Mudanzas
El verano se acababa y con el cambio de estación, a la serpiente le apeteció mudar de piel. Por qué no.
Su piel actual estaba repleta de manchas de vino y tenía algunos bordes descosidos. Y alguna vez le habían dicho que estaba un poco dada de sí y que era una pena, con el tipín que se le había quedado. Es verdad, este año había adelgazado un poco –la vida había sido más arrastrada que de costumbre con aquello de la crisis– y la piel le venía grande.
Así que por qué no mudar de piel.
Todo bien, hasta que se enteró por Vogue de que la piel de serpiente ya no se llevaba nada. No se recomendaba sacar del armario ni siquiera las más discretas, y no era el caso. Qué problema. La serpiente no se había mudado jamás de otra cosa que no fuera de piel de serpiente, y esta circunstancia la sometía a un escenario de cambio ciertamente angustioso e inesperado.
No tengo nada que ponerme, dijo.
Y le entró ansiedad y se comió un ratón.
Y luego se fue – reptando, claro está– a dar una vuelta por el centro, a sembrar un poco el terror y, por qué no, a ver si encontraba una cazadora de cuero. Siempre había querido tener una cazadora de cuero.
Además, con el tipín que se le había quedado, le iba a quedar divina.







