miércoles, 4 de abril de 2012
lunes, 2 de abril de 2012
Mickey Mouse
Leía tebeos de Mickey Mouse para sentirse mayor, a pesar
de que su intención era seguir siendo niño durante, por lo menos, cuarenta años
más.
No lo consiguió, porque pasó el tiempo de los peter panes
–ahora todo el mundo envejece sin remedio– y se convirtió en un adulto que leía
tebeos de Mickey Mouse. Para sentirse niño, dijo, durante, por lo menos,
cuarenta años más.
domingo, 1 de abril de 2012
Niebla
Me gusta ir a la playa los días de niebla. Siento el sol
a través de las nubes. Me baño en el agua humeante, aparto los vapores mientras
nado.
Cuando salgo del mar, me pierdo buscándote, y tú me
llamas. Apareces entre la niebla y el silencio de la nada, aislada de todo,
asomando como un fantasma. Me tumbo a tu lado y me quitas el agua con las manos
y me miras ensimismada, sin decir palabra, y me peinas con los dedos, y me
besas en la mejilla y luego te vuelves.
Sigues leyendo mientras yo miro alrededor, a la niebla y
a esa luz informe y extraña que cubre la arena, el aire, tu cuerpo adormilado.
Descubro que no hay nada más que tú, la niebla y la
playa.
Me da igual el sol; lo siento a través de las nubes.
sábado, 24 de marzo de 2012
Dos de la madrugada
- 35 euros.
Me pareció un precio muy razonable por verla. Había
previsto un mayor desembolso aquella noche y llevaba conmigo varios billetes de
cincuenta euros.
Y ya que tenía tanto dinero encima, después iría a celebrarlo
a los bares de confianza.
A pesar de mi manifiesta alegría, el portero no cambió de
gesto y simplemente cogió el dinero y se limitó a correr la cortina.
El interior no me sorprendió demasiado. Era un local
bastante cutre, con los techos bajos, las paredes oscuras y una decoración más
bien escasita: algún póster de películas de los 80, un neón desgastado y
grasiento y las típicas letras en vinilo que recitaban frases de algún
latinoamericano. En el fondo, unos cuantos jugaban al billar americano. La
barra estaba entrando a la derecha. Detrás de ella, una camarera con tetas
colgantes y demasiado lápiz de labios servía un par de cubatas.
- What’s
your poison?
Me preguntó en inglés. Claro, en un lugar tan límbico sólo
se podía hablar en inglés.
Más que límbico, hipotético.
- Un Bacardi con cola, por favor –dije educadamente en
castellano.
Ella me entendió perfectamente, porque sin titubear
comenzó a arrastrar unos hielos a un vaso de tubo.
- ¿Eres tú? – le pregunté.
No contestó, sino que sólo sonrió y fue a por la botella
de ron.
Sí, sin duda era ella, y, sinceramente, me quedé bastante
frío. Tenía muy idealizada esa hora perdida entre las dos y las tres de la
madrugada y descubrir que era una simple camarera –y encima inglesa y bastante
fea – fue como el preludio de un bostezo.
- ¿Qué esperabas?
– me pregunté en voz alta.
Y sin más, adelanté mi reloj, y donde eran las dos fueron
las tres y me quedé con las ganas de reclamar mis 35 euros.
sábado, 17 de marzo de 2012
Primo
Como era demasiado vehemente, fue al médico, y el médico le
dijo que su problema consistía en que sólo era divisible por sí mismo y por la
unidad.
Claro, era un número primo, es fácil pensarlo. Pero no.
Ni siquiera era un número. Era una de esas personas que, aunque despreciables,
las siguen llamando “de carne y hueso”, como si pudieran ser de otros
materiales. Es decir, yo una vez vi a una mujer que se estiraba mucho y era
capaz hasta de hacerse sexo oral a sí misma, aunque éste no es el tema.
El médico también le dijo que no era grave, pero se quedó
preocupado. Es normal. A mí me habría pasado lo mismo. Como es lógico. Y no
porque ya de por sí me cueste mucho enamorarme o porque se me dé mejor usar la
razón que dar el pésame, sino porque esto es un síntoma claro de otra cosa
peor. Pero los médicos eso no lo reconocen. Siempre se guardan varios ases en la
manga para amargarte las consultas y hacerte volver.
Él se quedó preocupado, pero encaró su nueva existencia
como ser indivisible de la mejor manera posible: fue al mercado y se compró
kilo y cuarto de decimales.
Seguro que me serán útiles, pensó. Yo también lo pensé y cuando
finalmente lo partí en dos y lo dejé desangrándose, me llevé la bolsa de
decimales para comérmela viendo alguna peli mala. Me quedé bastante aliviado. Estaba
harto de su vehemencia.
domingo, 11 de marzo de 2012
Meta
Estaba a punto de ganar la carrera –100 metros lisos, un
clásico– y ocurrió aquello de las malas películas o los libros mediocres, que
toda su vida le pasó delante de los ojos y se acordó de cuando era pequeño y
jugaba a ver quién corría más en su calle, desde la cochera de su tío a la escalera
de la muralla. Lo hacían después del colegio, a las cinco y diez, antes de que
su madre se asomara a la ventana y gritara
- La merienda.
Que qué más daba, si siempre merendaba bocadillo de
Nocilla y eso no se enfriaba ni nada. Seguro que su madre gritaba aquello para
sentirse acompañada, que eran muchas horas sola en casa y ya has salido del
colegio y ponte a hacer los deberes. Pero antes echaba una carrera en su calle,
y casi nunca ganaba. Quedaba segundo o tercero, según el día.
También se acordó de las veces que tenía que correr para
que no cerraran la residencia y su novia se quedara fuera y se llevara bronca
de sus padres. Pensándolo bien ahora, con la sabiduría sedimentada por la
experiencia, eran carreras sin mucho motivo, porque si se hubiera quedado
fuera, seguramente habrían dormido juntos y habrían aprovechado por fin el tiempo
perdido por las horas y los libros, y ella quizás no se habría ido con el
primero que no se preocupó por si llegaba tarde a la residencia. Seguro que
carreras sin motivo eran también las de cada mañana, antes de coger el metro,
por si acaso lo pierdes, se recordaba, ni que el metro te fuera a esperar si te
ve con prisa; llegues cuando llegues el metro se irá si pita tres veces y se
cierran las puertas, pero la oficina seguirá allí por mucho que desees que el
metro no te lleve a ella.
Y después volvió a aquella carrera al hospital, cuando lo
de su padre, y de aquello del dolor, el alivio y la rabia y del susurro ése que
le salió de
- Mamá.
Porque cuando se caía era lo que gritaba, y fue el grito
que le salió cuando estaba a punto de ganar la carrera.
domingo, 4 de marzo de 2012
Cara de foto
Me pregunté:
- ¿Qué pasaría si le saco una foto al fotomatón?
Lo hice y en ese momento saliste del fotomatón y me
miraste con tu cara de foto, pero al cuadrado. Fue una doble cara de foto, lo
que quiere decir que te pusiste seria, porque no te gusta tu sonrisa y miraste
a la nueva cámara con los ojos con los que miras las cosas insustanciales, como
la tortilla de patata de los jueves o los libros de autoayuda. Con la mano
derecha sujetaste la cortina del fotomatón, mientras con la otra contabas hasta
seis.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco.
En el seis pulsé el botón de la cámara y ahí se quedó tu cara
de foto. Es decir, tu cara de foto al cuadrado, porque ya tenías cara de foto
antes de salir del fotomatón.
Después quisiste quitarte tu cara de foto y sólo te
pudiste quitar tu cara de foto al cuadrado.
Es por eso que te quedaste con tu cara de foto.
Ahora, cuando me miras, lo haces con tu cara de foto y con
los ojos con los que miras las cosas insustanciales, como las películas de Rob
Marshall o ese polvo de los rayos de sol. La culpa es mía, por sacar fotos al
fotomatón.
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