domingo, 12 de septiembre de 2010

Mudanzas

El verano se acababa y con el cambio de estación, a la serpiente le apeteció mudar de piel. Por qué no.

Su piel actual estaba repleta de manchas de vino y tenía algunos bordes descosidos. Y alguna vez le habían dicho que estaba un poco dada de sí y que era una pena, con el tipín que se le había quedado. Es verdad, este año había adelgazado un poco –la vida había sido más arrastrada que de costumbre con aquello de la crisis– y la piel le venía grande.

Así que por qué no mudar de piel.

Todo bien, hasta que se enteró por Vogue de que la piel de serpiente ya no se llevaba nada. No se recomendaba sacar del armario ni siquiera las más discretas, y no era el caso. Qué problema. La serpiente no se había mudado jamás de otra cosa que no fuera de piel de serpiente, y esta circunstancia la sometía a un escenario de cambio ciertamente angustioso e inesperado.

No tengo nada que ponerme, dijo.

Y le entró ansiedad y se comió un ratón.

Y luego se fue – reptando, claro está– a dar una vuelta por el centro, a sembrar un poco el terror y, por qué no, a ver si encontraba una cazadora de cuero. Siempre había querido tener una cazadora de cuero.

Además, con el tipín que se le había quedado, le iba a quedar divina.


domingo, 5 de septiembre de 2010

Tabaco


No sé si porque estaba con Lady Nicotina o por el exceso de cine negro en agosto, pero hace unas semanas probé el tabaco. A mi edad –que ya paso de la treintena con amplitud– esto se califica de soberana estupidez, y más si después de tragar la primera bocanada de humo de tu vida decides que aquello no está tan mal y que incluso te gusta.

“Despeja la mente y suaviza el temperamento”, me acordé de Barrie, y, después de consumir el primer cigarrillo con glotonería y sin ningún atisbo de tos, me dispuse a encender el segundo, con cuyo humo expulsado ya fui capaz de realizar acrobacias sin freno: figuras geométricas primero, caricaturas de famosos después y, con la última calada, mi firma.

Pronto a mi alrededor se agolparon curiosos y fui animado a fumar un tercer cigarrillo, y un cuarto, y un quinto. No llegó la tarde y ya iba por los tres paquetes de filigranas, y eso sin contar las caladas a las que me invitaba el respetable, ansioso de más cabriolas a costa de pulmones.

A la madrugada, cuando llegué a la cifra de 214 cigarrillos consumidos, me sentí raro. Lógico. Pero no tosía. Respiraba perfectamente. De hecho, creo que había logrado crear cierta simbiosis con el humo.

Literalmente.

En el cigarrillo número 215, 3.42 hora local, comencé a notar cómo mis dedos se volvían grises, y a continuación mis manos. Una espectadora gritó cuando mis ojos ya eran gaseosos. Después, mi pelo se empezó a evaporar, y luego todo mi cuerpo lo siguió, hasta quedar convertido en una figura de humo.

Mi última figura, la que provocó más aplausos.


jueves, 2 de septiembre de 2010

El hombre que derrotó a Joe Louis


No fue como dicen.

Yo derroté a Joe Louis antes que Schmeling.

Ese perro nazi lo derribó en el duodécimo asalto en el 36. Conmigo no aguantó ni el primero.

Dos ganchos de izquierda y estaba tumbado en la lona, en el polvo y en las huellas sobre el polvo.

Fue hace mucho, antes del 36, antes que Schmeling y toda aquella parafernalia. Me indignaban el espectáculo en el que lo convirtieron todo, la estupidez de las masas, Roosevelt y su héroe. Yo ya he derrotado a Joe Louis una vez, decía. Y ellos se reían. No creían que yo hubiera tumbado al Bombardero de Detroit. Ni siquiera que le hubiera provocado un rasguño.

Pero es así. Yo derroté a Joe Louis antes que Schmeling.

Y también pude con Muhammad Alí, con Primo Carnera y con Rocky Marciano. Ni Larry Holmes me hizo sombra.

No figuro en los anales del boxeo. Ni siquiera en la wikipedia me citan como un púgil que tener en cuenta.

Pero los puñetazos del tiempo, mis puñetazos, derrotaron a Joe Louis.

Yo derroté a Joe Louis, mucho antes que Schmeling.

No aguantó ni un asalto.


martes, 24 de agosto de 2010

Juicio


Me está saliendo una muela del juicio y esto duele horrores.

Pero mucho.

Ayer me habría arrancado la cabeza de cuajo.

Así. Zas. Y ya está. Esto es así.

Tanto me duele que esta mañana, al mirarme al espejo, he visto que la muela había cobrado vida propia. He abierto la boca de par en par y allí estaba, fumando tabaco de liar y – entendí el insoportable calvario – apagando las colillas en una de las encías.

Eh, le he dicho, tú, muela, cuidado con lo que haces.

Ella, desafiante, no se ha molestado en contestar; ha hecho un gesto obsceno y ha continuado con sus lacerantes quehaceres.

Opté por el colutorio, el antibiótico y el analgésico, pero poco pude hacer contra la cruel molar, que seguía fumando y –novedad- comiendo un yogur de bífidus activo, por eso del calcio.

También pronunció palabras. Muy cariñosas, por cierto. Dijo jódete y baila. Y luego se calló ya del todo. Y siguió fumando.

¿Dónde habrá aprendido esos modales? ¿Quién la habrá adiestrado de manera tan refinada en el arte de la tortura?

Y, lo más importante, ¿por qué? ¿Cuál es el motivo de que se cebe de tal forma con la fuente de su existencia?

Muela, te lo ruego, líbrame de esta hora, aparta de mí este cáliz. Supliqué.

Y se lo ha tomado en serio.

Acabo de ver que está leyendo a Alan Carr y ya se ha comprado dos paquetes de chicles de nicotina.

En el fondo es buena gente.

Es eso o el antibiótico.


viernes, 20 de agosto de 2010

Liberación


Al abrir la botella de Cabernet Sauvignon, pop, de su interior salió un genio.

[Tuve tan claro que era un genio porque si abres una botella y de ella sale un hombrecillo misterioso, ¿qué va a ser si no?]

La verdad es que mucha pinta de genio no tenía. Vale, era un señor pequeño y con aspecto algo mágico, pero no era como aquellos genios de las lámparas maravillosas, esos seres majestuosos, medio desnudos, tocados con turbante y dotados de una voz atronadora. Éste era calvo, con gafas, y estaba vestido con un traje gris y una corbata negra. En efecto: más bien parecía un contable; hasta llevaba una calculadora en su mano derecha, con la que, tras atusarse el traje y colocarse las gafas, se puso a hacer una suma. Al acabar, pronunció, por fin, palabra.

- Sí, en total llevaba doce años metido en esa botella. Por cierto, que sepas que el momento óptimo de consumo del vino se ha pasado. Lo siento mucho. Adéu.

Un momento, le dije, entiendo que usted es un genio, y un genio debe conceder tres deseos a quien lo libere, ¿no es cierto?

- Se equivoca usted, querido liberador. Esto era antes de la firma del convenio colectivo de 1883. Después de ese momento, los genios no estamos obligados ni a tener bigote ni a conceder deseos a aquéllos que nos quiten el yugo de la esclavitud, artículo 13, párrafo 2. Así que, sin más, me despido, no sin antes desearle un muy buen día.

Y se fue. Yo me bebí el vino que, ciertamente, ya no estaba en su momento óptimo de consumo.

Eso o que el genio, durante su estancia en el Cabernet, había aprovechado para orinarse en el capital.

De todas formas, me lo bebí.


sábado, 14 de agosto de 2010

Jet-lag


Como tengo jet-lag, me levanto a las cuatro de la madrugada todos los días. Al principio era una lata, pero he sabido encontrarle el gustillo al asunto. Hasta me he hecho fan en Facebook.

Y es que siempre he querido tener más horas por la mañana para hacer cosas como afeitarme con navaja barbera, escribir ripios al salir del cuarto de baño o robarle el periódico al del 3º B. Antes me levantaba con los minutos contados para, en este orden, mear, ducharme, café, llaves y adiós.

Así que ésta es la mía.

Ahora puedo desayunar tres platos, café, copa y puro, tomar un baño de sales balinesas, salir al balcón y dar de comer a las palomas, hacer gimnasia y magnesia al mismo tiempo y sin confundirlas.

También aprovecho y canto arias completas en la ducha y leo la caja entera de los cereales. Gracias a ello he descubierto que la vitamina B2 se llama riboflavina y que “vierta los cereales en un tazón” en portugués se dice “despeje os cereais numa vasilha”, información de vital importancia para mis frecuentes visitas a la ciudad lusa de Castelo Branco.

Es decir, que ahora sólo deseo que este jet-lag se convierta en un estado permanente, porque no podría prescindir de estos placeres, que hacen de mi vida un territorio más que habitable.

¿La infelicidad humana procederá acaso de las prisas matinales?

Les animo a comprobarlo y a practicar conmigo el jet-lag. Hagamos todos jet-lag.

[Por la noche, eso sí, quizás se vayan a la cama un poco pronto. Pero hay varios truquillos: uno es tener el pijama en la guantera del coche y cambiarse mientras se vuelve del trabajo; otro es aprender a dormir en la cola del supermercado. Y así los que se quiera]


jueves, 12 de agosto de 2010

Propósito


Dices que conmigo tienes un propósito; que no lo tenías y que ahora lo tienes.

Y ésa es ahora mi brújula en esta pausa forzosa, en la que soy un viajero extraviado por las islas del Índico. Aquí perderse es sencillo. Demasiado espejismo y poca realidad, y no me acabo de acostumbrar a lo de que tu noche sea mi día y las horas no entiendan de luz.

Me entran ganas de interrogar al cielo, aunque seguro se burle y me traiga frío e incertidumbre. O de rodar por la arena y arrancarme la artificialidad a cortes de coral para romper la monotonía de tu ausencia.

Y a veces me han tentado los somníferos para olvidarme de los días.

Porque, ¿sabes? Esto de estar en las antípodas de tu cuerpo alimenta muy bien la nostalgia.

Pero ahí está tu propósito, que se come él solo la ansiedad de todo lo que está lejos.

Me pide paciencia.

Me hace incluso dormir sobre los acantilados sin miedo al abismo.

Me alimenta de tu misma atmósfera.

Me mete en tu cama, me toca en el océano.


 
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