martes, 23 de agosto de 2011

El rompeolas

Te vi de pie sobre el rompeolas. Mirabas el mar como buscando algo, como quien revuelve en una montaña de libros y quiere el que está más enterrado. Creo que te fijabas en un velero que estaba bastante lejos, o quizás en un extraño envoltorio que bailaba, mecido por el agua; la cuestión es que estabas absorta, ni mucho menos miedosa, sino tranquila, sin frío ni miseria, de pie sobre el rompeolas. Ya te había visto alguna otra vez por el pueblo y me habías gustado, pero ahí en el rompeolas me pareciste mía. Deseé abrazarte y besar tus labios de niña, quise notar tu sudor en mis mejillas, descubrir el tacto de tu espalda en mis manos. Eso lo deseé nada más verte en el rompeolas, en unas milésimas de segundo. No sé si era el sol y las sombras que se te formaban en la cara, o el viento, que en ese momento se había despertado travieso y quería meterte el pelo en los ojos, pero me vino como una revelación súbita y eché a correr hacia ti. Te quería, siempre te había querido, y lo grité, y la gente se giró para mirarme y seguramente pensar que qué loco está éste, pero me daba igual, porque ansiaba desnudarte y sentir tus pechos moverse con mi respiración y jugar con tu vello púbico y recorrerte las piernas con mi boca. Y lo grité y la gente se giró. Y tú también te giraste, asustada. Pudiste hacer un montón de cosas, pero sólo se te ocurrió saltar al vacío y perderte en el rompeolas. Cuando llegué ya era tarde y me quedé mirando, buscándote, revolviendo el mar para encontrarte. Deseé abrazarte y besarte, pero en el mar sólo había un velero, bastante lejos, y un extraño envoltorio que bailaba, mecido por el agua.

2 comentarios:

Madame Vaudeville dijo...

Dios mío, es maravilloso. Su texto, la sensación que desprende...Maravilloso. Se vive al leerlo :)

Aan dijo...

El rayo de luna remasterizado ;)

Me encantusa tu estilo, Fer.

 
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