
Aunque el amor a la patria sea una odiosa mentira, desde el exilio (voluntario), a la hora de mirar hacia atrás, la añoranza gana la batalla a la ira. No voy a aturdiros con historias de mi nacimiento, de cómo fue todo ese rollo de mi infancia “y demás puñetas tipo David Copperfield”, ni mucho menos. Me he levantado nostálgico y me han venido a la cabeza imágenes de mi pueblo, de mis correrías (nunca demasiado osadas) por la muralla, los fosos y, ocasionalmente, extramuros, de los “niño, no toques”, de las ruedas de bicicleta pinchadas, de las niñas feas de mi barrio (no porque lo fueran) y de la enorme fuerza de la costumbre, de la vida a la sombra de San Blas, el Carnaval, la Semana Santa y los fuegos artificiales. Del hornazo, el farinato, los bocadillos interminables y la educación refranística (“El viajar forma a la juventud”; “Para bruta, la mujer, la vaca y la mula”, “La merienda y la casaca no las dejes en casa”).
Miss conclusiones (o lady-intramuros):
El pasado no es más que un prólogo del futuro que siempre está presente.
Hombres
"Los hombres de mi tierra
son como rocas:
de pocas palabras,
de muchas pelotas.
Bajos y morenos,
sólidos y lentos,
firmes y serenos,
en sus movimientos.
Como las encinas
de sus encinares,
hondas las raíces,
hondas en el suelo
y altas las cabezas,
altas y hacia el cielo.
Y como los robles
de sus robledales,
dura la corteza
y por dentro nobles,
nobles y leales.
Mitad labradores,
mitad ganaderos,
hechos a calores,
hielos y aguaceros.
Aman el dinero,
mas no en demasía.
Aman más la tierra
y todo lo que cría.
No son insociables
pero con una vieja
sabiduría
prefieren soledades
a compañías.
Con los caballos
y las mujeres,
sus alegrías
y sus delicias,
rienda y espuelas,
fusta y caricias.
Así son,
ya te digo,
los hombres de mi tierra,
de Ciudad Rodrigo”.
Enrique García Guerreira. Coplillas a Ciudad Rodrigo