domingo, 27 de septiembre de 2009

Contradicción (Clásico revisitado número 21)

Ese año por su cama pasaron cientos de amantes. Normalmente se acostaba con ellos y luego los despedía antes de que saliera el sol. Adiós, les decía, les tiraba los calzoncillos a la cara y les daba palmaditas en la espalda, a tono con la frialdad del momento. Sólo a dos les propuso un desayuno más bien frugal, con café con leche y un par de galletas. Ni un triste zumo de naranja, no sea que se encariñaran demasiado con sus costumbres. Después no volvía a saber de ellos, no porque no estuvieran interesados –que lo estaban–, sino porque a ella le crecían los escrúpulos, o bien porque le salía la vena impertinente.

La persistencia de esta actitud no se debía al capricho o a la falta de compromiso, que la vida le había enseñado a buscar hasta en los ojales, detrás de los muebles y en el cajón de las verduras. Sin embargo, en su deambular sólo encontraba alientos sin más calidez que la que da el cuerpo. Y esos alientos llegaban y pasaban por sus almohadas y ya está. Hasta que un amigo le sugirió la idea del guisante. Lo que funciona en los cuentos puede bien funcionar en tu vida, le dijo, para algo sirven las moralejas.

Y colocó un guisante debajo del colchón de su cama, y por su cama volvieron a pasar cientos de amantes, y en su cama follaban y en su cama después dormían como koalas, sin dedicarle más atención que la de los fluidos corporales. Así que luego adiós, les tiraba la camisa por la ventana y les dedicaba un corte de mangas, como poco.

Pero, por supuesto, llegó él, que parecía tan normal y tan poco artista. Se besaron, se maniataron y se buscaron por las sábanas y no pegaron ojo, hablando de cosas infantiles y de locuras paralelas.

Eso es el guisante, pensó ella.

Cuando sonó el despertador –un puro manifiesto del amanecer, que había poco que despertar ahí– se levantaron juntos y se besaron de pie y llegó un momento en el que ya no había más que besar, aunque los dos querían seguir besando.

Ella se quedó parada. Y pensó. Y dejó de sentir. Y luego se apartó violentamente, cruzó los brazos y dijo fuera, no quiero verte más.

Cuando él, desnudo, compungido y abandonado, se fue por donde había venido, ella sacó el guisante de debajo del colchón y, maldiciéndolo, se lo comió.

3 comentarios:

Athena dijo...

Claro, es que cuando se pone un guisante hay que estar dispuesto a las consecuencias.

Nébula dijo...

cuidado con lo que deseas...porque puede que no te haga tan feliz como pensabas .*

mariajesusparadela dijo...

El miedo, que enorme es el miedo.

 
Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.