hacer flash-backs o de entrar en circuitos hedonistas.

Y no suscitará indignación ni se revelará como mecánico o totalitario, porque no tiene nada que ver con el humo ni con la era del consumo ni con épocas apocalípticas ni con uniformización de comportamientos; ni siquiera con tomar iniciativas, informarme, criticar la calidad de los productos, hacerme análisis de sangre o mantenerme joven.

2011 sólo es para jugar contigo.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Galets

Mis primeras navidades (en plural, que es como se dice) catalanas y el día 25, ya saben, toca escudella i carn d’olla, que es un cocido madrileño reinterpretado, o bien el cocido madrileño es una escudella reinterpretada, que uno no quiere herir susceptibilidades y mucho menos en los tiempos que corren, que a la mínima te declaran la independencia tras ver un especial de niños artistas en Canal Sur.

Pues bien, estábamos comiendo la sopa y un galet se me atragantó. No sólo por su tamaño, sino porque tenía algo duro. No tuve más remedio que escupirlo en el plato –con lo comprometido que resulta hacer estas cosas delante de tu familia política– y disimular la cara de asco que se me puso tras ver lo que escondía ese trozo gigante de pasta.

Para quien lo desconozca, un galet tiene forma de caracola, y en Cataluña las caracolas deben de ser muy grandes.

Resulta que en ese galet había montado su residencia habitual un cineasta francés; pero no un director de la Nouvelle Vague –qué apropiado habría resultado para explicárselo a mis amigos de la escena gafapasta–, sino uno de ésos que hace sólo películas francesas.

Me extrañó que en casa de mis suegros se comieran estas cosas.

Pero, oiga, por algo será que lo han metido en la escudella, pensé, y con los ojos cerrados me lo tragué de golpe.

Rico no estaba, no, pero me quedé bastante a gusto.


domingo, 19 de diciembre de 2010

Explicación

Esta mañana me he puesto a escribir en tu ordenador portátil. Estaba encendido y me ha dado pereza encender el mío, que tarda más de veinte minutos en ponerse en marcha. Sí, sé que lo tengo que cambiar, pero nunca veo el momento ni tengo las ganas; ya sabes que todas las cosas que tienen que ver con relacionarse con la chusma me dan bastante pereza. Además, debería hacer la copia de seguridad de mis archivos y todas esas cosas que deben hacerse pero yo nunca hago.

La cuestión es que me he puesto a escribir en tu ordenador portátil y cuando llevaba un rato y he pulsado Ctrl+g como simple alarde de conocimiento hacia mí mismo (soy de los que buscan archivo y guardar con parsimonia) algo ha pasado. El ordenador ha desaparecido. Bueno, en realidad ha desaparecido el ordenador y todo lo demás. A mi alrededor sólo había unos y ceros. Algo así:

110100001100001000010111101100011100011100111110100001100001000010111101100011100011100111110100001100001000010111101100011100011100111110100001100001000010111101100011100011100111110100001100001000010111101100011100011100111110100001100001000010111101100011100011100111110100001100001000010111101100011100011100111110100001100001000010111101100011100011100111

He entendido que estaba dentro del ordenador. Lejos de asustarme, la situación me ha dado pereza: domingo por la mañana, sin tomar café, sin haber leído los periódicos y condenado a pelearme con el software de tu portátil cara a cara.

Por eso le di al botón “reset” y todo lo que hiciste ayer se ha borrado inexplicablemente.

Espero que lo entiendas y no me guardes rencor.

Atentamente tuyo,


domingo, 12 de diciembre de 2010

Magia


Todos los jueves iba a aquel teatro a ver un espectáculo de magia. Me gustaba la magia porque disfrutaba observando atentamente al mago y huyendo de sus distracciones. De esta manera descubría siempre en qué momento realizaba el engaño y gritaba

¡Mirad! ¿Habéis visto cómo se ha escondido el as de picas en la palma de la mano?

O bien

¡Eh! Sácate la reina de corazones del bolsillo de la chaqueta!

Esto lo hacía no con ánimo de humillar al interfecto, sino porque no podía soportar cómo se toma el pelo a la gente. Me consideraba un detective del ilusionismo, un benefactor del engañado, el Sherlock Holmes del escenario. Tenía especial habilidad para desvelar el truco, por muy complicado que fuera el juego de magia. No había mago que se me resistiera. Una vez uno estuvo a punto de engañarme con aquel infernal movimiento de muñeca, pero al final acabó llorando, como casi todos. Eran pocos los que conseguían disimular con una sonrisa, intentando ganarse a un público que iniciaba la rutina semanal de las caras de incredulidad, los murmullos, el abucheo y el tomatazo.

Esto de los jueves se convirtió en un ritual que me hizo feliz. Hasta que vino él a desbaratarlo: el mago del juego de la mujer cortada en dos.

Lo de mago es un decir, porque noté claramente cómo se partía la carne y me reventaban las venas. Un poco antes de que la sierra seccionara mi columna vertebral, las tripas se escaparon de mi cuerpo. Y, es curioso, nadie hizo caso de los alaridos de dolor que sólo pude silenciar cuando me consumió la hemorragia.


martes, 7 de diciembre de 2010

Sauron (Clásico revisitado número 26)

Después de tanta mandanga sobre Morgoth, la corrupción a manos de Melkor, los Nazgûl, el Nigromante, Mordor, Barad-dûr y, Minas Morgul, un anillo para gobernarlos a todos, para encontrarlos y blablabá, que si el trono oscuro, que si el Gran Ojo, el Amo Negro, el Ojo sin Párpado, el Hacedor de Anillos y la Mano Negra; que si la Compañía del anillo, la Comarca, Bolsón Cerrado, Bree, Rivendel y Minas Moria, los bosques de Lórien, las llanuras de Rohan; y Minas Tirith; que si Legolas y Gimli destripando orcos, Sam engullendo el pan élfico y Frodo dando por saco con el anillo; que si Gollum y su inútil insistencia de hablar consigo mismo, Aragorn y su enfermiza heroicidad; y Gandalf y Saruman chocheando sin parar; y Merry y Pippin, con lo que sea que tuvieran esos dos hobbits, y cientos, y miles de cosas más en tres tochos enormes y apéndices asociados, y tres películas más largas que tres cuaresmas y por fin tiraron el anillo único a Orodruin.

Después de todo eso, después de tanta historia, resulta que Sauron no ha sido derrotado.

El Gran Ojo nos observa desde una torre de control.


domingo, 28 de noviembre de 2010

Sed



Soñó que tenía mucha sed. No sé si es que estaba en el desierto de Gobi o paseando por las ruinas del teatro romano de Mérida, pero tenía mucha sed y no encontraba agua por ninguna parte. En definitiva, una de esas situaciones que sólo se dan en los sueños, porque allá donde iba, espejismo que te crió; porque poco hay que hacer en el terreno del subconsciente cuando se ha cenado una pizza con anchoas.

Excepto provocar un aborto del sueño, que se hace así.

Despiértate.

Y despierto sólo hay que alargar el brazo y coger esa botella de agua que se ha colocado sabiamente en la mesilla de noche.

Y despierto sólo hay que ponerse la botella en los labios e inclinarla.

Y despierto, sólo hay que beber agua.

Y despierto, así lo hizo. Bebió de forma exagerada, sin la medida que otorga la vigilia y con el alivio que era sentir ese líquido enfriando las entrañas.

Bebió mucho más allá de sentirse satisfecho, varios litros quizás, sin percatarse de que todo él comenzó a hacerse líquido. Primero fueron las vísceras, después los músculos, y luego el agua salió por sus orificios y acabó reduciendo su tronco y sus miembros a mero fluido.

De su cuerpo sólo quedó una mancha incolora en la sábana bajera.

Su mujer, al despertarse, lejos de echarlo de menos, se dio la vuelta y se puso a dormitar dominicalmente sobre la humedad de la cama. Qué fresquito, pensó. Y sonrió pensando en las anchoas de anoche, que le costaron lo suyo, pero que habían valido la pena.


domingo, 21 de noviembre de 2010

Precisamente ahora

Leyendo un fragmento de un cuento de Katherine Mansfield

“El sol todavía no había salido, pero las estrellas palidecían ya, y el cielo frío y pálido tenía el mismo color de la mar helada y lívida. Sobre la costa se levantaba y volvía a caer una neblina lechosa. Empezaban a distinguirse con bastante nitidez los oscuros matojos. Incluso se apreciaban las formas de los colgantes helechos, y de esos extraños árboles plateados y ajados que parecen esqueletos...”.

Precisamente ahora, leyendo este fragmento de un cuento de Katherine Mansfield, me ha entrado frío. Y eso que el otoño se está portando bien, que falta un mes para el invierno y aquí no refresca. Un poco de viento por las noches y ya está.

Precisamente ahora que el calor de las letras se evapora, que ya no estoy más furioso, que la cabeza no me da vueltas y se disuelven locos todos los terrones de azúcar.

Precisamente ahora, que tú estás por aquí, que ya busco poco más que los cereales en la leche, que nunca es demasiado tarde.

Precisamente ahora, leyendo este fragmento de Katherine Mansfield, me ha entrado frío.


domingo, 14 de noviembre de 2010

Realismo


Todo se había complicado. Su mujer se había largado con los niños, el coche y lo poco que quedaba en la nevera.

Sólo había dejado unas cubiteras que hacían hielo en forma de palos de la baraja de póker. También una nota de ésas en las que pone fuck you, aunque en castellano.

Con una pica y dos rombos se preparó un whisky, mientras pensaba que, en realidad, su mujer sólo había atizado un poco el fuego. La semana pasada lo despidieron del trabajo y se enteró de que uno de sus mejores amigos había muerto en un accidente doméstico -algo relacionado con un vibrador y unas tijeras, no quieran saber-. Su perro, un Jack Russell más bien poca cosa, fue aplastado trágicamente por un tranvía de la Diagonal, para regocijo de un cruel transeúnte, quien no pudo reprimir la risa ante lo plano que había quedado el cánido. Además, sus padres le retiraron la palabra unos días antes por haberse afiliado a Iniciativa per Catalunya y descubrió que su amante, una bibliotecaria aficionada a la novela erótica, le estaba engañando con un monje tibetano, un broker narcoléptico especializado en operaciones intradía y el que inventó la colección de Rosarios del mundo. Los tres a la vez.

Mientras pensaba en todo aquello, notó que algo raro le pasaba al whisky y lo escupió. Supuso que algo tenía que ver el hecho de que la botella estuviera llena de sal hasta la mitad y se lamentó. Profundamente.

En ese momento sonó el timbre. Una visita inesperada. Abrió la puerta y a sus pies descubrió un paquete -del tamaño de un cubo de Rubik, por ejemplo-. Miró a los lados, que es lo que se hace en estos casos. No había nadie. Así que cogió el paquete y volvió a entrar en el piso.

Lo abrió inmediatamente, para qué pausas dramáticas. En su interior había una cajita negra.

Y en la cajita negra, lo que parecía un botón de color rojo. Y en el centro del botón, la palabra “púlsame”.

Por fin, después de todas las penurias, una mano amiga, el gol en el minuto de descuento, el santo grial, la bala en legítima defensa, la transfusión de sangre, el hilo de Ariadna. La solución representada en un botón rojo.

Y lo pulsó.

No pasó nada, por supuesto.

Tal vez en un relato de ciencia-ficción habría pasado algo. Pero hoy me ha dado por el realismo.

El fucking realismo, aunque en castellano.


domingo, 7 de noviembre de 2010

Finales felices (II)


Ayer leías un libro de esos de amor en los que los protagonistas se quieren y se susurran y llenan de besos las almohadas y después se contemplan y hablan mucho rato y se agitan, y se tumban en la hierba y a lo mejor tienen un poco de sexo también y todo lo demás.

Esto acabará mal, predijiste.

Y acabó mal una semana más tarde, cuando llegaste a la última página donde ya no pone fin y pasaste la hoja y ya estaba aquello de “este libro se terminó de imprimir blablablá”, y te quedaste más bien amarilla.

Lo sabía, me dijiste. Acaba mal.

Y te sumiste en una tristeza infinita y, desconsolada, saliste de casa y empezaste a gritar en la escalera y luego te sentaste en el descansillo del quinto y te pusiste a llorar hasta que llegué, a eso de las diez de la noche.

Y luego me dijiste aquello, que las historias buenas son las que acaban mal y que la nuestra está condenada, y si no lo está, peor; porque si no lo está se convertirá en una historia mala de folletín, y no nos merecemos eso, no quiero llegar a la página donde pone “este libro se terminó de imprimir blablablá” y quedarme igual.

Así que te prometí un final desgraciado.

Y te quedaste tranquila.

Y cenamos perdices aquella noche. Pero fue casualidad.


lunes, 1 de noviembre de 2010

Pelis de los 50



En las pelis de los años 50 no se besan en los labios, ¿te has dado cuenta? Se besan con cara triste y las bocas tiemblan ligeramente y están como ausentes todo el rato, como buscándose completarse a sí mismos fuera de esa escena. Suerte de la música irreal y de las nubes a la deriva del decorado, que si no el resultado sería la escena más deprimente de la película, con esos cuerpos casi inertes y distanciados, pensando seguramente en la lista de la compra o a qué taller llevar el coche a arreglar. Sabes a lo que me refiero, ¿verdad? Tú lo sabes bien, con estos silencios antinaturales y el olor a pollo frito, y los fragmentos de conversación ajena, y ese estar ensimismada al otro lado del vaso de batido. Y cuando hablo parece que lo hago con voz hipnótica, que por más que te cito, no apareces aquí, sino que te deslizas por las orillas de lo que digo. ¿Es que también hoy huyes? Se te ha olvidado la intensidad de la mirada y la profundidad de tu verbo, que ya todo son parloteos soñolientos y la sombra sobre mi nombre. Mírame al menos, deja de hacer el trayecto hacia tu casa, córtame el monólogo, empieza a cantar, llora, jadea, abofetéame. Pero no me beses, porque tus besos son como los de las pelis de los años 50, con cara triste, con mucha barbilla y poco labio, terriblemente deprimidos, como de un caqui apagado o de franela desteñida. Son besos indigentes, que ya piensan en la lista de la compra, y en la lista no hay ni siquiera tomates, ni yogures, ni mostaza, sino sólo esponjas, trapos de gamuza y limpiacristales.


domingo, 24 de octubre de 2010

Pasmarotes

Mi adolescencia fue bastante dura. Sí, fui uno de esos niños adultos que se pasan el día explotándose granos y pensando en sexo, de ésos que lo mismo les da un so que un arre. Mi madre me llamaba una y otra vez “pasmarote” para ver si reaccionaba. Quizás lo habría hecho de saber qué significaba esa palabra. Pero no era así y estaba demasiado atontado como para levantarme y buscarla en el diccionario. En aquella época no teníamos Google.

Descubrí el significado veinte años más tarde, caminando por el bosque mientras disfrutaba de mi nueva afición: buscar setas. Pues bien, acababa de encontrar lo que parecían cuatro níscalos y me disponía a recogerlos (sin tocar las láminas, porque si no, se oxidan) cuando debajo de uno de ellos apareció un señor. Le pregunté qué hacía ahí a la sombra de los níscalos y me respondió que arte. No me pareció raro, porque últimamente se llama arte a cualquier cosa.

Lo que me extrañó fue su aspecto, más bien de barrio de Salamanca que de bohemia, y no lo asocié al término artista.

- ¿Sabe usted que no parece un artista?

- Evidentemente, señor, es que no lo soy. Soy un pasmarote.

Y lo agarré del pescuezo y lo metí en la cesta.

La idea era cocinar níscalos. Y tenía que haberla mantenido, porque el pasmarote resultó ser bastante soso. Ni con sal gorda mejoró. A eso quizás se refería mi madre.


domingo, 17 de octubre de 2010

Sola



Ellos se fueron y la casa, finalmente, se quedó sola.

Se sintió bien, liberada, y quiso hacer todo lo que antes ni se le hubiese pasado por el tejado.

Abrió las ventanas, y entraron un montón de hojas secas de los plátanos, y viento, y un poco de lluvia. No era la búsqueda de una autodestrucción terrible, sino la querencia de mejorar su aspecto físico, que siempre había notado demasiado minimalista. Le faltaba contacto con sus orígenes, una vuelta a la madera y al mineral.

Y animal seguramente, porque al poco ya tenía unas cuantas palomas amándose en sus alféizares, sin muchos escrúpulos.

Era una cierta avidez por los seres que no fueran sus antiguos habitantes.

Rompió los cristales que la protegían, le creció hiedra en las rendijas, y más tarde le salieron flores entre las baldosas. Quiso plantear alguna objeción al color de los pétalos, pero finalmente se quedó callada, dejando que la luz y el perfume del tiempo se impusieran a todo lo demás. Abandonándose a la soledad.

A los pocos meses, sin reflexionar siquiera sobre su locura, unas máquinas la tiraron abajo. Se ve que iban a construir un centro comercial o algo parecido.

Y sus ruinas, que se habían quedado sin la soledad, lloraban.


martes, 12 de octubre de 2010

Novela romántica

La escritora de novelas románticas se pasó al porno. Le resultó fácil. Aquello tan sólo consistía en sustituir las sábanas por genitales y en prescindir de argumentos superfluos – que en realidad, dedujo sabiamente, tampoco aportaban demasiado a la historia.

Se acordó de aquello del McGuffin, de lo que decía Hitchcock acerca de un león de las Montañas Rocosas en una maleta o algo así, y de que se había estado engañando en las 437 novelas sobre caballeros melenudos enamorados de damiselas desamparadas, intrigas palaciegas de rancio abolengo, romances en las abruptas Highlands escocesas, excesos vampíricos de Centroeuropa y malvados bribones de postín más bien elevado.

En el fondo lo que le interesaba era el sexo. Crudo y sin botones.

Y poco a poco, en un proceso de eliminación progresiva de todo elemento prolijo, el intercambio de fluidos corporales comenzó a colonizar las páginas que salían despedidas de su máquina de escribir. Fue una conquista discreta, de la que ningún editor se percató. De hecho, tuvo que ser una lectora agraviada la que alarmase de la existencia de “folladas”, “vergas”, “vías anales”, “eyaculaciones” y demás lubricidades impresas en negro sobre blanco. “Añoro los tiempos de tactos torpes y rozamientos”, concluía en su sangrante epístola.

Así que la escritora de novelas porno tuvo que volver a incluir los caballeros, las damiselas, los rancios abolengos y los vampiros de Centroeuropa, muy a su pesar. “Entre polvo y polvo”, puntualizó sabiamente.

“Hasta la pastilla más dulce necesita un poco de agua para ser tragada, señora mía”, le contestó su editor.


domingo, 19 de septiembre de 2010

Arañas

De tanto leer tebeos de superhéroes se le secó el cerebro y también se le metió en la cabeza lo de ser Spiderman. Silver Sulfer lo vio fuera de sus posibilidades y Lobezno se le antojó demasiado rural. El Capitán América también le parecía bien, pero siendo castellano de nacimiento no quedaría apropiado, oiga.

Spiderman molaba. Y ya está.

Se documentó meticulosamente y concluyó que necesitaba una araña radiactiva ya mismo. Difícil encontrarla, en principio, pero siendo perseverante como era, en realidad no sería un problema. La descubrió en Amazon y a las 48 horas la tuvo en su casa, modo de pago contra reembolso.

Sin embargo, al abrir la caja vio que el bicho en cuestión era más bien asquerosillo y le dio reparo sufrir una picadura de algo que diera tanta grima, al menos así conscientemente.

Trazó un plan: soltaría al arácnido y, antes o después, le picaría. Al menos eso es lo que le sucedió a Peter Parker. Así que abrió la caja y la araña se escapó, refugiándose debajo del mueble de la tele. Después se fue a dormir, deseoso de despertarse con un par de picaduras en su cuerpo.

Por la mañana se levantó nervioso y fue corriendo a mirarse en el espejo del lavabo. Nada. Tenía la piel intacta. Un pequeño sarpullido tan sólo en el glúteo izquierdo, pero nada que ver con arañas radiactivas.

Compungido, se vistió, salió del cuarto de baño y se dispuso a desayunar el tazón de leche y los cereales habituales.

- Buenos días, hijo.

La voz de su madre desde el techo de la cocina.

Rayos.

Rayos.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Mudanzas

El verano se acababa y con el cambio de estación, a la serpiente le apeteció mudar de piel. Por qué no.

Su piel actual estaba repleta de manchas de vino y tenía algunos bordes descosidos. Y alguna vez le habían dicho que estaba un poco dada de sí y que era una pena, con el tipín que se le había quedado. Es verdad, este año había adelgazado un poco –la vida había sido más arrastrada que de costumbre con aquello de la crisis– y la piel le venía grande.

Así que por qué no mudar de piel.

Todo bien, hasta que se enteró por Vogue de que la piel de serpiente ya no se llevaba nada. No se recomendaba sacar del armario ni siquiera las más discretas, y no era el caso. Qué problema. La serpiente no se había mudado jamás de otra cosa que no fuera de piel de serpiente, y esta circunstancia la sometía a un escenario de cambio ciertamente angustioso e inesperado.

No tengo nada que ponerme, dijo.

Y le entró ansiedad y se comió un ratón.

Y luego se fue – reptando, claro está– a dar una vuelta por el centro, a sembrar un poco el terror y, por qué no, a ver si encontraba una cazadora de cuero. Siempre había querido tener una cazadora de cuero.

Además, con el tipín que se le había quedado, le iba a quedar divina.


domingo, 5 de septiembre de 2010

Tabaco


No sé si porque estaba con Lady Nicotina o por el exceso de cine negro en agosto, pero hace unas semanas probé el tabaco. A mi edad –que ya paso de la treintena con amplitud– esto se califica de soberana estupidez, y más si después de tragar la primera bocanada de humo de tu vida decides que aquello no está tan mal y que incluso te gusta.

“Despeja la mente y suaviza el temperamento”, me acordé de Barrie, y, después de consumir el primer cigarrillo con glotonería y sin ningún atisbo de tos, me dispuse a encender el segundo, con cuyo humo expulsado ya fui capaz de realizar acrobacias sin freno: figuras geométricas primero, caricaturas de famosos después y, con la última calada, mi firma.

Pronto a mi alrededor se agolparon curiosos y fui animado a fumar un tercer cigarrillo, y un cuarto, y un quinto. No llegó la tarde y ya iba por los tres paquetes de filigranas, y eso sin contar las caladas a las que me invitaba el respetable, ansioso de más cabriolas a costa de pulmones.

A la madrugada, cuando llegué a la cifra de 214 cigarrillos consumidos, me sentí raro. Lógico. Pero no tosía. Respiraba perfectamente. De hecho, creo que había logrado crear cierta simbiosis con el humo.

Literalmente.

En el cigarrillo número 215, 3.42 hora local, comencé a notar cómo mis dedos se volvían grises, y a continuación mis manos. Una espectadora gritó cuando mis ojos ya eran gaseosos. Después, mi pelo se empezó a evaporar, y luego todo mi cuerpo lo siguió, hasta quedar convertido en una figura de humo.

Mi última figura, la que provocó más aplausos.


jueves, 2 de septiembre de 2010

El hombre que derrotó a Joe Louis


No fue como dicen.

Yo derroté a Joe Louis antes que Schmeling.

Ese perro nazi lo derribó en el duodécimo asalto en el 36. Conmigo no aguantó ni el primero.

Dos ganchos de izquierda y estaba tumbado en la lona, en el polvo y en las huellas sobre el polvo.

Fue hace mucho, antes del 36, antes que Schmeling y toda aquella parafernalia. Me indignaban el espectáculo en el que lo convirtieron todo, la estupidez de las masas, Roosevelt y su héroe. Yo ya he derrotado a Joe Louis una vez, decía. Y ellos se reían. No creían que yo hubiera tumbado al Bombardero de Detroit. Ni siquiera que le hubiera provocado un rasguño.

Pero es así. Yo derroté a Joe Louis antes que Schmeling.

Y también pude con Muhammad Alí, con Primo Carnera y con Rocky Marciano. Ni Larry Holmes me hizo sombra.

No figuro en los anales del boxeo. Ni siquiera en la wikipedia me citan como un púgil que tener en cuenta.

Pero los puñetazos del tiempo, mis puñetazos, derrotaron a Joe Louis.

Yo derroté a Joe Louis, mucho antes que Schmeling.

No aguantó ni un asalto.


martes, 24 de agosto de 2010

Juicio


Me está saliendo una muela del juicio y esto duele horrores.

Pero mucho.

Ayer me habría arrancado la cabeza de cuajo.

Así. Zas. Y ya está. Esto es así.

Tanto me duele que esta mañana, al mirarme al espejo, he visto que la muela había cobrado vida propia. He abierto la boca de par en par y allí estaba, fumando tabaco de liar y – entendí el insoportable calvario – apagando las colillas en una de las encías.

Eh, le he dicho, tú, muela, cuidado con lo que haces.

Ella, desafiante, no se ha molestado en contestar; ha hecho un gesto obsceno y ha continuado con sus lacerantes quehaceres.

Opté por el colutorio, el antibiótico y el analgésico, pero poco pude hacer contra la cruel molar, que seguía fumando y –novedad- comiendo un yogur de bífidus activo, por eso del calcio.

También pronunció palabras. Muy cariñosas, por cierto. Dijo jódete y baila. Y luego se calló ya del todo. Y siguió fumando.

¿Dónde habrá aprendido esos modales? ¿Quién la habrá adiestrado de manera tan refinada en el arte de la tortura?

Y, lo más importante, ¿por qué? ¿Cuál es el motivo de que se cebe de tal forma con la fuente de su existencia?

Muela, te lo ruego, líbrame de esta hora, aparta de mí este cáliz. Supliqué.

Y se lo ha tomado en serio.

Acabo de ver que está leyendo a Alan Carr y ya se ha comprado dos paquetes de chicles de nicotina.

En el fondo es buena gente.

Es eso o el antibiótico.


viernes, 20 de agosto de 2010

Liberación


Al abrir la botella de Cabernet Sauvignon, pop, de su interior salió un genio.

[Tuve tan claro que era un genio porque si abres una botella y de ella sale un hombrecillo misterioso, ¿qué va a ser si no?]

La verdad es que mucha pinta de genio no tenía. Vale, era un señor pequeño y con aspecto algo mágico, pero no era como aquellos genios de las lámparas maravillosas, esos seres majestuosos, medio desnudos, tocados con turbante y dotados de una voz atronadora. Éste era calvo, con gafas, y estaba vestido con un traje gris y una corbata negra. En efecto: más bien parecía un contable; hasta llevaba una calculadora en su mano derecha, con la que, tras atusarse el traje y colocarse las gafas, se puso a hacer una suma. Al acabar, pronunció, por fin, palabra.

- Sí, en total llevaba doce años metido en esa botella. Por cierto, que sepas que el momento óptimo de consumo del vino se ha pasado. Lo siento mucho. Adéu.

Un momento, le dije, entiendo que usted es un genio, y un genio debe conceder tres deseos a quien lo libere, ¿no es cierto?

- Se equivoca usted, querido liberador. Esto era antes de la firma del convenio colectivo de 1883. Después de ese momento, los genios no estamos obligados ni a tener bigote ni a conceder deseos a aquéllos que nos quiten el yugo de la esclavitud, artículo 13, párrafo 2. Así que, sin más, me despido, no sin antes desearle un muy buen día.

Y se fue. Yo me bebí el vino que, ciertamente, ya no estaba en su momento óptimo de consumo.

Eso o que el genio, durante su estancia en el Cabernet, había aprovechado para orinarse en el capital.

De todas formas, me lo bebí.


sábado, 14 de agosto de 2010

Jet-lag


Como tengo jet-lag, me levanto a las cuatro de la madrugada todos los días. Al principio era una lata, pero he sabido encontrarle el gustillo al asunto. Hasta me he hecho fan en Facebook.

Y es que siempre he querido tener más horas por la mañana para hacer cosas como afeitarme con navaja barbera, escribir ripios al salir del cuarto de baño o robarle el periódico al del 3º B. Antes me levantaba con los minutos contados para, en este orden, mear, ducharme, café, llaves y adiós.

Así que ésta es la mía.

Ahora puedo desayunar tres platos, café, copa y puro, tomar un baño de sales balinesas, salir al balcón y dar de comer a las palomas, hacer gimnasia y magnesia al mismo tiempo y sin confundirlas.

También aprovecho y canto arias completas en la ducha y leo la caja entera de los cereales. Gracias a ello he descubierto que la vitamina B2 se llama riboflavina y que “vierta los cereales en un tazón” en portugués se dice “despeje os cereais numa vasilha”, información de vital importancia para mis frecuentes visitas a la ciudad lusa de Castelo Branco.

Es decir, que ahora sólo deseo que este jet-lag se convierta en un estado permanente, porque no podría prescindir de estos placeres, que hacen de mi vida un territorio más que habitable.

¿La infelicidad humana procederá acaso de las prisas matinales?

Les animo a comprobarlo y a practicar conmigo el jet-lag. Hagamos todos jet-lag.

[Por la noche, eso sí, quizás se vayan a la cama un poco pronto. Pero hay varios truquillos: uno es tener el pijama en la guantera del coche y cambiarse mientras se vuelve del trabajo; otro es aprender a dormir en la cola del supermercado. Y así los que se quiera]


jueves, 12 de agosto de 2010

Propósito


Dices que conmigo tienes un propósito; que no lo tenías y que ahora lo tienes.

Y ésa es ahora mi brújula en esta pausa forzosa, en la que soy un viajero extraviado por las islas del Índico. Aquí perderse es sencillo. Demasiado espejismo y poca realidad, y no me acabo de acostumbrar a lo de que tu noche sea mi día y las horas no entiendan de luz.

Me entran ganas de interrogar al cielo, aunque seguro se burle y me traiga frío e incertidumbre. O de rodar por la arena y arrancarme la artificialidad a cortes de coral para romper la monotonía de tu ausencia.

Y a veces me han tentado los somníferos para olvidarme de los días.

Porque, ¿sabes? Esto de estar en las antípodas de tu cuerpo alimenta muy bien la nostalgia.

Pero ahí está tu propósito, que se come él solo la ansiedad de todo lo que está lejos.

Me pide paciencia.

Me hace incluso dormir sobre los acantilados sin miedo al abismo.

Me alimenta de tu misma atmósfera.

Me mete en tu cama, me toca en el océano.


miércoles, 11 de agosto de 2010

Tormentas


Disculpen mi ausencia.

La causa: las tormentas.

Nada de suicidios, no se apuren. No está la cosa tan mal ni la crisis es tan fiera.

Han sido las tormentas. De ésas en las que después no llega la calma.

Sino de ésas que rompen en dos la existencia y nos dejamos por fin de secretos, de las que barren a relámpagos los temores. Y nada de calma después. Esas tormentas no se acaban nunca, como París. Son tormentas terribles y también poéticas, de domingo por la tarde, antes de trabajar, de ciencia-ficción, de planes en Las Vegas o en un juzgado de Sants. Tormentas atípicas que desdibujan nuestras fronteras y luego nos invadimos; tormentas autobiográficas que arrasan con la ficción y con el ensayo; tormentas de gestos donde las palabras acaban en la basura.

Porque son de ésas que no distinguen entre forma y contenido y arrancan lugar al espacio, donde la temperatura es más alta de lo normal y el color, granate.

Y nada de calma después.

Ha sido una tormenta que me volado el punto de libro. Y ahora no quiero encontrar la página.

Disculpen mi ausencia.

Han sido las tormentas.


miércoles, 30 de junio de 2010

Mataré monstruos por ti

Cuando te dije aquello de que mataría monstruos por ti no creía que la cosa iba a ser para tanto. Una frase inspirada, nada más.

Pues anoche llegué a casa, tarde, como siempre, después de filtrar los gritos de mi jefe, los cláxones de la calle y el pitido ese tan desagradable de la lectura del código de barras en las cajas del súper de enfrente, y en el sofá había un monstruo. Allí estaba, tumbado, viendo la tele –Telecinco, claro– fumando un cigarrillo negro y bebiendo gazpacho. También se tocaba un poco las gónadas, pero eso queda poco elegante de comentar aquí, así que no diremos nada más.

El engendro se sobresaltó un poco al verme aparecer, pero inmediatamente adoptó la actitud típica de monstruo y se puso a asustarme. O a intentarlo, porque el movimiento ese de las manos que hacía y la mirada más bien ojerosa no espantaban demasiado. El horror no aparecía ni por asomo. Ni siquiera cuando se puso ya en plan desagradable y comenzó a alternar gritos con vómitos y demás fluidos. Realmente asqueroso.

Así que, alma de cántaro, le di unas palmadas en la chepa monstruosa y sugerí compartir una cerveza. Le dije que se dejara de terrores, de alaridos vacuos y de manuales de pavor y espanto, que la vida está para disfrutarla y que no todo va a ser encrespar cabelleras.

Se relajó, se volvió a tumbar en el sofá y vimos a España juntos. Eran los cuartos. Perdió, claro.

Me sentó un poco mal y, de la rabia, le solté un hachazo en la cabeza al pobre monstruo.

Lo maté, sí. Pero no te enfades: el próximo será por ti, de verdad.


jueves, 24 de junio de 2010

Solsticio surrealista


En 2054, Oliver García, natural de Robleda (provincia de Salamanca) se convirtió en el primer ser humano que alcanzó la inmortalidad después de 35 años de consumo continuado de hojas de eucalipto. En realidad, no se alimentó de otra cosa durante todo ese tiempo, un comportamiento que era debido a una admiración extrema de las costumbres de los koalas. También había visto todos los partidos de los mundiales de fútbol celebrados entre 2014 y 2046 y no se había casado todavía, pero eso seguro que no tenía nada que ver.

Se ve que en su organismo –eso dijeron los científicos encargados de analizar su caso– se había producido el fenómeno conocido vulgarmente por el nombre de fotosíntesis introvertida. Dicho prodigio derivó en la conversión de los órganos internos del individuo en pequeños bonsáis, que, como todo el mundo conoce, viven bastante. Y, claro, un bonsái más otro bonsái más otro bonsái hacen una pila de años: para no complicarse la vida, los médicos concluyeron que Oliver García, natural de Robleda (provincia de Salamanca) iba a vivir eternamente.

Nadie le preguntó al interfecto si esto le parecía bien. De todas formas, Oliver García siempre fue hombre de pocas palabras, de amigos contados y de beber lo justo. Lo suyo era el consumo de hojas de eucalipto y, desde que así se descubrió, la fotosíntesis introvertida.

Y eso de la fama le vino grande.

Se acabó suicidando con un Actimel de Danone más bien frío. Se lo bebió de golpe y ya se sabe.


domingo, 20 de junio de 2010

Perspectiva


“Cuando Juan salió al campo, aquella mañana tranquila, la montaña ya no estaba.

La llanura se abría nueva, magnífica, enorme, bajo el sol naciente, dorada.

Allí, de memoria de hombre, siempre hubo un monte, cónico, peludo, sucio, terroso, grande, inútil, feo. Ahora, al amanecer, había desaparecido.

Le pareció bien a Juan. Por fin había sucedido algo que valía la pena, de acuerdo con sus ideas.

- Ya te decía yo – le dijo a su mujer.

- Pues es verdad. Así podremos ir más de prisa a casa de mi hermana.


Max Aub, Algunas prosas y otras

sábado, 12 de junio de 2010

Muros


Y ahora que te quiero, y ahora que me quieres y me dices que eres la Maga, que me arrastras con tu fuerza centrífuga y que me distraes de las represalias futuras, me pides que derribe un último muro. Yo vacilo: tengo miedo de encontrarme ante el desconocimiento de mi propia imagen, hasta ahora en calma, y que todo esto signifique el aniquilamiento de las pocas facultades que tengo. Ya he destruido la inspiración, que en esta ausencia de tristeza sólo me salen funciones fisiológicas, y frases largas –a pesar de que tengo poco que decir– y los párrafos son mucho más espesa maleza que palabras hilvanadas. Aun así, me pides que derribe ese último muro, el del anochecer, el de los silencios y los ojos sin brillo, el de las inercias. Y sólo tengo mis huellas en el papel y los dedos hinchados de no moverse, torpes, sobre el teclado, y una mirada fija sobre el resplandor blanco que tanto me angustia, y aquellos libros apilados en la estantería, amontonados por lo cotidiano, y ese solsticio que nunca llega. Me siento muy poco armado para derribar ese muro; quizás lo salte cuando no haya testigos, o bien me asome al otro lado, nada más; por aquello de las heridas y de las circunstancias y de las represalias futuras y mi indiscutible prudencia. Y ahora me queda poco más que el deshielo en el que vivo, poco más que la conciencia de tu sangre y mi boca sobre tu frente cuando duermes y te mojas los labios, y poco más que tu fuerza centrífuga y tú y yo haciendo el amor en el cuarto de baño. No sé si bastará todo eso para que el muro caiga, para cerrar de una vez el prólogo y dejar de sentirse fortuito. Por fin.


domingo, 6 de junio de 2010

Casey Station (y V). El mensaje

Al final sólo quedará el mensaje. No importas tú o tu vida, las personas a las que has querido o te han dejado de querer, o la voluntad que hayas tenido de alterar o detener el tiempo. Tú no eres nada. Sólo cuenta lo que dejas, la urdimbre de pensamientos que te acompañó y que plasmaste en algún lugar. Es la última pieza para la inmortalidad.

Al fin y al cabo, de mí sólo permanece hielo. La nada en forma de agua congelada, el producto salvaje de un entorno inaccesible, el núcleo del no-ser. Ahora se esfumaron ya los límites de mi carne y toda experiencia humana ha quedado reducida a un azul perenne.

Hay algo, sin embargo, que el tiempo no podrá esparcir. Aquello por lo que he peleado, que ha quedado allí, más allá de mis fronteras. Ahí afuera. El mensaje. Unas líneas que dejo al margen de tu libro, unas notas a pie de la vida y sus instrucciones de uso en forma de piedras fluorescentes. Allí están, afuera, en cualquier parte, respirando por mí y viviendo en la mirada de los otros. No he realizado hazañas, no he descubierto continentes ni he escrito tratados de la razón práctica. Quizás tampoco haya visto u oído cosas sorprendentes.

Pero ahí está mi mensaje. Ahí afuera. Más allá del hielo, del silencio o la memoria. En medio de la nieve y de la lluvia, más fuerte que la propia noche. Al final sólo quedará eso. No importa nada más. Dan igual las coordenadas, el cristal en el que me convierto, el iceberg de mi cadáver o las canciones de los olvidados.

Porque afuera dicen misa por mí. ¿Lo oyes?


jueves, 3 de junio de 2010

Casey Station (IV). El silencio


Desde el silencio se puede oír el frío. El silencio es mi música, la de los olvidados, la que componen los muertos.

Fue al principio, cuando el hielo comenzó a cristalizar mis capilares. Desfilaron los recuerdos y entonces me di cuenta de que eso era el silencio. Se reconstruyeron todos los sonidos de mi existencia; primero los lamentos de mi hija, los besos de despedida, los cuchillos, y también las carcajadas, los tumultos. Después la lluvia en el balcón, la madera, el eco de las piedras, los papeles quemados. Y las corrientes del interior de mi cuerpo, los párpados vencidos y la saliva en los labios.

Pero sólo ahora, en el silencio, he podido oír el frío, la niebla y la oscuridad. También me pareció oír los fantasmas de aquellos que me precedieron, silbando en la cercanía húmeda y azul del hielo. Es la canción de los olvidados, la que componen los muertos. Suena de forma lenta, pero impaciente, en un suave desvestirse de alma, sobre una partitura que se deshace, sin título. Con resonancia animal, en una tonalidad oscura, quizás Re menor un poco rota.

Sí, es el silencio. El silencio desconocido, no el silencio del invierno en las calles de un pueblo o el de los tanatorios vacíos. Es el silencio como música, el que se esconde en el frío, el que sólo es posible encontrar en el hielo. Sólo el hielo puede escucharlo. Y yo lo escucho, todavía suave. Como una música que se va haciendo cada vez más presente.


 
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