martes, 22 de mayo de 2007
domingo, 20 de mayo de 2007
Escribid por el otro lado
“There was a silly damn bird called a
Ray Bradbury, Fahrenheit 451
Con un gesto vacío tiró el libro a la pira, que lo consumió como un susurro. Mientras sus ojos destelleaban en rojo, deslizó una sonrisa. Al fondo vitorearon, aclamaron, aplaudieron, silbaron, vocearon, insultaron, con el cielo iluminado de un humo compuesto de letras y signos ortográficos, de historias incontables, de vidas envidiadas y de diálogos cobardes. La ceniza revoloteaba sobre el castillo de llamas cuando empezó a sonar una música de festejos y los asistentes emprendieron un baile monstruoso sobre el cadáver de la literatura. Un niño vomitó. El producto de su náusea quedó al lado de una página olvidada, a salvo del infierno; sólo por un instante, porque se evaporó después de que alguien la hiciera una bola y la tirara al centro de la hoguera.
Por el aire circulaban infinitas partículas de polvo gris. Las palabras se volvieron invisibles y dejó de llover para siempre. Los hombres dejaron de ser hombres. Sólo quedaron cuchillos.
miércoles, 16 de mayo de 2007
Las preferencias
- Bájate en la siguiente parada. Ya sé que no es la tuya, que has estado esperando más tiempo que de costumbre a que llegara el tranvía y que ahora no vas a interrumpir la rutina porque un libro te lo exija. Te equivocas. No es una orden, sino una advertencia. Sólo te lo diré una vez más: bájate en la siguiente parada.
Levantó los ojos del libro. Había estado leyendo con desgana, saltando fragmentos que presagiaba prescindibles para el buen entendimiento del hilo narrativo principal, pero aquel párrafo le sobresaltó.
- Tú ya intuías que esto no era un relato, ni un cuento con moraleja, una poesía de despecho o un artículo político. Aun así, ¿por qué sigues leyendo? Si no me crees y no vas a bajar en la siguiente parada, ¿por qué me prestas atención? Esto no te va a conducir a una resolución convencional, no vas a descubrir la identidad de un asesino, la verdad sobre María Magdalena o el misterio de una catedral medieval.
Volvió a alzar la mirada. Entre el último sorbo de café y el buenos días al portero de la oficina, siempre utilizaba la ficción para anticiparse a la realidad. Se sentaba al final del vagón, huyendo de pláticas insípidas y miradas cómplices, colocaba su cartera en el asiento contiguo y leía. Era una forma agradable de esperar a que una ráfaga lo lanzara hacia el sábado, cuando todo acababa.
- ¿Y si esta vez no llega el sábado? Quizás no te hayas percatado de que hoy el tranvía está menos concurrido de lo habitual. Es porque ellos sí que me han hecho caso y han bajado en la siguiente parada.
Miró alrededor. Allá al fondo estaba el hombre del traje a rayas –todas las mañanas ese mismo traje–, la estudiante de los ojos color malva y la pareja de ingleses que conversaba en voz baja. Dos asientos más adelante, el joven de la barba. Además de estos personajes, ya familiares, una mujer dormitaba a su izquierda y, de pie, un hombre daba instrucciones a un niño –probablemente su hijo– acerca de cómo comportarse en el transporte público.
- Hay menos gente, ¿verdad? Falta la mujer de pelo rizado que siempre está con el móvil en la oreja. Y los dos viejos que siempre hablan del tiempo. Y los tres chicos de la bicicleta. Ni siquiera el conductor es el mismo.
El libro –le dolía tener que personificar un objeto inerte, pero aun así lo hizo– tenía razón. Fue entonces cuando empezó a plantearse la posibilidad de bajar del tranvía. Estaba sobrecogido. Sin embargo, la curiosidad le hizo seguir leyendo.
- La parada está a punto de llegar y sigues aquí, enganchado a lo que te digo. ¿Piensas que todo es una broma, acaso? ¿Que vas a pasar de página, que pondrá FIN y que el trayecto continuará con normalidad hasta tu oficina? Estás equivocado. Tienes que dejar de leer y bajar ahora mismo del tranvía.
Se puso de pie, se ciñó el abrigo y se colocó junto a la salida, esperando que el tranvía se detuviera. Mirada a los zapatos, tamborileo de los dedos en la barra superior, leve apertura de las piernas para compensar el atontamiento del cuerpo durante la pérdida de velocidad. Bajó con un impulso animal y el estómago se le abrió de nuevo.
A salvo bajo la marquesina de la parada, volvió ansioso a la lectura.
Giró la página y sólo había unas líneas más:
- Has sido sensato y has bajado del tranvía. El desenlace, sin embargo, se ha quedado allí.
domingo, 13 de mayo de 2007
5 formas de despertarse el domingo (V)
- Buenos días. ¿Qué tal has dormido?
Y con un beso que duró hasta el té de las cinco y que hizo sonar los platos y hasta las cucharas, su lengua le sondeó las encías, alcanzó el paladar y lo embadurnó de saliva. Se buscaron los resquicios, primero tímidos, después con el atrevimiento que dispensa la pasión. Con los bordes líquidos, se estudiaron el tacto y se exigieron con gemidos. Se soplaron en el pubis, se gritaron al oído, se chuparon las clavículas, se atravesaron los muros, se pegaron y despegaron, hicieron ruido con la piel, manotearon los sexos, olieron humedad, se castigaron con el vientre y echaron raíces en el aire. Resoplaron como si hubieran corrido durante horas.
- Mal. Los vecinos no han parado de follar en toda la noche.
jueves, 10 de mayo de 2007
La pierna
Lo primero que hacía mi abuelo por la mañana era ponerse la pierna izquierda. Era un cilindro de plástico naranja relleno de espuma, con un pie de cuatro dedos, que se ajustaba en el muslo con lo que a mí me parecían unos cordones de zapatos. Tenía el mismo grosor en la parte del fémur que en la del tobillo, y, por ello, su aspecto, más que el de una pierna, era el de una pequeña tubería o el de un obelisco romano en el que aparecían ilustradas sus grandes batallas, incluida aquella de la bala perdida en la zona universitaria madrileña. Una bisagra en el centro hacía la función de rodilla, pero, aunque mi abuelo la lubricaba amorosamente todos los días, en realidad no se doblaba mucho; cuando lo hacía, el ruido era el de una puerta descompuesta. Para sentarse, asestaba un golpe seco a la espinilla ortopédica y la pierna se colocaba en ángulo recto, una aparatosa operación siempre motivo de miradas de asombro y curiosidad. Y también objeto de crítica, aunque esta última actitud era patrimonio de escrupulosos cuerpos intactos.
Yo pensaba que todos los viejos del mundo tenían una pierna como la de mi abuelo y que, en el futuro, yo también la tendría. Creía que, cuando llegara a esa edad, después de cientos de años, se me caería la pierna izquierda y me colocarían un cilindro de plástico naranja en su lugar. Lo consideraba la evolución natural del ser humano y, por tanto, no me asustaba la idea de la invalidez, sino que la veía con ingenua fascinación y hasta con envidia. Quería tener una pierna como la de mi abuelo, que me pudiera quitar y poner a mi voluntad y en cualquier momento. En ella guardaría cosas, como mi colección de chapas de la vuelta ciclista, el hinque o las canicas, o bien la utilizaría como almacén de golosinas o como improvisado arsenal de espadas láser.
Recuerdo que me convertí en un auténtico temerario, todo lo temerario que puede ser un niño de diez años. Yo era el que más se arriesgaba a la hora de salvar un fuera de banda, el que primero se subía a los árboles en busca de las cometas y el que se inventó el juego de saltar al foso de las murallas con una sombrilla como paracaídas. Renuncié a los pocos meses, desalentado, repleto de rozaduras y convencido de que un resultado aceptable sólo se podía obtener con una acción a gran escala. Quizás un león del circo o un accidente de coche en el que yo –o mi pierna– fuera el único perjudicado habría sido lo idóneo, pero no tuve esa suerte y me vi obligado a pasar mi niñez con las dos extremidades inferiores enteras y con la frustración de saber que, hasta dentro de cientos de años, no podría disfrutar de una pierna como la de mi abuelo.
domingo, 6 de mayo de 2007
Dulces sueños
El escritor mediocre colgó el teléfono. Entonces el aire dejó de responder y el día empezó a desmigajarse. La noticia le había entrado en el cuello como una esfera llena de café frío. Le estalló en el pecho.En su sueño era Katherine Hepburn interpretando a María Estuardo y después a Silvia Scarlett y después besando a Cary Grant. Pero no salía Spencer Tracy.
El escritor mediocre rebanó de un tajo la garganta de su esposa. Le hundió la almohada en los huecos de la cara hasta que cesaron los pataleos y el rojo inundó el blanco.
jueves, 3 de mayo de 2007
Imprudencia (Clásico revisitado número 2)
El león hizo crujir las mandíbulas y se sacó de la boca el último hueso limpio de carne. Haciendo gala de una higiene bucal exquisita, cogió uno de los cordones de las zapatillas rojas y los utilizó de improvisado hilo dental, primero por los colmillos y después por las muelas. Prolongó el grotesco ritual varios minutos, mientras pensaba en cómo demonios había podido vivir alimentándose de ratas. Frita, a la parrilla, con curry o en sopa, era una carne muy poco sabrosa y de aspecto desagradable, y, a pesar de que llevaba comiéndola toda la vida, no había logrado acostumbrarse a su tacto gelatinoso y reptiloide. Aquella niña de Kansas le resultó un plato mucho más suculento.- Espantapájaros, como me sigas mirando así, tú serás el siguiente.




