Magia
Todos los jueves iba a aquel teatro a ver un espectáculo de magia. Me gustaba la magia porque disfrutaba observando atentamente al mago y huyendo de sus distracciones. De esta manera descubría siempre en qué momento realizaba el engaño y gritaba
¡Mirad! ¿Habéis visto cómo se ha escondido el as de picas en la palma de la mano?
O bien
¡Eh! Sácate la reina de corazones del bolsillo de la chaqueta!
Esto lo hacía no con ánimo de humillar al interfecto, sino porque no podía soportar cómo se toma el pelo a la gente. Me consideraba un detective del ilusionismo, un benefactor del engañado, el Sherlock Holmes del escenario. Tenía especial habilidad para desvelar el truco, por muy complicado que fuera el juego de magia. No había mago que se me resistiera. Una vez uno estuvo a punto de engañarme con aquel infernal movimiento de muñeca, pero al final acabó llorando, como casi todos. Eran pocos los que conseguían disimular con una sonrisa, intentando ganarse a un público que iniciaba la rutina semanal de las caras de incredulidad, los murmullos, el abucheo y el tomatazo.
Esto de los jueves se convirtió en un ritual que me hizo feliz. Hasta que vino él a desbaratarlo: el mago del juego de la mujer cortada en dos.
Lo de mago es un decir, porque noté claramente cómo se partía la carne y me reventaban las venas. Un poco antes de que la sierra seccionara mi columna vertebral, las tripas se escaparon de mi cuerpo. Y, es curioso, nadie hizo caso de los alaridos de dolor que sólo pude silenciar cuando me consumió la hemorragia.







