miércoles, 4 de marzo de 2009

Amenazas (Clásico revisitado número 17)


Caperucita me ha escrito una carta. No sé cómo se ha enterado. Cuando me puse a escribir una versión de su aleccionadora historia, hice todo lo posible para pasar desapercibido. Soy una persona más bien discreta. Al menos intento pasar inadvertido ante mis personajes o, como este caso, las invenciones de otros. Considero que es mucho mejor no conocer jamás a las entelequias, porque debe de ser muy desagradable. Puede ser que te echen en cara algo, o que te obliguen a escribirles un final digno, como pasó en aquella ocasión hace unos meses.

Imagínense la sorpresa que provoca recibir una misiva de la mismísima Caperucita. Casi tanta como si apareciera en el buzón una comunicación de Berthold von Graaf, de la International Foundation for Abundance, diciéndote que has sido seleccionado para descubrir el secreto de la felicidad. Caperucita no me desvelaba el secreto de la felicidad, sino que, repleta de divismo, se encaraba contra mi creatividad, ya de por sí ajada sin que opiniones externas la ataquen. ¿Qué es lo que hace una persona razonable en esta coyuntura? Pensar que es una broma y tirar la carta a la basura, por supuesto. No se lo recomiendo, porque, ante este desplante por mi parte, a los pocos días recibí un burofax mediante el que su abogado me exigía eliminar de la cabeza "el pensamiento, intención y/o determinación de realizar cualquier interpretación, exégesis, traducción o versión literaria del cuento de mi representada".

Así que, desde la prudencia (y el miedo, por qué negarlo) no tuve más remedio que desistir de mi propósito y abandonar la idea de escribir una versión del cuento de Caperucita Roja. Aún desconozco a qué se debe tal despliegue de medios para evitar que yo, desde la modestia (y el anonimato, por qué negarlo), detenga mi proceso fabulador. No iba a dejar a la pobre niña en el vientre del lobo, ni le iba a dar un toque pornográfico al asunto. Tampoco tenía intención de obligarla a pasear por Manhattan. No la utilizaba para anunciar perfumes, lo juro. Ni siquiera la iba a cambiar de cuento, relacionándola con el príncipe Valiente, el Capitán Garfio y una cajita de yesca. Admito que la había imaginado paseando por la sección de electrónica de El Corte Inglés, tomando el sol en una playa de Ibiza y ligando en la cola del INEM, y tomé un par de notas sobre el lobo vendiendo hedge funds en la Rambla de Canaletes, pero deseché los borradores a las pocas horas cuando di con la idea definitiva, mucho más respetuosa.

Supongo que se vio venir algo terrible. Y también supongo que está harta de tanto cambio de registro y de tanta instrumentalización comercial y esto fue la gota que colmó el vaso. En el fondo la entiendo y la apoyo, a pesar de su arrogancia y de que haya dejado a mi Caperucita huérfana de historia, paseando por un bosque sin árboles, sin lobo y sin capa roja. Qué lástima.

10 comentarios:

Liliana G. dijo...

¡Genial Fernando, genial! Me han venido a la mente las múltiples y desopilantes versiones que les contaba a mis hijos cuando eran pequeños, de la muy vapuleada niña de la capita roja. Jajaja
Caperucita da para todo... incluso para este fantástico relato tuyo.
Besos.

Diego dijo...

Un relato que escribe mails a un escritor, Caperucita que escribe una carta a otro escritor... ¿es que ya empezó la rebelión de los esclavos ficcionales? Algún día tenía que pasar. Un abrazo.

simalme dijo...

Como el chiste, "cómo ha cambiado el cuento¡"

Dara Scully dijo...

Eso es que no supiste cómo tratarla. Yo me carteo con ella, y a veces hasta nos vamos de copas. Aunque ella se pide un refresco, claro, que para eso es una niña pequeña. Incluso se ha hecho amiga de mi Caperucita, que le saca unos cuantos años pero sigue llevando trenzas rubias.


Un miau grande para ti :)

Laura M. Cañamero dijo...

Excelente!

manuel_h dijo...

En la Tyrell Corporation venden unas células enanas que se implantan en el lóbulo frontal, debajo de la cisura de silvio, de los personajes, y que les impiden concebir siquiera la idea de la existencia de abogados. Pruébalas!

JUACO dijo...

Muy bueno. Me gusta tu verión de la nueva Caperucita.
Como siempre la dás la vuelta a todo con tu "toque personal".
Un saludo.

Madame Vaudeville dijo...

Huy, pues si la niña de la caperuza está así de chulita con usted, cómo se pondrá con Rodari, Dahl, Martín Gaite y otros escritores con piel de lobo que han versionado su roja biografía!!!
Un rojo beso de cuento (de esos que despiertan a príncipes ¿azules?)

magnolia dijo...

caperuza come lobos!!

Sharif dijo...

Ah, la eterna Caperucita, siempre está ahí para quien la quiera encontrar.

 
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