viernes, 30 de diciembre de 2011

Interrupción



Resulta que quería escribir sobre las interrupciones, pero me interrumpiste, y todo se quedó en este cuento que acaba aquí, en el principio de todo, en un gesto de relato interrumpido por tus urgencias.
Luego quise retomarlo, pero el cuento ya había madurado y era otra cosa; no tenía toda aquella frescura de la que hablan los críticos y todo comenzó a sonar a impostado y a asuntos propios que a nadie interesan. Suerte que me interrumpiste con otro triunfo esporádico de los tuyos, y nos pusimos con aquello de mirarnos.
Después ya no tenía ganas de escribir más sobre las interrupciones, y además me interrumpiste y luego nos fuimos a California a beber vino.
Las semanas siguientes fueron dolorosas y decepcionantes, y como de carácter simbólico. Me dio por la audacia argumental, la precisión imaginativa y un realismo lleno de aventura y agudeza, y me pasé a la novela entre llantos.
Así que ahí quedaron mis ganas de escribir sobre las interrupciones.
Y entonces me interrumpiste. Y ya.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Intermedio



“Dejó que el teléfono se le cayera de la mano y se quedó llorando un rato, en silencio, sacudiendo la cama barata. No sabía qué hacer, no sabía cómo vivir. Cada cosa nueva con la que se cruzaba en la vida lo impulsaba en una dirección que lo convencía plenamente de que era la correcta, pero de pronto surgía ante él otra cosa nueva y lo impulsaba en la dirección opuesta, que también se antojaba correcta. No había una línea argumental: se veía a sí mismo como la bola puramente reactiva de una máquina del millón, en un juego cuyo único objetivo era seguir vivo por el mero hecho de seguir vivo”.
Fragmento de Libertad, de Jonathan Franzen

domingo, 18 de diciembre de 2011

Cuento sobre la lista de la compra



A pesar de que había dedicado una hora y cuarenta y cinco minutos a elaborar la lista de la compra, al subir del súper se dio cuenta de que se había olvidado la harina. No era una tragedia, porque todavía quedaba un poco de la última vez, pero decidió bajar de nuevo. Por si acaso, pensó. Como todavía no se había quitado ni el abrigo, la solución parecía rápida y obvia.
Y así fue, porque en cuatro minutos treinta y siete segundos exactos estaba de vuelta con la harina en una bolsa de plástico, abriendo la puerta de su piso y entrando directamente en la cocina. Después se quitó los zapatos y volvió a hacer inventario de lo comprado: lo tenía todo, parecía, así que se puso a hacer las galletas.
Nunca hacía galletas. Lo de aquella tarde había tenido el capricho. Sobre todo le apetecía mucho el olor en casa, que toda la tarde se respirara a galletas.
Mezclando la masa se dio cuenta de que la leche que tenía era de soja. Blasfemó. ¿Cómo quedarían unas galletas con leche de soja? Sirvió un poco de ese líquido en un vaso y observó su aspecto amarillento. Luego probó un poco así, a palo seco, y le vino un simulacro de arcada. Y después la pereza. Buscó en el fondo del armario de la leche y nada, sólo la leche de soja amarillenta, y en la nevera los limones de siempre y un yogur de frutas del bosque.
Así que bajó de nuevo al súper y esta vez tardó tres minutos cincuenta y ocho segundos, porque subió las escaleras corriendo, y cuando subía las escaleras corriendo podía ir más rápido que el ascensor, aunque llegara al sexto sudando y con las rodillas a punto del . Tenía la leche no de soja para añadir la masa a medio hacer, y sin quitarse los zapatos reanudó la mezcla. La masa, sin embargo, se había quedado adherida al bol, así que decidió comenzar de nuevo y resulta que no tenía suficiente de nada, y tenía que bajar al súper de nuevo.
Y esa es la explicación de que el vecino del sexto entrara en un bucle infinito hace dos días.
Ahora sólo nos queda cruzar los dedos para que el vórtice no se abra de nuevo.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Hipervínculo



Ayer me puse a mirar las opciones del Word con curiosidad malsana y pulsé la opción “hipervínculo”.
Salió un señor pequeñito de la pantalla (como los de Murakami, supongo, aunque sin varias lunas) y me comenzó a hablar de los beneficios del matrimonio y de la necesidad de los hijos y de todo eso, que todo es metatexto y que para qué esbozos y guardagujas y que déjalo y vete a Kerouac:
“De pronto caí en la cuenta de lo absurdo de mi humanidad de necio acuclillado también, la gilipollez de forma infinitamente vacía, como si de pronto me oyera estornudar en la Calle silenciosa en plena noche & sonara como si fuera otro”.
Y he aquí la causa de mi cambio de opinión.
Un botón del Word y mi curiosidad malsana. Y la promesa de sexo periódico.
Si a Murakami le funcionan estas cosas, ¿por qué a mí no?

martes, 6 de diciembre de 2011

Día libre



Me levanté un momento y ella se quedó esperándome tumbada. Se sujetaba con la mano izquierda la cabeza y miraba hacia el techo, evaluando la situación a la que la había conducido la penumbra.
Qué peligrosa la penumbra y sus fronteras.
Se imaginó en aquella cama, con los pechos desnudos y fríos, los remolinos en el pelo y el maquillaje derrotado, y se le cerraron los ojos como trámite para huir de aquella casa. Podría relajarse y pensar que no estaba tan mal, que la cama estaba limpia y el chico parecía culto y aseado, y que aquello no parecía impostado, sino que sin duda formaba parte de su cotidianeidad.
Le habían sorprendido los libros encima de la cama. Le pareció un poco perverso que allí se follara en medio de Doctorow y Vargas Llosa. Y petulante. Aunque tal vez el chico se divertía mirando los títulos de los volúmenes y recitando en voz baja los nombres de los autores mientras penetraba a sus amantes. O a lo mejor el asunto iba más allá y aquello era una forma de considerar a la poesía un punto de partida de todo, o una excéntrica manera de relacionar lo genital con lo tipográfico o lo alegórico.
Además, pensó, el chico gana desnudo. Últimamente había tenido que recoger demasiadas babas viejas y estaba cansada de las nalgas arrugadas de los hombres con traje, y del sudor fétido y del olor a semen rancio y del aguantar tanto peso y tanto pelo sobre las piernas abiertas.
Esto era un descanso. Casi como un día libre. Me imaginaré que es mi novio, se le escapó mientras dormía.
Pero yo había pagado por adelantado y grité y la desperté y la llamé puta.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Lo mejor



Lo mejor de todo es ser niño.
Lo segundo mejor de todo es escribir sobre ser niño.
J.M. Barrie

Lo mejor de que seas tan adulta es que, contigo, puedo ser todo lo niño que quiera,
y cavar agujeros para que caigan los intrusos,
y cazar arañas con mi imaginación,
y hacer trampas con el calendario de Adviento,
y escuchar cuentacuentos con el radiocassette de mi abuelo (pasando las canciones, que no me gustan demasiado, excepto la de debajo un botón, ton, ton).
y mirar cómo la gente pasea por la muralla y salta las cañoneras,
y ordenar otra vez mis tebeos,
y oler la goma de borrar,
y saltar en la cama,
y luego construir un fuerte con las sábanas,
y sólo te dejo pasar a ti, para que sigas siendo adulta,
y yo tan niño.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Elecciones (V)



Hoy he dejado lo de votar para después de comer, para evitar colas y porque yo en la sobremesa tengo un talante mucho más progresista; de mañanas, como me haya levantado con el pie cruzado, puedo hasta ser de derechas, y estos tíos no lo necesitan, al menos hoy. Bien, pues he llegado al colegio electoral –que lo tengo al lado de casa– he cogido una papeleta de los de siempre y la he metido en el sobre blanco. Después le he dejado mi carné a uno de los de la mesa, me han dicho “vota”, pero, cuando he ido a introducir el sobre en la urna, resulta que no había urna.
He preguntado, con toda la discreción que me caracteriza, que cómo iba a votar, si no había urna, y me han dicho que las urnas estaban de huelga hoy.
Precisamente el día de las elecciones, he preguntado de nuevo, y me han contestado que claro, que qué día si no iban a hacer huelga las urnas electorales. A pesar de la lógica aplastante del argumento, he insistido en mi pesquisa con una –aguda– observación. Algo así:
Qué desfachatez la suya animarme a votar cuando en realidad era imposible.
Pero, de nuevo, me han contestado con un argumento que ha pulverizado mis afiladas intenciones.
Hasta ahora nadie se había quejado.
Y he pensado en voz alta que hasta aquí habíamos llegado, que no iba a ser yo el primero. He dado media vuelta y he salido del colegio con el sobre en la mano, que he procedido a depositar en el primer contenedor azul que he visto. Ante todo, sostenibilidad.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Orden



Hoy nos ha dado a mi mujer y a mí por ordenar una de las librerías, aquella donde tenemos conviviendo a los libros de fotografía y cine con las literaturas portuguesa, centroeuropea, sueca, japonesa y rusa. Siempre nos ha inquietado esta combinación, pero fue fruto del cansancio, no nos juzguen: cuando uno lleva cuatro horas clasificando autores castellanos, catalanes, latinoamericanos, ingleses, norteamericanos, italianos, alemanes y franceses, lo último que desea uno es dedicar más tiempo a la biblioteconomía y documentación. Es el momento de crear el grupo “otros”, también llamado “miscelánea”, donde agrupar todo lo demás, lo que no se quiere y lo que no se sabe.
Esa precisamente es nuestra librería de fotografía, cine y literaturas portuguesa, centroeuropea, sueca, japonesa y rusa, que es la misma que nos ha dado por ordenar hoy domingo lluvioso. La operación ha comenzado con la extracción de los libros de los estantes y su disposición en el suelo del cuarto de estar en montones temáticos, tarea complementada con el comentario compartido acerca de los libros que ya hemos leído y que no recordamos, y acerca de los libros que no recordamos que existen y que aún no hemos leído. Es algo que disfrutamos casi tanto como el sexo, la escritura de haikus o la crítica corrosiva de la filmografía de Lars von Trier.
Cuando hemos comenzado con la literatura centroeuropea, detrás de uno de los volúmenes del Larsson ha aparecido un señor del PP. No nos hemos sorprendido, porque es algo que abunda en estos tiempos de prima de riesgo, así que simplemente lo hemos apartado un poco y hemos seguido con lo nuestro. Sí que le hemos saludado, que educación no nos falta.
Buenos días
Le hemos dicho. Ocupado como estaba en su derechismo, no se había dado cuenta de nuestra presencia hasta ese momento. Nos miró, se le puso la cara blanca, pegó un respingo y corrió a refugiarse detrás del ejemplar de El alquimista. Y ahí se quedó y allí sigue. Y tiene pinta de no largarse. Yo de momento he ido a comprar una trampa para ratones, a ver si funciona también en estos casos.

domingo, 6 de noviembre de 2011

7 menos 1



En el decimoquinto año después de Lehman Brothers, el G-20 tomó la decisión unilateral de suprimir el domingo. En un primer momento se pensó en, simplemente, eliminar el rojo de los calendarios, pero los cristianos y, sobre todo, algunos sectores de la izquierda se opusieron de forma rotunda. Así que se optó por la solución de eliminarlo y punto.
Por tanto, 2024 fue el primer año sin domingo. Del sábado se pasaba al lunes y ya está.
El sábado se convirtió en el nuevo domingo y el viernes siguió siendo viernes, así que técnicamente lo que desapareció fue el sábado, con todo lo que implica algo así: continuaron existiendo los suplementos dominicales, pero también las tardes de domingo, las resacas, las comidas familiares y, por supuesto, la misa, el fútbol y carrusel deportivo. Lo que sucedió es que todo pasaba en sábado y ya no valía eso de ya lo haremos mañana, que es domingo.
Al principio nos costó, pero luego nos acostumbramos, e incluso los lunes dejaron de ser tan lunes y pasaron a ser un día más. Y los sábados estaban muy bien, pero eso ya se supone.
Lo que luego se supo fue que, en realidad, el domingo seguía existiendo y los del G-20 lo tenían escondido, que sus familias continuaban yendo a misa con calma y dejando cosas para mañana y que mañana seguía siendo fiesta, y que en sus vidas todavía había un sábado y un domingo, con todo lo que implica algo así.
Sus lunes, sin embargo, eran tan lunes como lo eran antes.
Por eso no nos quejamos. Que se jodan los del G-20 y sus familias y sus lunes.

domingo, 30 de octubre de 2011

Miedo



Qué miedo el teléfono.
Y la gente, y el color blanco de mi oficina y la ausencia de ti.
Qué miedo las causas del desastre y estar solo entre tanto plástico y qué miedo pasado mañana.
Qué miedo las respuestas y el sudor y las horas y el paisaje extraño.
Me da miedo la supervivencia precaria de lo reconstruido, el calor de guardería, la luz de ahí afuera que tanto deslumbra. Y la mirada vaga, los pretextos y los tiroteos, el ruido que cesa a las seis y cuarto, la reina de corazones y la versión definitiva.
Y qué miedo la extensión de cuatro cifras y el dolor de decir cualquier cosa.
Y, sobre todo, qué miedo yo. 

sábado, 29 de octubre de 2011

Ansiedad



Un día de esos en los que sale casi todo bien, pero lo que sale mal es muy sonoro –como todos en este otoño– creció tanto su ansiedad que el corazón se le metió en el estómago y quiso viajar por el esófago para confundirse con las amígdalas, pero en vez de hacer eso se le salió por la boca y lo puso todo perdido.
Quiso disimular, pero la oficina era de aquellas diáfanas, donde todo se ve y nada se siente.  Todos se dieron cuenta; primero, su compañero de al lado, que no se sorprendió demasiado –llevaba tiempo en la empresa y se ve que esto había sucedido con frecuencia en épocas anteriores– y después los de enfrente. Éstos, más impresionables, reaccionaron con asco. Uno hizo un ademán de llamar al jefe, o quizás a una ambulancia, pero decidió esperar a ver qué pasaba.
Pasó que el de la ansiedad intentó en vano volver a tragarse su víscera sangrante. En vano digo, porque sólo consiguió teñir de rojo el blanco inmaculado de su cuadrante. El corazón se le resbaló de las manos y, a saltitos, se deslizó de la mesa al suelo, donde rápidamente se formó un charco de hemoglobina.
Fue entonces cuando sonó el teléfono. Eran los de recursos humanos, por supuesto.
A nadie le sorprendió el despido.
Tampoco que siguiera vivo después de todo aquello, con tanto derroche de sangre y el corazón por ahí, en alguna papelera. 

jueves, 20 de octubre de 2011

H



Hoy, como todos los domingos, me he levantado temprano y he ido a comprar el periódico con el chándal encima del pijama. En realidad mi pijama tiene pinta de chándal y mi chándal tiene pinta de pijama, pero no podría soportar el qué dirán y, por si acaso, disfrazo mi nocturnidad de deporte.
En fin, que he comprado el periódico y ya en casa, de nuevo en pijama visible, me he percatado de que las páginas estaban llenas de haches mayúsculas. Me he indignado inmediatamente, por supuesto. Me he vuelto a poner el chándal y he bajado a cambiar el diario, a pesar de que el suplemento –un especial de Moda muy sugerente– parecía de lectura entretenida. El quiosquero no ha dicho nada ante mi desplante y se ha limitado a señalar el resto de periódicos con indiferencia.
Los he mirado con tranquilidad, parándome en cada portada y abriéndolos por la página 2, por la 28 y por la 34. Haches mayúsculas por todas partes, en titulares, entradillas y cuerpos de la noticia, en pies de foto y frases entrecomilladas, en forma de desafiantes capitulares y grotescas negritas; haches mayúsculas en columnas, reportajes y artículos de opinión; en Internacional, Nacional, Deportes e, incluso, en la programación televisiva.
Una gran hache mayúscula entre líneas.
Así que he acabado de hojear el último de los periódicos, ése que nadie lee, y me he comprado la Cuore. Pensándolo bien, combina mucho mejor con mi chándal.

miércoles, 12 de octubre de 2011

5.47



Aunque tú no lo entiendas, en el fondo me gusta el insomnio. Te lo explicaré.
Me encanta la conciencia de estar en la cama contigo y sentir tu respiración casi transparente.
(Prescindiría, eso sí, de todo lo que me retumba dentro para sólo ser consciente de ti y de tu respiración)
En el insomnio se me ocurre pensar –ya sabes, yo siempre con mis ideas farsantes–  que eres una funambulista, que vas por el sueño con tu respiración transparente, guardando el equilibrio sobre un invisible hilo de nylon. Si soplo, te caes y te despiertas asustada; si en mis sueños aparece algo que no seas tú, te mueves y te precipitas al vacío; si miras hacia abajo, lo juzgas todo y pierdes el pie y apareces en la cama a mi lado y me abrazas para huir de las dudas.
En el insomnio me da por intentar imaginar qué es lo que piensas y te coloco en medio de pelis de aventuras o de series de policías. Tú siempre eres aquella que sabe dónde está el tesoro o en qué esquina venden la coca más pura. Y luego vas y los arrestas a todos y en la comisaría eres la rara y a mí me encanta que lo seas.
Y también –eso me ha pasado hoy mientras dormías a mi lado– pienso que eres la mejor esgrimista del mundo y que ahora te han contratado para ser asesina a sueldo y esperas a que me duerma para matar a los malos y luego volver a esta cama y sobre tu invisible hilo de nylon y tu respiración transparente.
Por todo esto me encanta la conciencia de mi insomnio.
Por todo esto y porque al final te despiertas y dejas de ser funambulista, policía, maestra de esgrima o asesina a sueldo y vuelves a ser tú y me abrazas para huir de las dudas.
¿Entiendes ya por qué me gusta el insomnio?

sábado, 8 de octubre de 2011

La verdad



De tanto decir la verdad, la verdad se le gastó y sólo le quedaron mentiras, y ya no hubo manera de fiarse de él. Cuando las mentiras se le gastaron y pasó a las medias verdades, era demasiado tarde y nadie le hacía ya caso por ahorrarse el esfuerzo de distinguir la parte que era verdad y la parte que era mentira.
Como nadie le hacía caso, comenzó a perder palabras; primero las conjunciones y sólo le quedó y; y luego los adjetivos dejaron de salir de sus cuerdas vocales, y se convirtieron en sólo cuerdas. Y casi al final perdió la puntuación y las comas y los puntos y coma y los puntos y lo que decía sólo lo entendía su madre y el dependiente del paqui de la esquina -por eso de la subsistencia- y pensó quedarse en casa y volver a decir la verdad con desgaste y recuperar todo lo perdido empezando por alguna coma, y las conjunciones, y también  los puntos, que tan necesarios son cuando se está leyendo y se pierde el aire (interno).
Diciendo verdades desgastadas, con todas las comas, todos los puntos y comas y todos los puntos y todos los adjetivos y todas las conjunciones, y también las locuciones adverbiales, como por ende o habida cuenta, creyó que lo mejor era callarse, porque la verdad, aunque sea desgastada, ya no le importaba ni a su madre ni al paqui de la esquina, y, claro, mucho menos a toda la gente por conocer.
Su silencio era de todo menos sincero, eso sí.

sábado, 1 de octubre de 2011

A medias



Cuando empecé a salir contigo me dijiste que tu peor defecto era que lo dejabas todo a medias. No será para tanto, pensé, y al poco te pedí que nos casáramos.
Luego resultó que sí que era para tanto, y no sólo hablamos del sexo, sino de todo lo demás. Contigo los días comenzaron a acabar temprano –a mediodía, por supuesto– las películas nunca llegaban al Theend y los libros se agotaban después del prólogo. Desde que nos casamos no recuerdo un postre, los besos suenan a medias y el insomnio nos despierta a las cuatro de la mañana, pero sólo de lunes a miércoles; de jueves a domingo, no conseguimos dormir hasta las cuatro.
Esto podría tolerarse, igual que tu pasión por la media jornada, el cuarto creciente, el cuarto menguante y las medias tintas. Incluso tiene algún incentivo, como tu gusto por las medias de encaje o tu afición al fútbol –por lo de los medios centros y los mediapuntas–, aunque habría estado mejor si te hubieras olvidado de los pantis y consiguiéramos pasar alguna vez del minuto 45.
Lo peor fue cuando tuvimos el primer hijo, que nació a medias. Nacer, nació, pero sólo de cintura para abajo. Yo habría preferido de cintura para arriba, pero es lo que hay. Es mi hijo y lo quiero como si fuera un hijo entero.
Gracias a dios que él no deja las cosas a medias. Es meticulosamente perfeccionista y sus pies no descansan hasta que acaba lo que está haciendo.
En esto ha salido a mí. Estarás conmigo, aunque sea a medias.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Cuento sin perdices



Ningún cuento terminaba
“Y fueron felices y comieron perdices”
Porque las perdices no le gustaban, o más bien no sabía si le iban a gustar, que no las había probado todavía. Y la verdad es que cuando, de mayor, las probó, tampoco le fascinaron esos pajaritos tan pequeños metidos en una lata.
Todos los cuentos terminaban
“Y fueron felices y los reyes le trajeron el barco pirata de playmobil”
Porque era eso lo que quería. Eso y nada más.
Pero en realidad los cuentos no terminaban así, porque ningún cuento termina así. Nadie se imagina a Blancanieves o a la Bella Durmiente pasando del príncipe para jugar con su barco pirata, o a los tres cerditos regodeándose ante el cadáver del lobo mientras surcan los siete mares con un parche en el ojo.
No, no, los cuentos no pueden acabar así.
Excepto éste, que como es para ti, termina de esta manera:
Y fueron felices y los reyes le trajeron el barco pirata de playmobil.


domingo, 18 de septiembre de 2011

Intensidad



Comenzó a engordar de forma exagerada. Sí que le gustaba lo de comer, pero las calorías se le iban por la boca tal y como entraban; que era de natural nerviosa, ansiosa y alocada le decían, que nada que hacer con lo de intentar ser feliz, que su espíritu estaría siempre ligado a la acción de las llamas. Por eso no le encajaba la ganancia de kilos: acostumbrado su organismo a reconcomer y a volver terrible la existencia, rebañaba las grasas y llegaba exhausto a las noches, y durante las noches despertaba de los sueños con miedo a extinguirse, tantas eran las veces que caía a un pozo o se despeñaba su yo inconsciente por un precipicio sin fondo visible.
Veinte, treinta, cuarenta kilos más y aquello no se interrumpía, y dejó de comer y engordó todavía más, hasta doblar su, hasta entonces, pequeño volumen. Acudió a algunos médicos que descartaron excentricidades tiroideas, metabolismos perezosos y ataques de pánico de los lípidos, hasta que uno, visionario y sin prisa indecorosa, descartó la locura intestinal y le puso los ojos en su espejo.
Rebaje su intensidad, le dijo; relájese, no discuta, ceda, deje que el agua le resbale y no sólo el agua; atraviese lo peor con poca alforja, olvídese de tener siempre razón y entréguese a la duda. Reflexione, piense, quítese énfasis y viva un poco más. Eso es lo que sucede.
Simplemente se ha puesto usted en negrita, acabó el médico. Y no le dio pastillas, pero sí la baja, y así la dejó ir, más preocupada y más en negrita aún, amenazando con escribirse en mayúsculas, gritando de dolor y harta de intensidad.
A los pocos meses volvió de la baj a y estaba delgada otra vez y como en cursiva. Pero eso es otra historia que no tiene nada que ver con su intensidad y su negrita.
Así que así la acabo.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Out



La tenista le dio de revés y pegó uno de esos gritos que pegaba, aunque en esta ocasión más fuerte. Tanto, que la pelota se desintegró y también ella misma, pero como a nadie le caía bien, pues a nadie le dio pena.
Sólo nos quedó la duda de si la rival ganaba por abandono o por desintegración, y si eso era así, qué es lo que podría implicar en ese torneo, por si se podía sentar algún tipo de precedente. Todos miramos al juez de silla. Parecía un poco confundido. Seguramente aquella situación no figuraba descrita en el reglamento y, claro, eso suponía un gran contratiempo. Bajó de la silla y se dirigió a los restos de la tenista desintegrada.
Los miró detenidamente. Luego hizo un gesto con la mano y dijo
Out.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Salto de página



Pulsó en el menú Insertar > Salto de página.
Y saltó de página. Tanto, que se pasó de largo. De hecho, batió el record mundial de salto de página, pero no sale en los libros porque se ve que tiene que haber jueces o algo por el estilo, y esta coyuntura se dio con él solo en casa.
[De todas maneras, contaba con demasiado viento a favor, así que tampoco habría sido legal, según reza en el reglamento del salto de página]
Frustrado, quiso pulsar Ctrl + Z, pero se equivocó. La coordinación manual no era lo suyo, que ya lo decía su madre, y lo de las dos teclas a la vez fue excesivo para ese momento de proverbial excitación.
No sabemos qué teclas pulsó, aunque sí que lo encontraron a los pocos días solo, desnudo y maniatado en una granja de Connecticut.
Pasa a menudo, comunicaron fuentes de Microsoft. Seguramente en el próximo Office este error ya estará corregido y nadie podrá batir más el record mundial de salto de página.
Sobre lo de la granja de Connecticut no dijeron nada, por cierto.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Fábula de ruedas

La rueda se cansó del hámster y lo expulsó violentamente de su interior. El animal quiso volver a dar vueltas, pero de nuevo la rueda se deshizo del roedor empujándolo contra los barrotes de la jaula.

El hámster volvió a probar de subir a la rueda, pero desistió al decimosexto intento, cuando ya tenía el cuerpo dolorido y se le había magullado un diente. Luego se puso a buscar otras ruedas en las que dar vueltas, pero era una celda pequeña, de las que venden en el mercadillo de los sábados, y sólo tenía una rueda, y esa rueda se había cansado del hámster. El hámster quería dar más vueltas y no tenía rueda. Qué tragedia.

A los pocos días, el hamster murió de aburrimiento, diabetes y un infarto de miocardio. Y eso que le habíamos dejado abierta la puerta de la jaula, pero no se atrevió a salir. Sólo quería dar vueltas en una rueda, y no tenía más rueda que esa que no lo quería.

Curioso animal.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Guiones


Siempre me he preguntado por qué en los libros

- hablan con un guión delante.

Y he imaginado a la gente echando guiones por la boca, pidiendo la palabra, gritando de placer, insultando.

- porque todo queda más claro, quizás

- o porque es la forma que el personaje tiene de decir “eh, oiga, tengo un guión delante, hágame caso”.

Las comillas es otro cantar.

- pero otro cantar que queda mejor con guión.

Así que parece que todo discurre sin problemas narrativos, pasando por las descripciones y por las historias de alguien y otros más, navegando por los párrafos, descubriendo lugares nuevos y sentimientos por explorar.

- y de golpe llega el guión alterándolo todo.

Por eso si te tengo que decir que te quiero mejor lo hago sin guión.

- porque no necesito guiones para que quede claro

- porque no tengo que pedir la palabra

- porque todo queda por explorar

- y todo son lugares nuevos

Te quiero y punto.

- sin guión.

Y sin comillas.


martes, 30 de agosto de 2011

32

Se despertó y agosto seguía allí, en plan plagio e ironía mordaz de la existencia, ambas cosas. Era 32 por primera vez, y fue extraño todo, porque no le llamó la atención y siguió su rutina habitual de café, ducha, telediario de la uno mientras volvemos a la realidad po-co-a-po-co. La locutora dijo claramente “hoy 32 de agosto” y entonces reaccionó y decidió volver a ponerse el pijama y a la cama.

Tuvo un sueño interesante, sin más. Volvió a sonar el despertador. Y ahora sí, era 1 de septiembre, con todo lo que implica y mucho más.

Septiembre

No quiso ir a trabajar y se quedó en la bañera.

Nadie le había dicho que a las tres horas comenzaría a disolverse como una pastilla efervescente, y eso fue lo que pasó.

De ella quedaron unas burbujitas muy pequeñas, diminutos suspiros que dejaba escapar el agua y que recorrían el líquido de norte a sur.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Dual

“Mi cuerpo está profundamente ligado al cuerpo de mi mujer. Tengo en realidad dos cuerpos, y de hecho es mi vida entera la que es doble. Aunque careciera de cerebro, como un animal de laboratorio, mi cuerpo seguiría estando enamorado del cuerpo de mi mujer [...] Cuando hacemos el amor, nuestra intimidad es lo más precioso, y nuestro placer depende totalmente de ella. En realidad hacen el amor dos cuerpos que se conocen infinitamente y que, no obstante, no se sacian nunca de redescubrirse”.

Mircea Cartarescu, Por qué nos gustan las mujeres (fragmento)


Últimamente una pareja de amigos ha comenzado a vivir de forma simultánea en los cuerpos de uno y otro. Tienen una existencia dual, solidaria y compartida, con sentimientos, emociones y experiencias comunes. Podría decirse que ahora tienen una mente y dos cuerpos, con todo lo que implica de romanticismo, ternura y fantasía de pareja. Están encantados, sobre todo con los momentos de éxtasis místico y terrenal, altamente satisfactorios. Siempre se los apuntan satisfactorios.

A mí me pasó hace tiempo también con una novia finlandesa que tuve. No sé si es que es cosa común allí en los países nórdicos, pero a ella no le llamó demasiado la atención. A lo mejor es que era sosa, sin más.

Yo, sinceramente, pasé pronto del rollo éste de la existencia simultánea, de vivir a la vez en su cuerpo y en el mío. Ya en la primera regla vi que eso no era para mí, no sólo por el insoportable dolor, sino porque soy más bien asquerosito. Además, sigo buscando el romanticismo en el hecho de ir tantas veces al cuarto de baño –sumen a las suyas, las mías y con todo lo flatulento y etcétera– y en una existencia propensa a la migraña. Si a esto añadimos una profunda y dolorosa vida interior, un complejo de Electra sin superar y una hipocondría crónica, mi existencia tuvo de todo menos ternura y pasión. Ella tampoco lo tuvo que pasar bien con mi gingivitis, faringitis, hipertensión, egocentrismo, tanorexia y tendencias depresivas. Del sexo no nos quedaron ni los restos, por cierto.

Espero, pues, que mis amigos se metan la existencia común por donde les quepa. Por cierto, últimamente no hay quien los soporte con la mierda de la telepatía.


martes, 23 de agosto de 2011

El rompeolas

Te vi de pie sobre el rompeolas. Mirabas el mar como buscando algo, como quien revuelve en una montaña de libros y quiere el que está más enterrado. Creo que te fijabas en un velero que estaba bastante lejos, o quizás en un extraño envoltorio que bailaba, mecido por el agua; la cuestión es que estabas absorta, ni mucho menos miedosa, sino tranquila, sin frío ni miseria, de pie sobre el rompeolas. Ya te había visto alguna otra vez por el pueblo y me habías gustado, pero ahí en el rompeolas me pareciste mía. Deseé abrazarte y besar tus labios de niña, quise notar tu sudor en mis mejillas, descubrir el tacto de tu espalda en mis manos. Eso lo deseé nada más verte en el rompeolas, en unas milésimas de segundo. No sé si era el sol y las sombras que se te formaban en la cara, o el viento, que en ese momento se había despertado travieso y quería meterte el pelo en los ojos, pero me vino como una revelación súbita y eché a correr hacia ti. Te quería, siempre te había querido, y lo grité, y la gente se giró para mirarme y seguramente pensar que qué loco está éste, pero me daba igual, porque ansiaba desnudarte y sentir tus pechos moverse con mi respiración y jugar con tu vello púbico y recorrerte las piernas con mi boca. Y lo grité y la gente se giró. Y tú también te giraste, asustada. Pudiste hacer un montón de cosas, pero sólo se te ocurrió saltar al vacío y perderte en el rompeolas. Cuando llegué ya era tarde y me quedé mirando, buscándote, revolviendo el mar para encontrarte. Deseé abrazarte y besarte, pero en el mar sólo había un velero, bastante lejos, y un extraño envoltorio que bailaba, mecido por el agua.

lunes, 22 de agosto de 2011

Por qué me gustas con tacones


Cada tarde de agosto paseabas hasta el muelle y te sentabas en la barandilla. Explicabas que así se sentía más el viento, que las palabras te salían más fácilmente, que se te iban todas las preocupaciones o cosas por el estilo. Yo me quedaba abajo. Te decía que era porque me venía el vértigo, pero era para mirarte en plano contrapicado, que es el que me gusta. Si hiciera una peli sería toda en plano contrapicado, como Ciudadano Kane. ¿Te acuerdas cuando la vimos en el Bretón? No nos fascinó a ninguno de los dos, nos aburrimos bastante, pero no nos atrevimos a criticarla, porque en aquella época no éramos de poner verde a los clásicos aunque se lo merecieran. A mí me gustó lo del plano contrapicado, que siempre se vieran los techos y los cielos, aunque en el fondo Welles lo hiciera por pura arrogancia, quién sabe. Cuando te sentabas en la barandilla era como tenerte en ese plano contrapicado de Ciudadano Kane. Me mirabas agachando la cabeza y tu voz sonaba como más sonora, o eso me parecía a mí, y tu nariz dejaba de desagradarme, y tus pechos se hacían más grandes, y las piernas se te volvían más largas. Quizás fuera eso simplemente, vete a saber. Y quizás fuera por eso por lo que me gustas con tacones, porque ahora no tenemos muelle y es tu forma portátil de sentarte en la barandilla para que te dé el aire o cosas por el estilo, y yo te mire desde abajo, sin vértigo, en ese plano contrapicado de Ciudadano Kane.

Indignado


El verano es tiempo de experimentos y de mucha realidad terrenal y de libro en prosa. En verano te da por pensar en cosas. En verano me confesé por última vez y diez minutos después me hice agnóstico por no volverme ateo, que me parecía demasiado fuerte, y siempre he sido de talante más bien moderado. En verano decidí ser heterosexual y en verano abandoné las bicis por las películas y los libros.

Este verano me ha dado por la rebeldía y he probado a no cepillarme los dientes, a ver qué pasaba. Todas las noches desde que tengo conciencia me he lavado los dientes, primero con Colgate Junior –el de la estrellita– después con el Colgate azul y más tarde con dentífricos de marca blanca. En la adolescencia incorporé el cepillado matutino y antes de los veinte, frente la experiencia de la primera caries y el primer empaste, lo de lavarme los dientes después de cada comida, con cepillo eléctrico y colutorio complementario. Desde entonces he cumplido con rigor infinito con este ritual, e incluso cuando las circunstancias del alimento y la bebida han dificultado abluciones posteriores, siempre he buscado la forma de quitar todo resto de comida de la boca y, en la práctica, esterilizarla completamente. Además, he cumplido de manera diligente con los consejos de las autoridades sanitarias y cada año visito al dentista; en realidad, voy a dos, por aquello del contraste de opiniones.

Aun así, mi historial dental resumido se compone de doce caries, cuatro reconstrucciones, dos puentes y cinco prótesis, además de una gingivitis crónica y una halitosis que hacen que mi vida sea ligeramente desagradable.

Por eso me he rebelado y he dicho basta a la higiene bucal. Soy un indignado más. Y miren que desde la última ocasión que un cepillo me tocó los molares han transcurrido ya dos meses y mis encías no han vuelto a sangrar, mi aliento sólo huele a menta y hasta me han desaparecido dos caries que ya amenazaban con cargarse un premolar. Además, en el tiempo que no dedico a lavarme los dientes ya he escrito una novela y una colección de cuentos –de dudosa calidad, eso sí.

Es decir, que gracias a esta decisión he recuperado la salud bucal y he ganado en alegría y paz de espíritu. Les animo a probarlo: no se cepillen los dientes, no enseñen a sus hijos cómo hacerlo –que elijan ellos mismos su camino cuando sean mayores– y, sobre todo, olvídense de las visitas al dentista, que ahí no se aprende nada. Indígnense.


domingo, 21 de agosto de 2011

Kilos

- ¿Si pesara trescientos kilos me seguirías queriendo?

Bam. La pregunta de las vacaciones. Precisamente hoy, que se me acaban y que empiezo a ver cómo se abre el ascensor en la planta doce y que me ciega aquel resplandor blanco de lo que hay que hacer y que tú desaparecerás casi todo el día y que te veré cansada y aparentemente seria y terriblemente bella y que luego volverás a desaparecer.

Precisamente hoy, me haces esa pregunta.

- ¿Si pesara trescientos kilos me seguirías queriendo?

Ante mi silencio, repites. Ya te escuchado, aunque me falte la función fática en los gestos y tenga la memoria corta y el entendimiento poco capaz, pero a veces prefiero precipitarme a la tumba antes que contestarte. Como aquella vez que arqueaste las cejas y me interrogaste sobre filosofía alemana o cuando te dio por repasar los fundamentos teóricos de tus preocupaciones más genuinas.

- ¿Si pesara trescientos kilos me seguirías queriendo?

Sé, cariño, que se te ha ido la mano con el jamón este mes, pero para qué están las vacaciones si no. Te miro y remiro y pienso en las gambas, las navajas y chipirones, los solomillos de ternera y aquellas botellas de vino en los merenderos de mediados de agosto, y en lo felices que brindamos por Orwell con cava extremeño, que era lo único que había. No estaba mal, por cierto.

- ¿Si pesara trescientos kilos me seguirías queriendo?

Te respondo por fin, por huir del modo interrogativo y calmar la ansiedad y la generación de ficciones inútiles.

- Si te quiero con cuatrocientos, te querré también con trescientos. El amor no se disuelve en la grasa.


viernes, 5 de agosto de 2011

Felices vacaciones

- Ay, cariño, me gustaría meterme en tu maleta y que me llevaras contigo.

Dicho y hecho.

No eras precisamente pequeña y tuve que prescindir de varios jerséis y todos los calcetines, pero cupiste. Y sin mutilaciones, que en cierto momento las creía necesarias.

Llegaste deshidratada, deformada y, por supuesto, muerta, pero llegaste.

Ahora estamos juntos, también en vacaciones.

Felices vacaciones.


sábado, 30 de julio de 2011

Cupones

Resulta que estaba yo el otro día navegando por estas webs de descuentos y me encontré con mi mujer de oferta. Fue toda una sorpresa, ya que ella es de espíritu más bien burgués. No va en transporte público, jamás ha comprado ni un yogur en el Mercadona y no la he visto nunca sudando. De hecho, se abonó al Liceo pero sólo va una de cada tres óperas, porque dice que la costumbre lo vulgariza todo y que en el fondo allí también abunda la chusma. Una vez se salió de un recital de la Gheorghiu porque después de un aria alguien osó gritar “bravo” en vez de “brava”. Lo juzgó inadmisible y de una falta de clase.

Por supuesto, mi mujer no comulga demasiado con estas prácticas que democratizan los masajes y los restaurantes de lujo. Cuando se enteró de que esto de los cupones y la compra colectiva existía, escribió una carta al director de La Vanguardia abominando de la costumbre de la gratuidad y de la falta de escrúpulos de las empresas en aras de un aumento de la facturación. Recuerdo sus frases finales: “como sigamos permitiendo descuentos de esta categoría en servicios tradicionalmente destinados a una minoría, la burguesía exigirá mayores privilegios y será el fin del sistema social tal y como lo conocemos. El proletariado será la nueva clase alta y la clase alta se convertirá en clase superalta. Un disparate”. Evidentemente, no se la publicaron, pero se quedó a gusto.

Esto no encaja con habérmela encontrado de oferta. Y al 60% nada menos.

Me inscribí en la promoción, porque tenía curiosidad, claro. Estoy pendiente de que me dé hora, pero ya me ha dicho que está la cosa chunga y que me tocará para marzo o así, y es probable que para entonces el cupón esté caducado.

Sí, creo que se trata de una nueva versión del dolor de cabeza. Y encima, con descuento.


domingo, 24 de julio de 2011

Silencios

Me gustan nuestros silencios de domingo por la tarde. No voy a decir eso de que son silencios que hablan o se convierten en música, porque no es así; son silencios sin lugares comunes y sin cursiladas de relato de cogerse de la mano o de mirarse a los ojos y demás. Son como el silencio de dejarte dormir, o de cerrar la puerta despacio, casi vocalizando, o como el silencio de marcharse muy temprano por la mañana, o como el que hay entre los susurros de quererse despacio. En estos silencios yo estoy escribiendo aquí, y tú estás cerca y lees y apuntas frases al margen, y te levantas algunas veces para beber agua o mirar por la ventana y estirarte y de paso besarme.

Me lo imagino como un silencio muy elegante, vestido con un traje años 60 y fumando en pipa, descansando del trabajo en la avenida Madison. Bueno, así más bien te lo debes de imaginar tú, que eres más de esto; a mí me lleva a las campanas de mi pueblo llamando a misa y a la gente paseando por la muralla y a dejar de leer y mirar con los prismáticos por la ventana, a ver si en el río hay mucha gente. En nuestros silencios de domingo por la tarde me siento en mitad de un verano muy largo, cuando hace demasiado calor para salir a la calle y tenemos todas las persianas bajadas. Desde aquí oigo cómo pasas las páginas, cómo te pones triste o sonríes o te sorprendes y achinas los ojos, y a veces me da la impresión de que te interrumpo pensando en mirarte y entonces dejo de pensarlo para que sigas pasando páginas y que todo siga sucediendo en nuestro silencio, que la temperatura no se altere, que la velocidad del tiempo sea la misma y que no haya más palabras que las escritas, y que yo siga escribiendo aquí. Y tú estés cerca.


domingo, 17 de julio de 2011

Abdominales

Esta semana me ha dado por la operación bikini –un poco tarde, lo sé, pero siempre he sido de reacciones lentas– y me he comprado una caja de esos parches que se comen la grasa. En concreto

Eliminan la grasa localizada y reducen volumen corporal. Se logra una reducción generalizada de 2-4 cm de volumen, equivalente a 1-3 kg de peso.

Además de ser de reacciones lentas, también tengo una extrema sensibilidad al marketing. No es broma: empecé a salir con mi primera novia porque llevaba una camiseta que llevaba escrito “New”, y el único trío que he hecho fue motivado por el simple hecho de que eran 2x1.

Pues bien, al llegar a casa con los parches lo primero que hice fue leer las instrucciones del invento y observé para mi desdicha que había que ponerse los pegotes uno a uno y que sólo se notarían efectos a las cuatro semanas. Hice los cálculos y descubrí que estábamos hablando de un mes entero, lo que quería decir que hasta mediados de agosto mi barriga iba a seguir fusionada con mi tórax y que un verano más sin comerme un rosco. No lo iba a permitir.

Así que me puse todos los parches. No juntos, por supuesto, sino en diferentes zonas de mi cuerpo, rebosante a los pocos minutos de cafeína, carnitina y fucus. Me notaba exultante de belleza, orgulloso de metabolismo, pecador confeso de soberbia y nunca arrepentido. Inmediatamente después me desmayé.

Desperté confuso a las ocho horas. Invadido por la emoción, me miré en el espejo y vi que continuaba igual de lipídico y que, además, ahora mi piel era más bien verde fluorescente. Me había convertido en la Masa, aunque sin el coñazo de la mala leche. Tampoco tengo tanto músculo, pero da igual. Mola. En cuanto se me pase la colitis, la migraña y pueda comer algo sólido iré a la playa y me pondré a ligar como un poseso.

domingo, 10 de julio de 2011

Flash-back

Ayer por la noche invité a unos amigos a casa. A cenar y tal.

Hasta aquí todo normal. Mucha gente invita a amigos a su casa, aunque al final quieras que se vayan y que te dejen dormir en paz y tengas ochocientos cincuenta y cuatro platos para lavar y luego al día siguiente tu casa huela a tabaco y tengas resaca. En el fondo lo pasas bien y los invitarías otra vez al día siguiente.

El problema es que ayer se me ocurrió un chiste en el que había que hacer un flash-back y allá que nos fuimos todos. Pasó como con los belgas, que son muy formales, y para allá que nos tuvimos que ir. Mis amigos no sé dónde fueron, pero yo acabé en el patio que había al lado de mi casa, donde pusimos una canasta para jugar al baloncesto y Emilio la rompió. Quería machacar. No le culpo: la verdad es que todos habríamos querido machacar esa canasta y hacer como hacían por las noches en el programa de Ramón Trecet. Pero Emilio pesaba más y cuando la rompió nos quedamos sin canasta y tuvimos que jugar con el alfeizar de una ventana. No era lo mismo, era más fácil, y por eso no ganábamos a la gente de fuera del patio.

Me estoy yendo un poco, aunque en eso consisten los flash-back, que sabes cuándo empiezan, pero se pueden convertir en el Padrino II y durar tres horas y media. O más, porque yo llevo en él desde ayer y no sé cómo volver. Aquí no hay móviles para llamar al ahora ni nada parecido. Llamábamos a casa y ya está y no había alternativa y la gente se sabía los números de teléfono de memoria.

No sé a qué número llamar para volver y creo que me quedo un rato jugando al baloncesto con el alfeizar de una ventana y metiendo más triples seguidos que Larry Bird y Clyde Drexler juntos. Total, cuando vuelva seguro que está todo igual y los ochocientos cincuenta y cuatro platos sigan ahí y la casa todavía huela a tabaco, y a lo mejor se me ha pasado la resaca, porque estoy en racha: voy por los 32 puntos y no ha terminado el primer cuarto.


 
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