Tabaco
No sé si porque estaba con Lady Nicotina o por el exceso de cine negro en agosto, pero hace unas semanas probé el tabaco. A mi edad –que ya paso de la treintena con amplitud– esto se califica de soberana estupidez, y más si después de tragar la primera bocanada de humo de tu vida decides que aquello no está tan mal y que incluso te gusta.
“Despeja la mente y suaviza el temperamento”, me acordé de Barrie, y, después de consumir el primer cigarrillo con glotonería y sin ningún atisbo de tos, me dispuse a encender el segundo, con cuyo humo expulsado ya fui capaz de realizar acrobacias sin freno: figuras geométricas primero, caricaturas de famosos después y, con la última calada, mi firma.
Pronto a mi alrededor se agolparon curiosos y fui animado a fumar un tercer cigarrillo, y un cuarto, y un quinto. No llegó la tarde y ya iba por los tres paquetes de filigranas, y eso sin contar las caladas a las que me invitaba el respetable, ansioso de más cabriolas a costa de pulmones.
A la madrugada, cuando llegué a la cifra de 214 cigarrillos consumidos, me sentí raro. Lógico. Pero no tosía. Respiraba perfectamente. De hecho, creo que había logrado crear cierta simbiosis con el humo.
Literalmente.
En el cigarrillo número 215, 3.42 hora local, comencé a notar cómo mis dedos se volvían grises, y a continuación mis manos. Una espectadora gritó cuando mis ojos ya eran gaseosos. Después, mi pelo se empezó a evaporar, y luego todo mi cuerpo lo siguió, hasta quedar convertido en una figura de humo.
Mi última figura, la que provocó más aplausos.







