domingo, 16 de septiembre de 2007

Showgirls


Creo que cuando la vi, con su vientre imponente y su lentitud congénita, me vino una arcada y quise correr sin mirar atrás más que para no olvidar de quién estaba huyendo.

- Hola, mi amor. ¿Te vienes arriba?

- No contigo, querida– lo dije sin intensidad, pero con una expresión de asco en la cara. Ella respondió sin la ternura anterior y se fue de mi lado, tambaleándose, arrastrando su barriga amorfa. En la distancia me propinó un cabezazo de realismo con el dedo corazón. Vacié el refresco en la copa y la removí; de forma idiota, ya que parte del líquido se derramó sobre mi mano derecha.

- Cuidado, que se te va a caer. Déjame.

Era ella. La había visto alguna vez más, en mi cabeza, durante las masturbaciones, cuando la obligaba a ponerse de lado para concentrarme en sus caderas, gruesas, redondas, con el tacto de una catarata de terciopelo. Hoy llevaba los ojos envueltos en sombra verde, los pómulos en rugosidad morada y tenía la sonrisa arañada por el gris y el amarillo. Su belleza era más burda ahora que se había materializado desde el recuerdo, como el eco de un tren. En su mirada, sin embargo, sólo parecía haber acumulado olvido. Se acercó un poco más, cogió mi mano, empapada por la ginebra y la tónica, y la chupó, recreándose en el espacio entre los dedos.

- Deberías tener más cuidado, guapo. Aquí las copas son muy caras– me dijo.

Me había dejado su olor a saliva agria en la mano. El mismo olor. Siempre el mismo olor a acero frío. Aprendí a amar ese olor.

- ¿Cómo te llamas, guapo?

Tenía algo dulce e irresistible en la voz. Miré su cuello. Lejos de apiadarme, se me apareció como un animalito desvalido y me excité aún más.

- Para ti, Jack.

jueves, 13 de septiembre de 2007

Chapter one



"Chapter One. He adored New York City. He idolized it all out of proportion. Uh, no, make that: "He-he...romanticized it all out of proportion. Now...to him...no matter what the season was, this was still a town that existed in black and white and pulsated to the great tunes of George Gershwin." Ahhh, now let me start this over. "Chapter One. He was too romantic about Manhattan as he was about everything else. He thrived on the hustle...bustle of the crowds and the traffic. To him, New York meant beautiful women and street-smart guys who seemed to know all the angles." Nah, no...corny, too corny...for...my taste. I mean, let me try and make it more profound. "Chapter One. He adored New York City. To him, it was a metaphor for the decay of the contemporary culture. The same lack of individual integrity to cause so many people to take the easy way out...was rapid ly turning the town of his dreams in--" No, it's gonna be too preachy. I me and, you know...let's face it, I wanna sell some books here. "Chapter One. He adored New York City, although to him, it was a metaphor for the decay of contemporary culture. How hard it was to exist in a society desensitized by drugs, loud music, television, crime, garbage." Too angry. I don't wanna be angry. "Chapter One. He was as...tough and romantic as the city he loved. Behind his black-rimmed glasses was the coiled sexual power of a jungle cat." I love this. "New York was his town. And it always would be."


Manhattan
, Woody Allen

domingo, 9 de septiembre de 2007

L'amour fou

Le agarró la mano, se la acarició como cuando todo era voluptuoso, con el esmero de un amante real, con la locura y la rabia de los primeros tactos, como cuando te duele todo si no tocas. ¿Recuerdas? Siempre en un constante arrebato físico y trapisonda interna, sometido a una embriaguez pasional, como un animal desplumado y náufrago en una concha flotante. Bebíamos infusiones juntos, sentados en la cama, curándonos las borracheras. Comía rosas de tu boca, con las entrañas desordenadas y la piel dorada. Nos olvidábamos de la suciedad y el mal olor y todos los humores eran amables. Todavía tenías las manos pequeñas y yo bruma en la cabeza. Tú me abanicabas con una revista cuando tenía calor y yo te recorría la desnudez pálida con los ojos; todas eran más feas que tú, y engordaban y se morían. Incluso dábamos de comer a las palomas y perseguíamos a los gatos callejeros, rotos como estábamos de la fiebre amarilla o roja o rosa. No había horas de cenar, ni de comer ni desayunar. Escribíamos manifiestos de locura, y celebrábamos ceremonias diarias para alborotarnos las querencias.

- Perdone que le interrumpa –dijo el abogado–. Intentemos no desviarnos, que tengo prisa. Estábamos hablando del régimen de visitas.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Finales felices

Se despidió a medianoche sin mediar palabra. Había aparcado cerca, al girar la esquina, y fue jugando divertida con el control remoto a encender y apagar los intermitentes. Parecía como si el coche la echara de menos después de unas horas de ausencia. Subió y, antes de acomodarse en el asiento, cerró el seguro desde dentro; era de natural desconfiada, a pesar de que el barrio no invitaba a serlo. Quizás le inquietara el silencio –sólo alcanzaba a oírse alguna sirena a varios kilómetros–, la improbable presencia de delincuentes agazapados en las sombras, armados con cadenas y bates de béisbol –es curioso que un deporte tan tremendamente aburrido sea más violento fuera que dentro del campo de juego– o la imposible aparición de bestias mitológicas, al acecho en la copa de árboles cercanos –antes invadidos por el estrépito de los gorriones. Decidió salir por la autovía, más allá de donde la calle se alargaba. Estaba cansada, demasiadas horas despierta, demasiado trabajo en las manos, demasiado mirar atrás con ira, pero feliz; de hecho, la carretera se le aparecía en las pupilas como fotogramas de actos de amor. El medicamento que tomó puede producir somnolencia, pero los ojos como ovnis. Al girar por el antiguo camino de la estación, muy cerca del cementerio, miró hacia los lados, buscando una tumba digna para él, cuyos pedazos reposaban en el maletero. Era un cabrón, pero hasta los cabrones, cuando mueren, merecen descansar al cobijo de las miradas de los vivos.

domingo, 2 de septiembre de 2007

Primer día

Se cargó la mochila a la espalda, resentida de forma inmediata por el muy pesado libro de Conocimiento del Medio, dio un beso –de los sonoros– a su madre y salió de casa cabizbajo. Tenía recursos para no parecer triste y penetrar como si(n) nada en la caótica vida de un artista delirante; no le hacía falta mirar en las páginas amarillas para salir de las tinieblas, toda una forma de especialización tapizada de optimismo. Pero ahora se le habían desatado los cordones de las botas. Mientras se agachaba, recordando cómo era el secreto de las lazadas que le había enseñado su padre, se imaginó la puerta del colegio tapiada, con chicle en la cerradura, convertida en un negocio de chuches y palomitas o en un iglú con esquimal, agujero en el hielo, oso polar y todo lo demás que tienen los iglúes. No hacía frío, no paraba de llover, no había hecho caso a su madre, no había paraguas. Buscó complices en la acera, mochilas cargadas con piedras del río, con conchas de nácar y cubos de plástico, con barajas de Heraclio Fournier, con parches de bicicleta, con ranas y tirachinas, con dinosaurios, con balones de baloncesto, con carreras de sacos. Buscó una bienvenida a la realidad menos agria, pero se dejó contagiar por el humor sombrío de la calle. Parecía de noche.

martes, 28 de agosto de 2007

Esferas tornasoladas


“En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor”
El Aleph. Jorge Luis Borges


Al comenzar a llover, se despegó de la almohada manchada de saliva. Miró más allá del ventanal del autobús, salida de socorro, y se sintió diminuto y oscuro en medio de una marea lunar. Vayan saliendo, gritó el conductor como sólo los conductores de autobuses saben hacerlo; de un modo grotesco, parece que se les va a reventar la garganta y los pedazos van a seguir torturando los tímpanos. Abrió la puerta. Llegó el éxtasis, la corte del neón, todo el mundo llega tarde en esta ciudad sin puestas de sol, donde está prohibida la horizontalidad y huele a ruido y a colesterol y los pies parecen subir una interminable escalera de caracol y las miradas viajan hacia la difuminación. Las conversaciones, lánguidas, obligan al consumo perenne –emo ergo…– y no hay calidez en los besos y los guiños siempre provocan. Deprisa, deprisa, que hay cola, chillan. Una pistola dispara, un viejo se muere, una luz se apaga, pero nadie se percata y los corredores siguen bebiendo su café de plástico. Hay tantos que seguro que existen dos iguales. Resopló. ¿Una isla vacía? Más tarde quizás. Ahora le apeteció alquilar un palco aquí. Welcome.

domingo, 5 de agosto de 2007

The city that never sleeps



Start spreading the news
I'm leaving today
I want to be a part of it, New York, New York
These vagabond shoes
Are longing to stray
And make a brand new start of it
New York, New York
I want to wake up in the city that never sleeps
To find I'm king of the hill, top of the heap
These little town blues
Are melting away
I'll make a brand new start of it
In old New York
If I can make it there
I'll make it anywhere

It's up to you, New York, New York.




I want to wake up in the city that never sleeps
To find I'm king of the hill, top of the heap
These little town blues
Are melting away
I'll make a brand new start of it
In old New York
If I can make it there
I'll make it anywhere
It's up to you, New York, New York.


Nos vemos a mi vuelta, si consigo salir con vida de los aeropuertos.

 
Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.