domingo, 11 de octubre de 2009

El color ocre como antídoto


El hombre vio que era más práctico no mirarse demasiado al espejo. Probó a abrir y cerrar los ojos durante una milésima de segundo.

Debía afeitarse. De hecho, cuando realizó el catálogo de cosas que eliminar de su vida para no convertir los domingos en un bosque de miserias, la barba estaba en primer lugar.

Después estaban los libros amarillos, que pintó con acuarela roja, y aquello de sentarse en el sofá durante las sobremesas. Esto fue fácil: simplemente eliminó las sobremesas evitando comer demasiado pronto y alimentándose del hambre. También suprimió de su existencia las legumbres, los yogures desnatados y los relojes adelantados. Los tranvías también desaparecieron, y el tabaco rubio, y la cerveza, y los viajes en coche por la costa, y lo de utilizar demasiadas conjunciones copulativas.

Se compró unas lentillas para volverlo todo ocre y no distinguir el color azul. Comenzó a dormir en la bañera, por no sentir la cama debajo de su cuerpo, y a despertarse con agua fría. Huyó de la piel de todas las mujeres y se alejó de todas las sonrisas. Y, por la noche, de los bostezos. Desterró la belleza y los cuellos esbeltos y las piernas particulares.

Y luego vio que lo más práctico era no mirarse al espejo, porque no era cosa de la barba. Era cosa de su pura imagen, que la empleaba como nostalgia, aunque ahora fuera de color ocre.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Promesa



Hace unos días prometió volver a escribir cosas alegres, que tenía revueltas a las letras de tanta mudanza de soledades. Así que se colocó una sonrisa pasajera de esas que venden a cuatro duros en las ferias y ya de paso se compró media docena de churros, unos trocitos de coco y algodón de azúcar. 


[El algodón de azúcar nunca le había gustado, pero le habían dicho que iba bien para espantar tristezas: se ve que al tragarlo acaricia el esófago y acaba animando las entrañas]


Se sentó delante del ordenador y comenzó por las perdices. Qué bien, qué feliz es la gente cuando acaban los cuentos. Y se acabó contagiando - quizás fue el algodón de azúcar - y comenzó una historia sobre personas que se querían y sobre sentidos por todas partes. Y tan poco pensamiento que no había por ahí ni resto de nostalgias. Empezaba en un pueblo con mar y sin fábricas, donde todos los peces eran afortunados y había un cine en cada esquina. Y no programaban películas de la Coixet. Los niños jugaban en la calle. No había ambulancias. La gente silbaba todo el tiempo y se saludaba quitándose el sombrero y sólo se fumaba en pipa. Llovía cada día, pero sólo por la noche y en el campo. De la Historia todo el mundo se acordaba, incluso de las revoluciones, porque siempre habían salido bien. Los coches no hacían ruido; sólo vibraban y hacían cosquillas en la piel y los transeúntes se reían. Tampoco echaban humo, igual que las chimeneas, que sólo adornaban los tejados, sujetaban las gaviotas y poco más. 


Luego se puso en la historia, porque en primera persona estaba más cómodo y porque pensó que así se animaría y dejaría de respirar hondo y de escucharse. Comenzó a caminar por ese pueblo, fumando en pipa y saludando a la gente con el sombrero, riéndose con los coches y viendo la fruta de las tiendas, tan bien colocada. Silbaba. Miró hacia arriba y había muchas cosas para mirar, no sólo las chimeneas con las gaviotas. Luego miró para abajo y se fijó en sus zapatos. Corrían. Seguían corriendo también en este pueblo y en esta historia. 


Pero había prometido volver a escribir cosas alegres, así que renunció a pensar por qué corría y de qué huía o qué buscaba. Y siguió fumando en pipa. 

sábado, 3 de octubre de 2009

Fluorescencia



Nuevo mes y nuevo vídeo, en esta ocasión del relato “Fluorescencia”, por Osker Snachez. La música y los efectos son creación de Xavi Martín y Octavio Morgante. En la voz, yo mismo.


Hace tiempo me hablaste de fluorescencia.

También me hablaste de lugares de equinoccios permanentes, de mundos paralelos y de flores del desierto que se diluyen entre los dedos. Del sabor de las tortugas.

También del fin del mundo y del olor de la muerte. Y de la nostalgia. Pero no te creí.

Yo, con mis sílabas cortadas, sólo te escuchaba hablar de todo eso: que usabas la linterna para encontrar planetas nuevos, que te gustaba huir de ti misma. En moto. También me dijiste que querías volver a una isla, que sólo en un lugar con límites naturales podrías controlar tus llamaradas, aunque no estés hecha para velos ni para poner puertas al campo. Ni para contar las hormigas, que no se pueden contar. Pero tú te empeñabas en contarlas.

Y querías probar la sal de todos los mares, me dijiste. Y que te gustaba investigar fantasías paralelas, hundirte en mares de caracolas, descubrir qué guarda el silencio tan celosamente. Que conocías a un cantaor flamenco que se reía. Y que te conmovía la ternura de las ballenas.

Que te gustaba frecuentar casas de citas, apartamentos clandestinos, que una vez te llevaron de país en país, que amabas acostarte en uno y amanecer en otro.

Me dijiste tantas cosas.

Lo que no me dijiste es que, de forma cautelosa, la fluorescencia se iba a ir instalando en mi vida, primero amable, disimulando, y luego a empujones. Que no se va. Que te frotas y no se va. Y no es cosa mía. Porque froto. Todos los días froto.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Sombras

Es esa sensación, la del estómago, que de forma precisa se repite cada vez que irrumpes en mi vida. Es un chillido de espanto y el silencio mismo, desesperado y furioso. De golpe. Luego me desordeno y pierdo el tiempo con amarguras, recorriendo un camino repleto de farolas que se apagan. También lo relleno de café, quizás para ocultar lo destruido y aligerar mi equipaje con rutinas. Estudio, repito, insisto, deletreo, pero todavía soy incapaz de comprender lo aprendido.

Acabo perseguido por las sombras.

Tarde o temprano tanto ademán de guerra acaba por estallar en batallas. Y están perdidas de antemano, porque me da por encararme contra tu voz aún tierna y la ropa que guardas en mi armario, y para eso no hay salvavidas que me saquen de este charco de sombras.

Hoy me he quedado mirando los frescos que pintaste en las paredes de la habitación. Debería borrarlos con lejía, colgar unos cuadros, poner un paraguas en medio, no sé. O dormir en la cornisa esperando golpes de viento que me salven del naufragio. Sin embargo, me vence el miedo, qué novedad, primero a las sombras, y después al amanecer. El amanecer es peor. Está más lleno de sombras que la pura noche. Crecen como un susurro, como un olfateo, y se extienden como la arena por el mármol. Luego se reparten, rebosan y escupen, hasta llegar al tejado de mi casa, donde acaban oscilando amenazantes. Creo que esperan pacientes a que me desnude para apretarme y empujarme hacia la vigilia.

Eso se repite cada vez. La sensación del estómago, el silencio furioso, el camino con las farolas, tu voz tierna y los frescos en la habitación. Y, aún así, soy incapaz de comprender lo aprendido y acabo asfixiado en este charco de sombras.


domingo, 27 de septiembre de 2009

Contradicción (Clásico revisitado número 21)

Ese año por su cama pasaron cientos de amantes. Normalmente se acostaba con ellos y luego los despedía antes de que saliera el sol. Adiós, les decía, les tiraba los calzoncillos a la cara y les daba palmaditas en la espalda, a tono con la frialdad del momento. Sólo a dos les propuso un desayuno más bien frugal, con café con leche y un par de galletas. Ni un triste zumo de naranja, no sea que se encariñaran demasiado con sus costumbres. Después no volvía a saber de ellos, no porque no estuvieran interesados –que lo estaban–, sino porque a ella le crecían los escrúpulos, o bien porque le salía la vena impertinente.

La persistencia de esta actitud no se debía al capricho o a la falta de compromiso, que la vida le había enseñado a buscar hasta en los ojales, detrás de los muebles y en el cajón de las verduras. Sin embargo, en su deambular sólo encontraba alientos sin más calidez que la que da el cuerpo. Y esos alientos llegaban y pasaban por sus almohadas y ya está. Hasta que un amigo le sugirió la idea del guisante. Lo que funciona en los cuentos puede bien funcionar en tu vida, le dijo, para algo sirven las moralejas.

Y colocó un guisante debajo del colchón de su cama, y por su cama volvieron a pasar cientos de amantes, y en su cama follaban y en su cama después dormían como koalas, sin dedicarle más atención que la de los fluidos corporales. Así que luego adiós, les tiraba la camisa por la ventana y les dedicaba un corte de mangas, como poco.

Pero, por supuesto, llegó él, que parecía tan normal y tan poco artista. Se besaron, se maniataron y se buscaron por las sábanas y no pegaron ojo, hablando de cosas infantiles y de locuras paralelas.

Eso es el guisante, pensó ella.

Cuando sonó el despertador –un puro manifiesto del amanecer, que había poco que despertar ahí– se levantaron juntos y se besaron de pie y llegó un momento en el que ya no había más que besar, aunque los dos querían seguir besando.

Ella se quedó parada. Y pensó. Y dejó de sentir. Y luego se apartó violentamente, cruzó los brazos y dijo fuera, no quiero verte más.

Cuando él, desnudo, compungido y abandonado, se fue por donde había venido, ella sacó el guisante de debajo del colchón y, maldiciéndolo, se lo comió.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Recuerdo


Hay días en los que más valdría ser amnésico, no acordarse de pasados febriles ni de años transcurridos en medio de velos y miedos y cursos de yoga.

Sobre todo de los miedos quisiera no acordarme, para dejar de pender de un hilo.

También me acuerdo de cosas marchitas y de vestuarios vacíos en los que paseo permeable, con la hipotermia de estar lejos.

De la muerte no, porque de la muerte no te acuerdas. Dicen que es tímida, no saluda y no te acuerdas.

Aunque sí me acuerdo de demasiados espejos, de novelas inacabadas y de dolor de cabeza. De ser feliz a medias, de no sentir y dejar de oír cosas increíbles.

De pensar que escribía y no hacerlo por no alcanzar el final y acabar extendiendo la ficción por mis oscilaciones.

De que bajaba las persianas para no ver los eclipses. De pasear demasiado por la cordura, contentándome con los recaudos y con oponer resistencia. De los escrúpulos. De buscar síntomas en todos los besos.

Y de los miedos, que me hacen pender de un hilo.

Más valdría ser amnésico.

Y salir corriendo hasta tu noche.

Sin calcular decimales.

Sin emergencias.

Sin antídotos.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Arrugas

Hoy se vio la vida arrugada y se puso a planchársela. Sabíamos que las vidas no se pueden planchar, o al menos eso nos han dicho, pero ella no estaba dispuesta a pasar por eso. No entendía por qué no se pueden planchar las vidas o por qué no se puede aprender italiano en cinco días o por qué no se puede sacar fotos de la electricidad o de las turbulencias. Era, sin embargo, consciente de que al enamorarse hay algo que se arruga y que hay que plancharlo antes de que uno se muera de querencia, porque también sabía –y eso nadie se lo había dicho– que el amor comienza a morir en el mismo momento en el que nace. A nosotros eso nadie nos lo había dicho, así que seguíamos enamorándonos en medio de una amnesia obligatoria. Nos gustaba arrugar las cosas. Y estamos hechos de memoria, eso bien lo sabía, así que por eso se ponía a plancharse la vida, o bien a remasterizarla, que es como planchar los sonidos para que dejen de sonar a karaoke. Y ella no quería una vida-karaoke en la que poner voz a una música grabada en una lata. Tampoco quería enamorarse y por eso se planchaba la vida y tomaba píldoras contra el llanto y potenciadores de la memoria que le recordaran todos sus desengaños, aunque fuera en playback o le sonaran como cuando vomitaba. Enchufaba la plancha, la ponía a 210 grados y la pasaba por su vida con una seriedad irrepetible. Y después la vida salía planchada, con todos los recuerdos sin mácula, con las típicas soberbias, las fiebres sin compañía y los párpados entreabiertos en el pasado, viéndole amar a otra. Sin aquellas arrugas, todo se le aparecía sin máscaras y las historias acababan con un fundido a negro pero sin perdices y con todo lujo de desprecios y rutinas. Luego, así, con la vida planchada, se volvía a reconocer y se olvidaba de coproducciones y se centraba en su guión sin demasiados exteriores. Aunque nosotros sabíamos que las vidas no se pueden planchar, por mucho que ella no estuviera dispuesta a pasar por eso.


 
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