Showgirls

Creo que cuando la vi, con su vientre imponente y su lentitud congénita, me vino una arcada y quise correr sin mirar atrás más que para no olvidar de quién estaba huyendo.
- Hola, mi amor. ¿Te vienes arriba?
- No contigo, querida– lo dije sin intensidad, pero con una expresión de asco en la cara. Ella respondió sin la ternura anterior y se fue de mi lado, tambaleándose, arrastrando su barriga amorfa. En la distancia me propinó un cabezazo de realismo con el dedo corazón. Vacié el refresco en la copa y la removí; de forma idiota, ya que parte del líquido se derramó sobre mi mano derecha.
- Cuidado, que se te va a caer. Déjame.
Era ella. La había visto alguna vez más, en mi cabeza, durante las masturbaciones, cuando la obligaba a ponerse de lado para concentrarme en sus caderas, gruesas, redondas, con el tacto de una catarata de terciopelo. Hoy llevaba los ojos envueltos en sombra verde, los pómulos en rugosidad morada y tenía la sonrisa arañada por el gris y el amarillo. Su belleza era más burda ahora que se había materializado desde el recuerdo, como el eco de un tren. En su mirada, sin embargo, sólo parecía haber acumulado olvido. Se acercó un poco más, cogió mi mano, empapada por la ginebra y la tónica, y la chupó, recreándose en el espacio entre los dedos.
- Deberías tener más cuidado, guapo. Aquí las copas son muy caras– me dijo.
Me había dejado su olor a saliva agria en la mano. El mismo olor. Siempre el mismo olor a acero frío. Aprendí a amar ese olor.
- ¿Cómo te llamas, guapo?
Tenía algo dulce e irresistible en la voz. Miré su cuello. Lejos de apiadarme, se me apareció como un animalito desvalido y me excité aún más.
- Para ti, Jack.





