miércoles, 5 de septiembre de 2007

Finales felices

Se despidió a medianoche sin mediar palabra. Había aparcado cerca, al girar la esquina, y fue jugando divertida con el control remoto a encender y apagar los intermitentes. Parecía como si el coche la echara de menos después de unas horas de ausencia. Subió y, antes de acomodarse en el asiento, cerró el seguro desde dentro; era de natural desconfiada, a pesar de que el barrio no invitaba a serlo. Quizás le inquietara el silencio –sólo alcanzaba a oírse alguna sirena a varios kilómetros–, la improbable presencia de delincuentes agazapados en las sombras, armados con cadenas y bates de béisbol –es curioso que un deporte tan tremendamente aburrido sea más violento fuera que dentro del campo de juego– o la imposible aparición de bestias mitológicas, al acecho en la copa de árboles cercanos –antes invadidos por el estrépito de los gorriones. Decidió salir por la autovía, más allá de donde la calle se alargaba. Estaba cansada, demasiadas horas despierta, demasiado trabajo en las manos, demasiado mirar atrás con ira, pero feliz; de hecho, la carretera se le aparecía en las pupilas como fotogramas de actos de amor. El medicamento que tomó puede producir somnolencia, pero los ojos como ovnis. Al girar por el antiguo camino de la estación, muy cerca del cementerio, miró hacia los lados, buscando una tumba digna para él, cuyos pedazos reposaban en el maletero. Era un cabrón, pero hasta los cabrones, cuando mueren, merecen descansar al cobijo de las miradas de los vivos.

domingo, 2 de septiembre de 2007

Primer día

Se cargó la mochila a la espalda, resentida de forma inmediata por el muy pesado libro de Conocimiento del Medio, dio un beso –de los sonoros– a su madre y salió de casa cabizbajo. Tenía recursos para no parecer triste y penetrar como si(n) nada en la caótica vida de un artista delirante; no le hacía falta mirar en las páginas amarillas para salir de las tinieblas, toda una forma de especialización tapizada de optimismo. Pero ahora se le habían desatado los cordones de las botas. Mientras se agachaba, recordando cómo era el secreto de las lazadas que le había enseñado su padre, se imaginó la puerta del colegio tapiada, con chicle en la cerradura, convertida en un negocio de chuches y palomitas o en un iglú con esquimal, agujero en el hielo, oso polar y todo lo demás que tienen los iglúes. No hacía frío, no paraba de llover, no había hecho caso a su madre, no había paraguas. Buscó complices en la acera, mochilas cargadas con piedras del río, con conchas de nácar y cubos de plástico, con barajas de Heraclio Fournier, con parches de bicicleta, con ranas y tirachinas, con dinosaurios, con balones de baloncesto, con carreras de sacos. Buscó una bienvenida a la realidad menos agria, pero se dejó contagiar por el humor sombrío de la calle. Parecía de noche.

martes, 28 de agosto de 2007

Esferas tornasoladas


“En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor”
El Aleph. Jorge Luis Borges


Al comenzar a llover, se despegó de la almohada manchada de saliva. Miró más allá del ventanal del autobús, salida de socorro, y se sintió diminuto y oscuro en medio de una marea lunar. Vayan saliendo, gritó el conductor como sólo los conductores de autobuses saben hacerlo; de un modo grotesco, parece que se les va a reventar la garganta y los pedazos van a seguir torturando los tímpanos. Abrió la puerta. Llegó el éxtasis, la corte del neón, todo el mundo llega tarde en esta ciudad sin puestas de sol, donde está prohibida la horizontalidad y huele a ruido y a colesterol y los pies parecen subir una interminable escalera de caracol y las miradas viajan hacia la difuminación. Las conversaciones, lánguidas, obligan al consumo perenne –emo ergo…– y no hay calidez en los besos y los guiños siempre provocan. Deprisa, deprisa, que hay cola, chillan. Una pistola dispara, un viejo se muere, una luz se apaga, pero nadie se percata y los corredores siguen bebiendo su café de plástico. Hay tantos que seguro que existen dos iguales. Resopló. ¿Una isla vacía? Más tarde quizás. Ahora le apeteció alquilar un palco aquí. Welcome.

domingo, 5 de agosto de 2007

The city that never sleeps



Start spreading the news
I'm leaving today
I want to be a part of it, New York, New York
These vagabond shoes
Are longing to stray
And make a brand new start of it
New York, New York
I want to wake up in the city that never sleeps
To find I'm king of the hill, top of the heap
These little town blues
Are melting away
I'll make a brand new start of it
In old New York
If I can make it there
I'll make it anywhere

It's up to you, New York, New York.




I want to wake up in the city that never sleeps
To find I'm king of the hill, top of the heap
These little town blues
Are melting away
I'll make a brand new start of it
In old New York
If I can make it there
I'll make it anywhere
It's up to you, New York, New York.


Nos vemos a mi vuelta, si consigo salir con vida de los aeropuertos.

martes, 31 de julio de 2007

Ícaro


Siempre me ha fascinado – a veces de forma positiva, a veces de forma negativa– la pasión del ser humano occidental por viajar. Basta pararse y sacar una foto. El hombre desea volver al Neolítico, abandonar la formación de poblados estables agrícolas y ganaderos y recuperar su condición salvaje de cazador-recolector. De sedentarios a nómadas. Es el nacimiento del hombre-maleta, que renuncia a esperar a la muerte habiendo conocido un solo lugar y mueve los brazos para que le rescaten de su sitio, que huye antes de ser cadáver y se transporta en el tiempo y en el espacio como necesidad. Y se pone alas de cera y vuela hasta el sol para luego caer al mar y ahogarse. Sobrevive para seguir viajando y construye templos imperfectos y ásperos a Hermes en forma de inmensos hangares. Sueña con peregrinaciones por pasillos fríos repletos de cintas que inutilizan las piernas. Pura arrogancia; una impertinencia ambulante que merece ser castigada por sus semejantes condenando a este inestable emigrante a ser protagonista de una película neorrealista (italiana, por supuesto) ambientada en un aeropuerto. Como aquí y ahora.

- Le estamos pidiendo que coopere, nada más. Si nos ayuda, le dejaremos ir. Can you hear me? Can you see me? El pasaporte, por favor. La tarjeta de embarque, en los dientes. Los líquidos, en la bolsa de plástico. Vuelo de Lufthansa jotakacuatrocientoscincuentayseis con destino Frankfurt. Puerta becuarentaydos. Flight Lufthansa yikeiforjandredanfiftysix, destination Frankfurt. Gate number bifortytu ¿Ahí lleva un ordenador? Descálcese y enséñeme los pies. Aquí, los zapatos. Die you bastard ¿Algo que declarar? Fuck off. Abra la maleta. Come on, motherfucker. Desnúdese.

domingo, 29 de julio de 2007

Niñez


“Me han dicho alguna vez o lo leí en alguna parte – lo recuerdo ahora – que durante la infancia nos hacemos treinta y tres preguntas por hora y que, con el paso del tiempo, cada vez nos preguntamos menos cosas, porque las respuestas están ahí, pensadas por otros y dispuestas a ser adoptadas por nosotros antes de que ni siquiera se nos ocurra cuestionar el cómo y el porqué de lo que nos rodea y nos tiene acorralados. De este modo, acabamos conformándonos con la seguridad de las respuestas ajenas sintiéndonos vencedores cuando en realidad deberíamos luchar por mantener el riesgo constante de las preguntas privadas.

Sí, se nos educa para ser débiles, pero para cuando lo comprendemos ya es demasiado tarde. Alcanza con mirar fotos de niños que alguna vez fueron y compararlas con las fotos de adultos que estos niños resultaron ser para que nos invada una sensación de triste extravío, de resignado desconcierto ante lo imposible de recuperar. Esta boca y esta nariz pueden llegar a coincidir con aquella nariz y aquella boca; pero algo se ha quedado para siempre en el camino: el brillo desafiante de una mirada, la curva cruel de una sonrisa pura y bestial, la estatura perfecta y la silueta aerodinámica, óptima e inasible para alcanzar la mejor velocidad cuando se corre pero nunca se huye. Felices enanos perfectos que, misteriosamente, aparecen anacrónicamente adultos en esos brillantes papeles viejos”.

Fragmento de Mantra, de Rodrigo Fresán, un autor que no me canso de recomendar.

miércoles, 25 de julio de 2007

Creación (Clásico revisitado número 5)


“Dios todavía no ha creado el mundo; sólo está imaginándolo, como entre sueños. Por eso el mundo es perfecto, pero confuso”.

Augusto Monterroso, El mundo



Al principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra estaba desierta y vacía y las tinieblas cubrían el abismo y el espíritu de Dios revoloteaba sobre la superficie de las aguas.


Y dijo Dios: Haya luz. Y hubo luz. Vio Dios que la luz era buena y puso Dios separación entre la luz y las tinieblas; y llamó Dios a la luz, día, y a las tinieblas, noche, y hubo tarde y mañana: día primero.


Y dijo Dios: Fuera la luz. Y la luz se fue. Vio Dios que la oscuridad era mejor que la luz y, goma de borrar en la mano derecha, decidió suspender la creación por cuarta vez. Dios tuvo el presentimiento de algo iba a ir mal y se cansó de su omnipotencia; y no pudo conciliar el sueño. Así que Dios arrojó la última versión de su proyecto por la ventana y vio que el vuelo de los papeles era bueno y lo dejó todo en manos de la ciencia: día segundo.

 
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