jueves, 5 de noviembre de 2009

Ejercicio introspectivo a las tres


Giré la esquina y me encontré conmigo. Fue como entrar de repente en una tormenta perfecta, sean como sean estas tormentas, que mucho nos ha enseñado el cine, pero yo todavía no he visto ninguna. Sí me las imagino con lluvia horizontal y desbordada, con gente corriendo de lado a lado y hacia ninguna parte, con golpes de efecto y viento y fuego y un montón de cosas más. Claro que yo tengo mucha imaginación y también he visto demasiadas películas. Quizás una tormenta perfecta sea un simple chaparrón con algún árbol arrancándose y poco más.


La cuestión es que giré la esquina y ahí estaba yo y mi tormenta perfecta. Me hice el loco, como otras veces que me había encontrado a mí mismo por la calle, pero esa vez no me sirvió de nada, porque ahí estaba, frente a frente conmigo, casi tocándome.


Quise pasar de largo con una maniobra de despiste, pero me agarré del brazo. No me imaginaba que tuviera tanta fuerza, porque cuando intenté zafarme -siempre quise utilizar esta palabra en un relato-, fue imposible: tantas mañanas en el gimnasio habían dado sus frutos y ahora se ponían en mi contra.


No pronuncié palabra y me comencé a pegar de forma crispada y compulsiva, con ganas. Lo cierto es que nunca había pegado a nadie, así que supongo que toda esa violencia reprimida durante años salía ahora con la fuerza de un huracán. O de una tormenta perfecta: por eso hablaba antes de la tormenta perfecta. Comencé dándome un puñetazo en el estómago, me encogí del dolor, y al agacharme me solté un rodillazo en los morros. Me puse a sangrar por la nariz; sangro muy fácilmente y, si me pegan rodillazos, mucho más fácilmente, así que me puse a sangrar. Luego, conmigo en el suelo, me llovieron patadas por todas partes. Tanto suplemento cultural leído y ahí me tienen, a puntapiés conmigo mismo. Y en absoluto silencio, que es lo más curioso.


No sé en qué momento perdí la consciencia. Algo soñé, creo. Supongo que algo relacionado con el dolor de cabeza.


Cuando me desperté, yo seguía ahí. Y lejos de soltarme charlas filosóficas acerca del significado de la violencia y las espirales de autodestrucción, simplemente me senté a mi lado y me quedé callado. Bueno, sólo me dije una cosa. Bastante decepcionante, en realidad. Y luego me quedé callado.


lunes, 2 de noviembre de 2009

Lunes

Abrí la puerta del armario y me di cuenta de que algo raro pasaba –llámenme perspicaz– cuando sentado sobre la pila de las camisetas se hallaba un hombre de unos cuarenta y largos que, absorto, leía unos papeles.

Oiga, le dije.

El hombre se asustó, se le cayeron los papeles y acabó por revolver todo el armario. Curiosa reacción, pensé, cuando ahí el que realmente se debería haber sorprendido era yo: en contra de lo que puedan pensar, mi conducta fue más bien flemática. Y eso a pesar de que no suelo encontrarme con señores entre mi ropa, la verdad: era lo que me quedaba por ver esta semana.

Tranquilo, no se alarme, pero es que está usted en mi armario, comenté.

El hombre se recompuso como buenamente pudo. Recogió los papeles, que se habían repartido por el suelo de mi habitación, y se colocó las gafas. Después se pasó la mano derecha por el pelo y habló.

Disculpe, a estas horas debería estar debajo de su cama, pero me he despistado leyendo.

¿Y qué es lo que lee?, le pregunté.

(En realidad, igual que ustedes, estaba más intrigado de por qué ese hombre estaba en mi casa que de la literatura que lo distraía, pero en ese momento me salió así).

¿No lo sabe? Pues lo que viene. Leo lo que viene.

¿Cómo?. Yo no había entendido un carajo, por supuesto.

Sí, deje que le explique. Por lo que he leído, hoy se va a poner esta camiseta roja de aquí, la americana negra y los pantalones de pana. Después se va a lavar los dientes, dirá “mierda, llego tarde” y saldrá corriendo de casa. Luego subirá al autobús número 20, discutirá con el conductor porque no tendrá suelto, pisará a una señora y le dirá “perdone”. Yo estoy aquí para recordárselo.

Ajá, pronuncié. Así que es usted mi apuntador.

Eso es. Encantado de conocerle.

Lo mismo le digo.

Y cogí la camiseta roja, la americana negra y los pantalones de pana. Después cerré el armario y me fui a lavar los dientes.

Mierda, llego tarde, dije.


jueves, 29 de octubre de 2009

Automatique



J'enlève la buée a la fenêtre

pour voir le brouillard

toi, tu me parles en japonais

et j'écris automatique


Xavi Martín



Me hablas en japonés, o a mí me parece que eso es japonés, porque no entiendo una palabra de lo que dices. ¿Sabes que una vez quise ir a Japón? Llegué tarde al aeropuerto, me llamaban por la megafonía y después la puerta de embarque estaba cerrada y me quedé ahí, en tierra de nadie, oyendo mi nombre por los altavoces de la terminal. Era como ser una nota al pie de mi propio nombre, como jugar a esconderme de mí mismo, y eso es imposible.


(o no, porque llevo escondiéndome en las cunetas del camino durante mucho tiempo, y me sale bien.


Pero no, ahora que lo pienso no es igual)


No sé si te lo comenté, pero creí que la voz que pronunciaba mi nombre era la tuya, porque me hablaba en japonés y me sonó a idea lanzada, a frío. A un frío cálido, en realidad, como el que desprenden las cenizas por la mañana o la niebla que recién se levanta y tú no sabes que se levanta, porque estás al otro lado de los cristales empañados. Sólo lo sabes cuando limpias la ventana con la manga de la camisa y entonces queda ese rastro de agua que deja ver el frío de la niebla que huye.


Ése precisamente, a ése me refiero, a ese frío cálido de tu voz hablando en japonés. También es el mismo frío de Haneke o de Miller, que es un frío un poco deshecho e impredecible. Es un frío más bien anticuado, porque deja de ser frío cuando pasas de la primera frase. Aunque yo no entienda una palabra de lo que dices, porque no he ido a Japón y por eso sigo aquí, escribiendo de forma automática mientras la noche cae, tú te desprendes en forma de frío y es demasiado tarde. En realidad, hace demasiado tiempo que es demasiado tarde. La puerta de embarque está cerrada y, aunque me siguen llamando por megafonía, yo sé que está cerrada.


domingo, 25 de octubre de 2009

Ejercicio introspectivo a las dos


Al afinador de espejos se le acumulaba el trabajo. En el taller yacían amontonados decenas de espejos que daban la razón. También otros que sólo mostraban miserias. Al fondo, los de las paradojas y las mentiras. Dicho así uno se imagina una incoherencia laberíntica de cristales pulidos inundando una habitación de unos pocos metros cuadrados. Pero esto sería ser injusto con el afinador de espejos, que si hubiera que someterlo a la clasificación genérica se diría de él que es una de las personas más ordenadas y que se enfrentaba con mayor valentía a las complejidades del universo. A pesar de ello, se le acumulaba el trabajo y dejaba de sonreír, porque eso de estar rodeado de falsedades acababa por afectar hasta a los orgasmos. Afinar espejos es un proceso lento, en el que hay que darse cuenta de muchos síntomas y a la vez huir de todo entusiasmo o resistencia. Es una maniobra que sólo puede hacerse por la noche, cuando el espejo está vacío de memoria y las mentiras dejan de tener ese aspecto de verosimilitud y se muestran desnudas y con toda su crudeza. Después hay que contar hasta diez, hacer sonar el diapasón y devolver el espejo al punto de partida. En realidad no es una labor difícil, no exige cualificación, pero hay que tener perseverancia, ya que puede ser que las apariencias y los prejuicios se disfracen de raros e inexplicables síntomas. Y por eso se le acumulaba el trabajo, porque últimamente se encontraba con demasiadas imágenes discontinuas y, lo que es peor, miedos cerriles: abundaban los espejos teñidos de cobardías y fiebres premonitorias, de esas que enmascaran las decisiones e impiden ver las excepciones que cumplen las reglas y los amores a tercera vista. Que así no hay manera de encontrarse ni de salir a buscar nada ahí afuera, que un espejo tiene que estar bien afinado, que debe sonar a presente de indicativo y no tanto a pretérito imperfecto. O a destiempo. Y el afinador de espejos hacía lo que podía. Pero se le acumulaba el trabajo y en su taller seguía habiendo demasiada miseria, demasiada paradoja y demasiada mentira. Y así no hay manera de encontrarse.


jueves, 22 de octubre de 2009

Ejercicio introspectivo a la una


Cuando se acercaba a su precipicio, miraba hacia otro lado.

Tenía vértigo de sus vidrios rotos.

Así que miraba hacia allá, como marca el Reglamento. A cualquier lugar menos a su lluvia.

Allá a lo lejos mejor que a su oscuridad, a la pausa de aquellas grietas. A cualquier duda.

Miraba hacia la calma de los claxons y las sirenas.

A cualquier lugar menos a las bajas temperaturas.

Hacia la parodia del escenario.

Iba sembrando tempestades, repartiendo jirones de niebla.

Y vivía un poco a destiempo. (según sus cálculos, sólo dos o tres veces por semana).

Le dijeron “céntrese”, “búsquese”, “mírese”.

Y se ha puesto un espejo en casa.

Pero hay que afinarlo.

Porque en él sólo aparecen moralejas.


sábado, 17 de octubre de 2009

Jerarquía (Clásico revisitado número 22)

Se dirigió a la estatua y, al tocarla, le pareció que estaba caliente, que el marfil se ablandaba y que abandonaba su dureza, y que comenzaba a adoptar formas conocidas y dóciles. Le invadió una sensación confusa de temor y deseo a la vez, que se convirtió en alegría cuando, al palpar de nuevo la estatua, se percató de que era un cuerpo con sus latidos, sus ciclos y sus toses, con crujidos, alborotos y terrenos resbaladizos. Con todo eso.

Le pareció que la estatua movía los ojos y lo miraba, y así era, y lo hizo de forma deliciosa, con una fantasía encantadora; sólo le habían mirado así una vez, y aquello ya estaba más que sepultado y aquí lo recuperó enmarcado desde lo insólito y adquirió una luminiscencia de luciérnaga o de píldora de luz. Su cuerpo comenzó a festejar, se notó invadido de instintos.

Todo me resulta ahora comprensible, pensó, también lo trascendente, lo que se hace esperar, las imágenes desamparadas, las mezquindades.

Después la estatua movió un brazo, y luego se puso de puntillas y se desperezó ruidosamente, como si se estirara un cristal y no un trozo de mármol vivo. Se le encendió en el cuerpo la humedad. Y habló.

No sabemos lo que dijo, pero sí que él interrumpió todo lo demás y lo siguiente y el resto de las cosas que venían. Y quiso maldecirse por haber creado algo tan bello, una criatura tan perfecta que volvía indigno todo recuerdo, que hasta el amor se hacía vulgar.

Hasta aquí llega su narración. Jamás nos ha explicado más: sólo podemos lanzar conjeturas acerca de por qué, después de amarla durante siete días y siete noches, la abandonó. A mí me dijo que por una cuestión de orden y de jerarquía.

No hay quien entienda a estos artistas.


miércoles, 14 de octubre de 2009

Visitas


Hoy estaba en casa y llamaron a la puerta. Sí, ya sé que es miércoles, pero tengo por costumbre pedir el día libre en la oficina cuando cumplo años. Y suelo quedarme en casa, porque me gusta celebrar mi aniversario sentado en el sillón orejero mientras repaso los últimos 365 días de forma irónica. Para alegrarme un poco. Y me acabo riendo hasta de las rutinas, que son más bien poco chistosas a no ser que trabajes como catador de helados, enfermo imaginario o crítico de arte, y aun así estoy convencido de que si te pasas la vida probando polos al final no te hace puta gracia ni el Frigopié ni la madre que parió a Ben y a Jerry. Pero yo me río de mis rutinas, hasta de mirar el reloj me río. Le saco chistes a comerse las uñas, a afeitarme con las cuchillas desechables, a los pájaros que se apartan de mi camino por las mañanas, a la voz ronca del quiosquero. Puedo soltar una carcajada pensando en el departamento contable de mi empresa, y créanme que eso es especialmente difícil. El año pasado me inventé una historia graciosísima sobre el agua que cae de los aires acondicionados, y hace dos, sobre los peajes de la C-31 y los atascos a la altura de El Prat. Y todavía lloro de risa pensando en la ocurrencia aquella que tuve sobre la sección de detergentes del súper y sobre los tacones de la del piso de arriba.

Hoy era muy temprano, todavía no se me había ocurrido nada, y llamaron a la puerta. Si no espero visita no suelo atender a nadie, la verdad. En esa ocasión, sin embargo, me lo pensé. Insistieron. Llamaron hasta tres veces, lo cual me pareció bastante extraño.


Así que abrí.


Y era el tiempo. Lo conocí enseguida, a pesar de que no tenía el aspecto que uno se imagina (aquello de su exuberante inmensidad y su terrorífico semblante), sino que más bien tenía pinta de administrativo un poco gris, demasiado académico. Pero lo conocí enseguida.


No pronunció palabra. Simplemente me miró de arriba a abajo, me soltó una bofetada y se marchó.


No reaccionó usted, se preguntarán. Pues no, me quedé más bien patidifuso y boquiabierto. Y nada más. Sólo se marchó y en el portal quedó aquella carcajada.


 
Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.