domingo, 20 de marzo de 2011

Yo quiero una Guardia Amazónica (Historias de Twitter 4)

“Gadafi no se rinde y jura convertir Libia en otro Irak”


Hoy me he levantado y hacía muy bueno, pero a mí me han entrado las ganas de ser dictador. Que tipo más raro, pensarán, con lo bien que sienta una cañita al sol y unas aceitunas. Pues sí, soy raro.

Me he documentado y lo normal en esto de ser dictador es buscar un referente anterior, un ídolo de masas al que imitar en todas las decisiones dictatoriales que tengo que tomar de aquí en adelante. Más que nada por no innovar en todo, que es muy cansado y, precisamente, me parece que lo bueno de ser dictador es que todo lo hagan por ti.

Después de diez minutos de disertación, he optado por Gaddafi como modelo, que está de actualidad y será más fácil de explicar, porque describir a las masas incondicionales que soy discípulo lejano de Gurbanguly Berdymuhammedov, de Than Shwe o de Isayas Afewerki va a ser tiempo perdido, además de complicado de deletrear. Y, qué diablos, yo también quiero una Guardia Amazónica.

Inmediatamente me he imaginado la mejora en calidad de vida que supondría tener a 200 vírgenes expertas en artes marciales a mi servicio. No le veo más que ventajas, como a lo de ser intelectual. Por no hablar de la envidia que tendrán en la urbanización, que mucho Porsche Cayenne y mucho Ipad, pero a nadie he visto todavía con un ejército de amazonas.

Mi mujer no me inquieta, porque estoy seguro de que pronto le verá la gracia a eso de llegar al Carrefour y no tener que cargar bolsas nunca más, y se le acabará lo de hacer cola en la pelu, porque entre 200 tías alguna habrá que sea esteticién, digo yo. Ya le he dicho que no se preocupe en hacer comida, que ellas ya se espabilan –es lo que tiene ser fuerza de élite– y que, además, buena gana, si tienen pinta de comer más bien poco.

Así que nada, lo dicho: hoy paso de vermut y comienzo lo de ser dictador. Y ya le explicaré al crío qué es una virgen, porque si no lo aprenderá en el colegio.


domingo, 13 de marzo de 2011

Marca blanca (Historias de Twitter 3)

“El propietari de Mercadona, el valencià Juan Roig, debuta a la llista Forbes entre els més rics del món” (Diari Ara)


Esta mañana, en el Mercadona que hay al lado de casa, he descubierto que tenían libros Hacendado.

“La marca blanca ha llegado también a la literatura, la virgen santísima”, me indigné, por supuesto. Son muchos años dedicados al sector editorial y es duro lo de descubrir que, además del libro digital, nos sale otro competidor entre las magdalenas y las conservas de anchoa, se darán cuenta. Aun así, superado el calentón inicial, me dispuse a hojear los libros que tenían en la mesa de novedades. Los más populares parecían ser “El código de Murillo” de Daniel Marrón, “La sombra de la ventolera”, de Charles Zaphon, y –sin duda, el best-seller– “Las columnas del mundo”, escrito por Kiko Folet. En cuanto a la no ficción, “El método Du ¿qué?”, del Doctor Du Qué, por supuesto. Y todos, todos, con el sello Hacendado en la cubierta.

El precio, buenísimo. Que ni edición de bolsillo, ni quiosco, ni saldos, ni nada. Eso sí que era una buena oferta. Además, con la compra de tres, te regalaban un cuarto y, además, un pack de yogures desnatados de esos de tarta de limón y un descuento de dos euros para la próxima compra. ¿Cómo iba a poder resistirme?

Y visto lo visto, y leído lo leído, no parecían mucho peores que los originales, así que servidor se compró varios ejemplares de los libros nombrados y una copia facsímil de El Quijote, prologado por un tal J.J. Vázquez, que lo mismo da.

Llegué a casa con el carro repleto de cultura y con un convencimiento: la marca blanca me ha conquistado. A partir de ahora, sólo leeré Hacendado. Y perdonen por la rima interna del texto, pero es lo que tiene el marketing, que la literatura se la pasa por el DAFO.


lunes, 7 de marzo de 2011

El poder de las redes sociales (Historias de Twitter 2)


“Creo que las ciudades pueden no existir para el año 2000. Y no lo digo por las bombas atómicas sino por los increíbles avances en las telecomunicaciones que son posibles gracias a los transistores y los satélites de comunicaciones. Esto hará posible un mundo en el que estaremos comunicados constantemente, sin importar dónde nos encontremos, aún desconociendo la ubicación física de nuestros amigos. Será posible, dentro de 50 años, que una persona haga su trabajo en Tahití o Bali del mismo modo que podría hacerlo en Londres” (Arthur C. Clarke en 1964)


Hoy, cuando volvía del súper, me encontré en el rellano de la escalera con el señor Twitter. Resulta que desde la semana pasada vive en el 3º D.

Esto de tener a una celebridad en el barrio nunca se ha visto. Vivimos en un bloque de pisos más bien modesto junto a la plaza de les Glòries, y la verdad es que no hay mucho multimillonario por aquí, ni siquiera de esos bohemian chic que están tan de moda y se hacen pasar por intelectuales sin un duro; en nuestra calle sólo abundan las palomas, las cacas de perro, los plataneros y los carteles de “volem un barri digne”.

Pero era el señor Twitter, segurísimo. A primera vista, no lo reconocí, y eso que no hay mucha gente con esa pinta de pájaro gigante (como el Albatros, pero en grande) y de color azul. Salí de dudas cuando le dije buenos días y él me contestó con un “tweet” sonoro y pronunció mi nombre con una @ delante –algo que me sonó más bien a caucásico. Aunque a mí los famosos siempre me han intimidado, le seguí la conversación y comencé a hablar del tiempo: que si qué gusto que los días sean más largos, que en las mañanas todavía refresca y que a ver si llueve en el campo, que es donde se necesita. Rápidamente lo hizo Trending Topic – no precisamente por mi agilidad verbal– y no sé si me dedicó un sarcasmo cuando decidió retwittear mis comentarios sobre la humedad del ambiente. En definitiva, que no me cayó nada bien, que un recién llegado debe tener más cuidado con lo hace y con lo que dice y retwittea.

Lo peor no fue eso, sino que además se ha convertido en mi follower y no hay manera de quitárselo de encima. Ahora, por ejemplo, está aquí detrás, viendo cómo escribo sobre él. Sinceramente, es un poco incómodo tener un pájaro añil de 350 kilos siguiéndote en todas las tareas que realizas. Ya a mi mujer le pareció raro que le invitara a comer, pero aún más que se quedara a ver la peli de Antena 3 y empalmara con el Arguiñano. No me quiero imaginar lo que pasará esta noche, que es sábado y ya me entienden: hoy toca. Y en mi cama no hay followers que valgan.


domingo, 6 de marzo de 2011

Porno (Historias de Twitter 1)


“Llénate la cara y la cabeza con etiquetas que dicen “onanista”. Ve a una fiesta y pide a las mujeres que te las despeguen” (Twitter de Alejandro Jodorowski)


El otro día me bajé una peli porno. Ya sé que no debo hacer ese tipo de marranadas, que la ministra me regañará, que hay gente que tiene que vivir de los derechos de autor y tal. Pero es que me apetecía. La vida en pareja ha hecho olvidar la faceta más individual de mi sexualidad y me sentía en el deber de recuperarla.

Para ello esperé a que mi mujer me dejara solo en casa, evidentemente. Si hay algo que puede teñir de emoción al rutinario acto de masturbarse es la sensación de infidelidad, porque así por sí solo, qué quieren que les diga: son muchos años y ya poca cosa queda por explorar. Sería como una vuelta a la adolescencia, a los paquetes de kleenex, a las duchas eternas y las mañanas demasiado húmedas. La emoción de lo furtivo.

Así que esperé a la tarde del viernes, cuando a mi mujer le toca peluquería. Dijo “hasta ahora”, cerró la puerta y yo, dos segundos después, ya estaba sentado en el sofá, mando de la televisión en mano, dispuesto a pulsar el “Play”.

El porno ya no es lo que era.

Eso es lo primero que me vino a la cabeza cuando mi mujer me despertó y tuve que explicarle por qué coño estaba durmiendo semidesnudo con el pene flácido en la mano y, en la tele, una escena de festivo lesbianismo.

Que no es lo que era, oiga.

domingo, 20 de febrero de 2011

Golpe


Esta mañana ha entrado en mi casa un guardia civil con tricornio y todo, se ha puesto a gritar y ha soltado un par de tiros al aire.

Nadie ha resultado herido, pero ha sido especialmente traumático porque mi mujer y yo acabábamos de realizar el despliegue ritual de periódicos y suplementos dominicales y nos disponíamos a soplarnos sendos cafés con leche. Además, yo había bajado al bar de la esquina y había comprado un cucurucho de churros de con azúcar. Tenían muy buena pinta, la verdad. En este bar los hacen bastante bien, sin mucho aceite. El camino se me ha hecho muy largo, a pesar de ser de sólo de un minuto y treinta y ocho segundos: he comenzado a salivar sólo de pensar en la futura sensación de deshacer la masa en el paladar y dejar que ese sabor penetrante me inundara todo el cráneo.

Y ahí los he tenido que dejar, sobre la encimera de la cocina, a la espera de que este señor dé el golpe de Estado por terminado, se vaya y nos deje desayunar tranquilamente. Aunque de momento no tiene pinta: sin soltar la pistola, se ha acomodado en el sillón orejero y se ha puesto a ver un programa de zapping. Mi mujer y yo, más bien indignados, qué les voy a contar, porque los programas de zapping ni fu ni fa, y leer el periódico con la tele de fondo nunca nos ha gustado. Pero esta mañana en mi casa, la autoridad competente es militar, por supuesto, y no tiene pinta de querer leer los suplementos dominicales ni de haberlos leído demasiado nunca.

Así llevamos varias horas. Que son las ya las once pasadas y nada, que en la tele no aparece el Rey diciendo eso de que no puede tolerar en forma alguna este tipo de cosas. Me da a mí en la nariz que este hombre ya trabajó una vez hace treinta años y que los churros que tengo en la encimera de la cocina no le importan lo más mínimo. Si salgo de ésta, me hago republicano, fijo. Hartito me tienen.


domingo, 13 de febrero de 2011

Procrastinación


Procrastinación. Bella palabra que construye en verbo mi existencia. La leí hace unos días y ahora no paro de utilizarla. Sé que interrumpiré la escritura de este párrafo

porque acabo de actualizar el Twitter

y contestar un mensaje de Linkedin

pero ya no me preocupa estar perdiendo el tiempo, sino que lo estoy aprovechando en procrastinar, que debe de ser mucho más útil que, por ejemplo, mirar la tele. En cambio, dejo en el aire estas líneas

para consultar el correo electrónico

y buscar en Wikipedia cómo se llama el director de la película que vi anoche

y quizás mirar un par de vídeos porno

pero no me siento culpable. Antes, en cambio, me retorcía de dolor espiritual después de comprobar que daban las 21.43 del domingo y todavía no había podido concluir una mísera página de la famosa novela que estoy escribiendo y con la que tengo atormentado a mi círculo de pacientes amistades. Ahora

chateo en el messenger

y miro qué han escrito en su blog un par de amigos

y estoy atento a cómo van en el Helmántico

y leo idioteces en cualquier periódico.

y sé que dedico las mismas siete horas de siempre a una actividad que está en el diccionario de la Real Academia y que, miren, tiene su enjundia, porque su origen etimológico es latino. Procrastinación.

Ahora mismo voy a ponerlo de estado (orgullloso) en Facebook.


domingo, 6 de febrero de 2011

Calendario

En diciembre me regalaron un calendario de 2011. En un primer momento me pareció un regalo más bien cutre y bastante inútil, especialmente para una persona tan poco sometida por el tiempo como yo. Aun así, lo acepté con una sonrisa, qué remedio, y lo coloqué en la mesa de mi estudio, justo a la derecha del ordenador. Se trata de un calendario soso, de color blanco y sin ilustraciones, y en el que cada mes ocupa una página que hay que desechar cuando trascurren los días correspondientes. Los números están impresos en color negro, excepto los domingos, que están teñidos en rojo. Al menos así era enero.

Sin embargo, la semana pasada, cuando arranqué la página del primer mes del calendario, sucedió algo extraño. Sólo había seis días a la vista, del uno al seis de febrero. Instintivamente, eché un vistazo a las demás hojas del año y la sorpresa se convirtió en enfado: en ellas sólo podía leerse el nombre del mes, pero nada más. Todo estaba en blanco, excepto enero y estos seis primeros días de febrero. Y ya está.

Quise llamar al generoso amigo que me había regalado tal absurdidad de calendario, pero no conseguí recordar quién lo había hecho. Al principio supuse que había dado la misma importancia a esta persona que al regalo. Después conseguí reconstruir la verdad: no lo recordaba porque nadie me había regalado ese calendario. Simplemente, apareció en mi mesa, eso es.

Ahora, mientras escribo estas líneas, tengo a mi derecha un calendario que mañana, siete de febrero de 2011, perderá su valor.

Aunque quizás mañana no exista, con lo que el problema estará solucionado.


 
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